Opinión
Martes 9 Febrero 2010
29/11/2009 RAFA Ballester
Siempre tendemos a pensar que los grandes desastres son los medioambientales. Los terremotos, los tornados, la erupción de un volcán, etc. Siempre nos sobrecogen y de hecho figuran en un buen número de guiones de producciones cinematográficas muy taquilleras. Y no nos damos cuenta de esos otros grandes desastres que se producen en el interior de cada uno de nosotros, que le pueden estar sucediendo al que está sentado a nuestro lado sin que lo sepamos y cuyos efectos a veces son mucho más devastadores que los de otros desastres más conocidos.
Tomando prestado un verso del gran poeta y cantautor Joan Manuel Serrat, "de vez en cuando la vida nos gasta una broma y nos despertamos sin saber qué pasa, chupando un palo sentados sobre una calabaza". Cuando el virus responsable del sida entra en la vida de una persona siempre produce un gran cataclismo. Las preocupaciones por la salud, la pareja, la familia, el trabajo, la situación económica, crecen como un gigantesco tsunami que abarca todo el espectro de la mirada. Bajo los propios pies se resquebraja un mundo hecho de falsas certezas abriéndose grietas de vértigo que angustian por su profundidad y porque no se sabe muy bien por dónde pueden aparecer. Como si de un tornado se tratara, el VIH engulle todas las ilusiones y los proyectos de futuro y los lanza violentamente a cientos de metros por los aires. Un manto de lava funde y petrifica cualquier esbozo de sonrisa y la alegría de la persona se hace añicos. La gran losa de una enfermedad todavía muy grave sepulta sin piedad cada una de las esferas de la vida de la persona que la padece. Y la gran marea de los que se revuelcan plácidamente en el fango de su perezosa ignorancia y su actitud insolidaria frente a los que no están tan bien situados como ellos, remata el desastre condenando a los enfermos a la ciénaga putrefacta del estigma, del rechazo social y de la más injusta de las soledades.
COMO sucede con los grandes desastres naturales, el VIH/sida se ensaña todavía más con los más débiles y qué duda cabe que las mujeres constituyen un colectivo social más vulnerable que los hombres. De entrada, el hecho de ser mujer confiere un mayor riesgo biológico a contraer la infección por VIH, al ser la receptora de los fluidos seminales que pueden estar infectados. Y también la mujer se ve sometida a algunas lacras de tipo social que le otorgan un mayor riesgo a infectarse como sucede en el caso de las transmisiones del VIH a través de las agresiones sexuales que cada segundo que pasa suceden en el planeta. O en el caso de prácticas derivadas de creencias culturales como las de algunos países africanos que consideran que manteniendo relaciones sexuales con una niña virgen (cuanto más pequeña mejor) un hombre con sida puede sanar.
Pero la mayor vulnerabilidad de la mujer ante el gran desastre del sida continúa una vez se ha producido la infección. Desde el punto de vista biológico o médico, la mujer sufre en mayor medida que el hombre los efectos secundarios de los fármacos antirretrovirales que necesita tomar para seguir con vida. Y también se produce en ellas en mayor medida el grave problema de las lipodistrofias (cambios en la distribución de las grasas corporales que puede llevar a un abultamiento del vientre, pómulos más caídos, extremidades más delgadas...) que son percibidas no solo como una amenaza a las propia autoestima corporal sino también como un chivato que puede advertir a los demás de la presencia de una enfermedad estigmatizada. La propia condición biológica de la mujer la abocará a problemas que no existen para el hombre o que al menos son vividos de otro modo. Es el caso del conflicto ante el embarazo, entre el deseo y la necesidad emocional de tener un niño y por otro lado, el riesgo de que ese niño nazca con una enfermedad que le va a marcar para toda su vida. Este conflicto lleva en muchas ocasiones a otro, el de la posible interrupción del embarazo una vez que éste ya se ha producido. Y en el caso de que se decida continuar con el embarazo y de que el niño nazca infectado con el VIH, la mujer se topará con un gran sentimiento de culpa, que ciertas personas no dudarán en reforzar acusándola de egoísta y despiadada por haber traído al mundo a un niño sabiendo que le condenaba a un sufrimiento seguro. La paradoja es que en buena medida, parte de ese sufrimiento se derivará del estigma social al que esas mismas personas condenan al enfermo con VIH. Lo que menos necesita una mujer que trae al mundo a un niño así son personas que le recuerden las dificultades que va a tener en la crianza del niño, teniendo en cuenta que el estado de salud de la madre será delicado.
DESDE el punto de vista social, muchas mujeres también sufren más el impacto del Sida por su situación de dependencia económica respecto a la pareja que en ocasiones las deja todavía más vulnerables especialmente en procesos de separación, en los que en ocasiones el hombre puede utilizar la situación médica de la mujer para intentar quitarle al niño argumentando que no está en condiciones de cuidarlo. La mayoría de estudios destacan que la mujer con infección por VIH/sida tiene más miedos especialmente al rechazo social, más problemas de ansiedad, mayor índice de depresión y menor calidad de vida que los hombres que padecen esta misma enfermedad.
Y todo esto no debe extrañarnos si tenemos en cuenta que las mujeres sufren en mayor medida el estigma del sida. Si esta enfermedad se asocia erróneamente a personas con un estilo de vida completamente aberrante (recordar que con no usar el preservativo en una ocasión puede ser una causa suficiente para infectarse), a la mujer se le perdona menos que lleve a cabo un estilo de vida así. Quizás porque la mujer debe ser el pilar central y estable del hogar y mantenerse sana para así poder cuidar, abnegada, de todos los hombres de la casa o al menos eso es lo que nos han enseñado a todos durante siglos y siglos.
Que las mujeres tengan una mayor vulnerabilidad biológica a la infección por VIH no es más que un capricho de la naturaleza que no podemos evitar más que con un mayor uso del preservativo en nuestras relaciones sexuales, pero que las mujeres tengan, como indican todos los estudios, un menor apoyo social que los hombres cuando padecen esta misma enfermedad es un síntoma más de una sociedad sexista y por tanto, enferma de una dolencia que venimos arrastrando desde el Neolítico. Quizás nos tengamos que plantear seriamente si el sexismo, la falta de solidaridad, de empatía y la intolerancia no son acaso desastres sociales mucho más importantes y preocupantes que el propio sida y desde luego que los más conocidos desastres naturales.
Director de la Unitat d´Investigació sobre Sexualitat i Sida de l´UJI
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