La vecina de la Vall d'Uixó que escapó de la peligrosa secta Hermandad Rama
Más allá de los horrores que ha dejado la secta de Vistabella, en Castellón hay más personas que han pasado por grupos similares. Una de ellas es Alba Tubilla, que nació en la peligrosa Hermandad Rama y es una de las pocas personas que ha escapado de ella

Alba Tubilla, exmiembro de la secta Hermandad Rama. / P. R. O.

Alba Tubilla ha encontrado un refugio de paz en la Vall d’Uixó, localidad donde reside hace unos años. Pero quienes se la cruzan ahora por las calles de esta localidad castellonense no se pueden imaginar lo que ha pasado para poder ser libre y llevar una vida normal.
Alba, que ahora tiene 39 años, nació dentro de la secta Hermandad Rama, una de las más peligrosas de España, y es una de las pocas personas que consiguió escapar de ella. Lo hizo a los 17 años, mucho después de ser abusada sexualmente por el líder de la comunidad y por otra de las jefas.
Secta esotérica
«Mi padre creía que tenía conexión con los extraterrestres y fundó esta secta junto a otras personas. El objetivo principal de este grupo es que nuestra mente pasara a ser grupal y los conocimientos eran dictados por esos extraterrestres a una médium», explica Tubilla en conversación con Mediterráneo. La secta operaba de manera descentralizada, con pequeñas comunidades. La suya era una casa en la que vivía con sus padres, su tía y tres mujeres más en Reus.
Alba era «hija del grupo», lo cual la llevó a sufrir graves conflictos identitarios internos que la llevaron a intentar suicidarse ya a los 7 años. «Pensaba que yo tenía la culpa de lo que pasaba», cuenta. En aquella especie de célula, además, la entrenaban con torturas como caminatas de 14 horas por la montaña. «Teníamos que estar preparados para un posible apocalipsis. Si decías ‘no puedo más’, eras una persona egoísta», recuerda.

Alba, con unos 10 años, en una de las caminatas de 14 horas por la montaña. / Alba Tubilla
Todo cambió para ella a los 12 años. «Ahí llegó mi iniciación. Con ella, tú ya eres parte de la secta, en la que había diferentes niveles. Yo accedí a un mando intermedio y tuve un conocimiento más oculto», detalla. Fue entonces cuando se desplazó a un pueblo de León, donde se instaló en su adolescencia, en la primera década del siglo.
Abusos sexuales
En un giro radical, Alba pasó de sentirse rechazada a ver cómo el mismísimo líder de la secta la promocionaba y le daba espacios de poder. Fueron momentos en los que llegó a estar identificada con los preceptos de la secta: «Me creía toda esa locura». «El líder me hizo jefa de mi propia casa», dice. Y entonces llegaron los abusos sexuales por parte del líder: ella tenía 13 años, él 45. «Yo nunca lo viví como un abuso, lo vivía como un honor. Decía que la sexualidad era una fuente de poder y que con ella podía descubrir mi máximo potencial», relata Alba. A los 16 también la agredió sexualmente la líder de otra facción de la secta.
Por el camino, por si algo le faltaba a la vida de Alba, sus padres, dice, la «traspasaron» como mercancía: le dieron su tutoría legal a los responsables de la secta.
Apenas salía de aquellas casas de León en las que estaba, pero sí que iba al instituto. «En clase, una vez vino una psicóloga que nos puso a hacer un ejercicio. Nos pidió que pusiéramos las personas más importantes de nuestra vida en tres círculos y vio que ninguna de ellas era yo. Puse al líder y otras personas de la secta. Me dijo ‘Alba, si en ninguno de esos tres círculos estás tú, estas personas dominarán tu vida’. Y ahí me cayó el velo», explica. Pero el curso acabó. «Fue horroroso, como si me volvieran a meter en la cárcel en el momento en el que me había dado cuenta. No sabía si iba a volver a ver la luz del sol, así que empecé a hacer un plan de huida», añade Alba.
Una fuga de película
Esa gran fuga, que ocurrió en 2004, fue de película. Hizo que la apuntaran en una FP en León con la excusa de que le iba a valer para desempeñarse en las empresas de la secta y empezó a mapear la ciudad. Su instituto quedaba al lado de la estación de tren, así que se la aprendió e hizo que alguien la llevara con la excusa de pasar un fin de semana con su madre en Tarragona. «Dejé todas mis maletas en casa para que no sospecharan, ellos vieron que yo me había puesto en el redil. Fingí todos los días, a todas las horas, pero conseguí que me compraran el billete, porque yo no podía, y que me llevaran a la estación, que no podía ir por mí misma. En el tren estaba ya mi madre, la cogí de la mano y le dije ‘no me vuelvas a soltar la mano en tu vida’», rememora Alba, quien narra sus vivencias en La jaula invisible: crecer y escapar de una secta esotérica (Última Línea, 2025). Con él, trabaja desde una comprensión no solo teórica sino también «experiencial, investigada e integrada».
Por fin libre, Alba se halló sola frente a un mundo que desconocía. «No tenía habilidades sociales, la libertad daba miedo», dice. En ese tiempo apareció en su vida un personaje que entronca con el caso de la secta sexual de Vistabella: el psicólogo Miguel Perlado, quien hizo ver a las víctimas castellonenses en qué tipo de lugar habían estado, sufriendo los abusos del tío Toni. De hecho, una de las víctimas de esa secta la contactó pues leer su libro la ha ayudado en su proceso.
Ayudada por Miguel Perlado
Resulta que Perlado, muchos años antes, ya había ayudado a Alba a dar sus primeros pasos. «Eres la primera que ha salido de esa secta en España en 20 años», le dijo Perlado. Otras personas han logrado salir desde entonces, «pero nadie quiere dar la cara». «Ahí siguen, las personas que quedan se encerraron. El líder es un psicópata, quiere el poder sobre las mentes, se lo ha montado para que nadie se queje y él se lleva todos los beneficios económicos del grupo de empresas de la secta, y también sexuales», subraya Alba.
Una de las grandes frustraciones de Alba es darse cuenta de que «no iba a poder denunciar». «Fue un golpe muy duro. En España no hay ley para poder denunciar esto. La gente que está allí no siente que les están comiendo la cabeza, llegan a un punto donde dominan tu existencia hasta que tú eres su esclavo y defensor del delito», lamenta. «Hacer el mal no es delito», le contó la Policía Nacional.
Por suerte, al menos ella sí ha podido rehacer su vida. Le ha costado años y tuvo que emigrar a Suiza para evadirse de todo lo que vivió en España. Allí fue donde conoció a su actual pareja, con quien tiene dos hijas. Casualmente, él era de la Vall, donde encontró una nueva vida y un propósito: «Llegar aquí fue empezar de cero y plantearme qué hacer con mi vida. Soy madre y mi pareja trabaja todo el día, así que no podía tener un trabajo de 8 a 17. Entonces empecé a escribir para que mi historia llegara al mayor público posible, para que la manipulación mental y el abuso sexual dejen de ser tabú».
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