07/08/2007
La F-1 no es un deporte de gentleman-drivers. Ninguno de los protagonistas del último Gran Premio es rico de cuna. Anthony, el padre de Lewis Hamilton, fue ferroviario (su padre emigró a la isla de Granada y trabajó en el metro de Londres). El padre de Raikkonen hizo hasta de portero de discoteca para pagar su afición al kárting. Y José Luis Alonso trabajaba de mecánico químico en la mina y quemó varios coches en sus viajes por Europa.
Anthony Hamilton y Nicholas, su hijo de 15 años que nació con parálisis cerebral, se han convertido, desde el inicio del Mundial, en protagonistas de las fiestas y polémicas de Lewis. El sábado, sin ir más lejos, el primero que acudió a los comisarios de la FIA a denunciar a McLaren, fue el padre del líder del Mundial. Y la FIA le hizo caso.
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