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SÍNDROME DEL EMPERADOR

CARLOS Hidalgo*CARLOS Hidalgo*
19/02/2006

 

Cada vez más se presentan casos en el que los hijos maltratan, pegan, roban o vejan a sus propios padres. Es el síndrome del emperador. Al pasar del autoritarismo a la permisividad, nuestros jóvenes han perdido la referencia de lo que está bien o mal. O lo que es peor, saben lo que está bien o mal hecho pero no les importa pues no hay sentimiento de culpa al realizar lo incorrecto.

No estamos hablando tan sólo de unos niños malcriados, sino de jóvenes que se convierten en pequeños dictadores y que no aceptan un no por respuesta ni una mínima contradicción. Las últimas cifras publicadas indican que el porcentaje de denuncias de los progenitores a sus hijos se ha multiplicado por ocho en los últimos cuatro años.

Según V. Garrido (Universidad de Valencia), los jóvenes han perdido el desarrollo del compromiso moral y del sentimiento de culpa, algo que produce unos efectos catastróficos en aquellos que tienen dificultades para un buen aprendizaje de los principios morales y puede convertirlos en personas violentas y maltratadoras. Se trata de jóvenes que no han desarrollado sentimientos morales como el sacrificio, la compasión, la empatía o la piedad, y no tienen sentimiento de culpa.

Las tres causas que motivan la aparición de este síndrome son: padres que no tienen ni tiempo ni herramientas para educar, profesores sin autoridad y una sociedad hedonista, permisiva y egocéntrica. Y es que los jóvenes no sólo se muestran insensibles al dolor ajeno, sino que se acostumbran a resolver los problemas por la vía violenta.

Con semejantes premisas no es de extrañar que por Europa se esté extendiendo una reunión llamada fiesta del achuchón (cuddle party) donde los participantes pagan por dar y recibir cariño. Por 15 euros, durante dos horas y media, se puede hablar, acariciar, abrazar y mimar, en definitiva, querer y dejarse querer. Lo malo no es la idea en sí, sino que estemos llegando al punto de tener que pagar para llenar nuestras carencia afectivas al menos unas horas.

Psicólogo clínico

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