Hablábamos estos días de la necesidad de una nueva cultura que acabe con la desmoralización actual. La primera cuestión que hay que saber es que los valores se enseñan, se transmiten, se practican. Cuando le afeaban a Kant que había que tomar a las personas como son realmente y no como los soñadores y filósofos querrían que fueran, respondía: como son significa tal y como los hemos hecho. Los valores son los materiales con los que construimos nuestra voluntad, individual y colectiva. Nos permiten ver y comprender la realidad y constituyen nuestro horizonte de actuación, los pilares de nuestra motivación. No nacemos con los valores a cuestas. Los valores están en nuestra cultura y nosotros llegamos a ser quienes somos cuando incorporamos estos valores y así nos reconocemos. Uno puede nacer nervioso, pero no nace puntual o íntegro. No nacemos siendo demócratas, buenos ciudadanos o excelentes profesionales. Nos hacemos. Los griegos hablaban de pathos para referirse a lo que no podemos cambiar y ethos a lo que podemos hacer con nuestra vida, lo que hoy llamamos ética. Aristóteles decía que la ética es el carácter, nuestra segunda naturaleza.

Los valores nos indican dónde queremos ir. Si queremos jóvenes comprometidos, participativos y tolerantes, es hora de que empecemos a tomarnos en serio la educación en valores morales. Precisamente aquella que está desapareciendo del sistema educativo. No enseñamos a ser personas sino individuos competitivos y buenos consumidores. Los valores se establecen en las campañas de publicidad. Así nos va.

*Catedrático de Ética