Los niños de la secta vivían una infancia de «fantasía» antes del horror al cumplir 12
Varias víctimas han señalado su vida en un entorno casi mágico, con fiestas temáticas, años antes de sufrir los abusos sistemáticos
Un psicólogo cree que todo ello fue «una forma sofisticada de manipulación»

Dos de las acusadas en el juicio de la secta de Vistabella ocultan su rostro en la Audiencia Provincial. / Erik Pradas / Mediterráneo

«¿Una secta? ¿Pero qué me dices? Si nosotras no hemos estado en una secta», dijo una de las víctimas que le contestó a otra perjudicada cuando esta última le quiso hacer ver dónde habían crecido. Su interlocutora, que ya había hablado con un especialista en grupos sectarios, le respondió: «Bueno, bueno, tú después de hablar con este psicoterapeuta me cuentas». Este fue uno de los primeros testimonios del juicio a los seis acusados de abusos sexuales a menores en una secta destructiva en Vistabella.
Estas dos jóvenes llevaban toda su vida en la secta. Sus primeros recuerdos son ya en esa comunidad. El gurú espiritual Antonio G. L., el Tío Toni, ya fallecido y por tanto sin responsabilidad penal, se ha librado de una posible condena, pero quedan seis personas que la Fiscalía cree que fueron necesarias para perpetuar los abusos de Toni.
En algunos casos las víctimas ya nacieron allí, en la masia La Chaparra, mientras que otros se trasladaron siendo bebés junto a sus padres, convencidos de los poderes sanadores de Toni. En cualquier caso, y a pesar de que todos iban a escuela a Vistabella o Vall d’Alba, se desarrollaban bajo los preceptos de la secta. Los adultos de la comunidad crearon un ecosistema agradable para los niños, al menos durante Primaria.
Grandes fiestas para los niños
El primero que lo expuso así fue un joven de ahora 27 años, una de las cuatro víctimas que ha hablado hasta el momento. «Al principio es como un mundo de fantasía, vivías en una nube como niño», afirmó este chico. Había cuidadas fiestas infantiles y no faltaban las grandes celebraciones de cumpleaños.
Otra joven, de 31 años, ahondó en ello. «Formé parte de la comunidad desde que nací [...]. Mis padres no tenían casa y Toni los acogió. Pasé una infancia muy bonita: a veces venía el duende, venía Papá Noel...», subrayó.
Ambos coincidieron en señalar que esa etapa terminaba, más o menos, con la pubertad. El chico dijo que lo fueron introduciendo «en las charlas que daba Toni» sobre espiritualidad a partir de «los 12 años». El trato hacia él por parte del líder y el resto de miembros cambió de forma radical. «Desde que me involucré en las charlas, me sentía muy apartado, [Toni] me podría degradar o pegar incluso», afirmó el chico, abusado a los 15 años por un adulto acusado.
Para las chicas, como han contado ya tres víctimas, los abusos de Toni comenzaban cuando les bajaba la regla e iban a más, con el pretexto de «dar luz» y expulsar la «energía negativa», un argumento en el que las mujeres adultas (a veces sus propias madres, que las entregaban al líder según la Fiscalía) creían a pies juntillas, tanto que ellas accedían voluntariamente a ellos y «se pegaban por subir» al cuarto de su gurú.
«Un mundo paralelo»
El psicólogo clínico castellonense Carlos Hidalgo apunta a Mediterráneo que «la construcción de un mundo paralelo o de fantasía para los niños en la secta de Vistabella no fue solo una estrategia de entretenimiento, sino una forma sofisticada de manipulación emocional y psicológica».
Hidalgo incide en que los primeros años de vida «son fundamentales para la configuración de la identidad, la percepción del entorno y la confianza en los adultos". «En este contexto, los líderes de la secta diseñaron una atmósfera envolvente, casi mágica, para generar una experiencia de pertenencia, seguridad y admiración que sirviera como antesala al sometimiento». Todo ello para «instalar una narrativa interna» con el objetivo de «hacer sentir especial» al niño y moldear su percepción «sobre lo que es bueno, lo que es deseable y lo que es verdadero».
«Los referentes externos naturales pierden peso frente a la intensidad emocional del grupo. El niño no solo se adapta, sino que empieza a desear formar parte de ese mundo, lo que refuerza su vulnerabilidad. En definitiva, los menores no solo vivieron un abuso sexual, sino una violación de su mundo simbólico, de su capacidad de confiar y de su inocencia», opina este psicólogo.
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