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Toma de Bruselas del independentismo

 

La enésima demostración de fuerza, capacidad movilizadora y eficacia organizativa del independentismo catalán se vivió ayer en Bruselas. Decenas de miles de personas (más de 45.000 según las autoridades belgas) tomaron la capital de la Unión Europa (UE) y la tiñeron de estelades y del color amarillo, símbolo de la exigencia de libertad para Oriol Junqueras, Joaquim Forn, Jordi Cuixart y Jordi Sànchez. Fue, una vez más, una manifestación multitudinaria y cívica, al estilo de las diades, con la dificultad añadida de que ayer se trataba de manifestarse a miles de kilómetros de distancia de Cataluña.

Políticamente, esa distancia se va convirtiendo en un abismo entre el independentismo y el europeísmo que una vez fue santo y seña del nacionalismo catalán. Carles Puigdemont, cabeza de lista de Junts per Catalunya, se dio un baño de masas en un acto conjunto de campaña de las tres candidaturas independentistas que el expresident capitalizó, lo cual incomodó a ERC. Su discurso fue duro con la UE, en la línea populista con la que Puigdemont ha coqueteado desde que decidió, junto a otros cuatro exconsellers, instalarse en Bruselas para huir de la acción de la justicia española. En un discurso cuya melodía resulta muy familiar en Bruselas (al fin y al cabo, en ocasiones suena mucho a los discursos populistas eurófobos), Puigdemont dibujó una Europa alejada de los ciudadanos, en manos de oscuros intereses y dirigida por líderes de dudosa honradez. Es el mismo trazo grueso deformado y caricaturesco con el que dibuja una España franquista cuarenta años después de la reinstauración de la democracia.

Obvia Puigdemont, y con él buena parte del independentismo, que la UE jamás dará apoyo a un movimiento político (por muy impresionantes y cívicas que sean sus manifestaciones) que rompa la ley y vulnere la Constitución de un Estado miembro. Obvia que, con todas sus imperfecciones, la UE ha creado en Europa un espacio de bienestar, progreso y convivencia sin el cual Cataluña no sería lo que es hoy. Obvia que España es un Estado de derecho homologable a cualquier otro del club europeo. Y obvia que el populismo tal vez da réditos electorales (como indican las encuestas), pero nunca será una buena tarjeta de visita en la Bruselas comunitaria. Si la vía unilateral es una vía muerta, dar la espalda a Europa es suicida.