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Carta del obispo

Verdadero Dios y hombre

 

El Adviento es un tiempo fuerte para prepararnos debidamente a la celebración de la Navidad, la Fiesta del Nacimiento del Hijo de Dios en Belén hace más de dos mil años. Este es, no lo olvidemos, el acontecimiento extraordinario y el misterio profundo de la Navidad: el niño que nace en Belén es verdadero Dios y verdadero hombre.

Ese niño es el Verbo de Dios, hecho carne, es el mismo Hijo de Dios que, sin dejar la gloria del Padre, se ha hecho presente entre nosotros. Ese niño, que nace en Belén, es Dios. No importa su apariencia pobre y frágil. Es el Hijo de Dios, que sostiene el universo y la creación entera. Y no sólo es esto. Ese niño es también verdadero hombre. Sin dejar de ser Dios se ha hecho de nuestra misma naturaleza y condición humana. Siendo eterno y engendrado antes del tiempo, Dios entra en nuestra historia humana, con un cuerpo y un alma como los nuestros, formados en las entrañas purísimas de una mujer, la Virgen María. San Pablo nos recuerda que el nacimiento del Señor Jesús en la plenitud de los tiempos acaeció por la intervención de una mujer. Por ello, en Adviento y Navidad nuestra mirada se centra también en la Virgen María, a quien la iglesia entera proclama como la Madre de Dios. Con ese título se subrayaba que Cristo es Dios y que realmente nació como hombre de María. El pueblo cristiano siempre ha considerado el nacimiento de Jesús y la maternidad divina de María como dos aspectos del mismo misterio de la encarnación del Verbo divino.

En este tiempo de Adviento celebramos a María, «Virgen y Madre de la Esperanza»: Virgen de la Esperanza porque creyó en las palabras del Ángel y esperó su cumplimiento; y Madre de la Esperanza porque es la Madre de Jesús, nuestra esperanza (1 Tim. 1,1).

Al estar totalmente con Dios, María se encuentra muy cerca de nosotros y nos ayuda como madre y como hermana.

Preparémonos para acoger al Enmanuel; que nos nace en la Navidad. Eliminemos de nuestra vida todo lo que impide que Dios venga a nosotros. Dios nos ama y no abandona nunca a nuestro mundo. María nos da a Cristo y nos conduce hacia Él; ella es el camino seguro para encontrarnos con Cristo, nuestra esperanza.

*Obispo de Segorbe-Castellón