Informe
Abducidos por la secta sexual de Vistabella
Como el Tío Toni murió y su responsabilidad penal se extinguió, las acusaciones deben demostrar en el juicio en la Audiencia Provincial que los seis acusados (cinco mujeres y un hombre) participaron del sistema de abusos a menores.

Manolo Nebot

El juicio a la supuesta secta sexual de Vistabella tendrá 13 sesiones (la siguiente es el próximo miércoles). Pero las primeras dos ya han dejado la sensación de necesitar un respiro para asimilar lo que las víctimas y los testigos aseguran que pasaba en la masia La Chaparra bajo el liderazgo del Tío Toni.
Como la responsabilidad penal de este se extinguió con su muerte a los dos meses de su detención en 2022, la Fiscalía y las acusaciones tratan de probar que los seis acusados (cinco mujeres y un hombre) eran también responsables de abusos sexuales, muchos de ellos contra menores de edad.
Las penas que se solicitan para los imputados van desde los 16 a los 65 años de prisión. La suma de todas las penas da 326 años de cárcel para los acusados.
Influencia psicológica
Sea como sea, lo que sí se va configurando en el juicio es el ecosistema de influencia psicológica que posibilitó que cerca de 40 personas participaran en la comunidad del Tío Toni y que creyeran en los argumentos espirituales que él presentaba. Tras ello, Fiscalía considera que estaban apenas las necesidades sexuales y económicas de un hombre que hizo creer firmemente a sus devotos fieles que poseía poderes sanadores.
Los inicios. Las actividades de Toni comenzaron en 1990 en Castelló, en dos viviendas de la capital donde ya empezó a hacer imposiciones de manos supuestamente sanadoras que, con algunas clientas, derivaban en que Toni les ponía «la maquinita», un vibrador que les ponía sobre el clítoris porque, según él, tenían «energía negativa» y mediante el orgasmo la conseguirían expulsar.
El traslado
Con la captación de nuevos miembros, que asumieron los poderes de Toni, este hombre dio el siguiente paso: instaló una primera comunidad cerca del pantano de María Cristina y, cuando esta creció, adquirió la tristemente conocida masia La Chaparra, en Vistabella, alrededor de 1994. Una de las testigos ha afirmado en el juicio que aportó «más de 30 millones de pesetas» [unos 180.000 euros]. Lo hizo porque le parecía una iniciativa «muy buena», ya que Toni «hablaba de Dios» y quería apartar a gente vulnerable del crimen y de la calle.
el auge. Testigos y víctimas han contado que, una vez empezaron a vivir todos en auténtica comunidad en La Chaparra, vivían 30 adultos, a los que se sumaban los niños que iban naciendo dentro de las vallas de la masia. A muchos se les ponían nombres asociados a la espiritualidad, pues para Toni venían a ser «seres de luz» en la Tierra. Más tarde se supo que varios de esos niños eran hijos biológicos suyos, y no de su padre legal.
Los rituales
Los integrantes que han testificado hasta ahora han dicho que se hacían rituales de corte religioso (con una base cristiana, ya que las festividades coincidían con Semana Santa, Todos los Santos y Navidad). En muchas ocasiones, con componente sexual: embadurnarse de barro desnudos (menores incluidos) para «limpiar energías»; niñas puestas desnudas con las piernas abiertas cara al sol para que el chakra del sol lo absorbiera «la energía de la vagina»; o besapiés a Toni, que tenía los pies en un cuenco de vino.
Aparte estaban los ritos sexuales, como cuando Toni colocaba un colchón en el salón y se turnaba para tener sexo consentido con siete «elegidas» que formaban «un triángulo» espiritual. Gracias a esas relaciones, decía el gurú, se generaría una energía que ayudaría a «acabar con las guerras» en el mundo.
Los abusos
La culminación del sistema perverso del Tío Toni y el centro neurálgico del juicio: nueve víctimas sostienen que Toni los agredió sexualmente. En el momento de los abusos eran niños entre 12 y 17 años. Los testimonios hasta el momento han apuntado a una corresponsabilidad y connivencia de otros miembros de la secta para que estos abusos se perpetuaran. Y es que las víctimas dicen que los mayores les decían que lo que les hacía Toni «era normal», que era para «darles luz» o porque «tendrían algo mal en la vagina».
En algunos casos se lo decían sus propios padres. Una víctima ha recalcado que su tía le sujetó las manos para que no se escapara mientras Toni le metía los dedos «una hora y media».
La gran pregunta que debe esclarecer el juicio es si los acusados son responsables o si, por su fe en Toni y su obediencia a la autoridad que representaba, quedan eximidas de cualquier responsabilidad.
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