CRÍMENES OLVIDADOS
Errores farmacéuticos que costaron vidas en Castellón: Dos niños fallecidos
Dos fallos en las farmacias de Artana y l’Alcora provocaron la muerte de un niño de tres años y otro de 15 a finales del siglo XIX. La desgracia pudo ser incluso mayor en Artana, donde la madre del niño y otro menor pudieron ser envenenados por el mismo producto expedido de forma errónea por la criada del boticario

Recreación de una farmacia del siglo XIX. / Mediterráneo
Juan Salvador Salom Escrivá
Fue un trágico error que también causó la muerte de un niño y estuvo a punto de causar la de su madre, además de poner en peligro a otro menor. Lo sucedido fue lo siguiente: A primeras horas de la mañana del día 9 de enero de 1889 acudió una vecina de Artana a la farmacia que en dicho pueblo tenía Ramón Masó, donde pidió que le suministraran una pequeña porción de polvos de santonina, un derivado de la planta Artemisia que se utilizaba para combatir las lombrices en el cuerpo humano, con el fin de tratar y curar a un hijo suyo que padecía lombrices.
Cuando acudió a la farmacia era temprano y el farmacéutico estaba en la cama. Su criada le avisó de que una mujer pedía un medicamento. El farmacéutico se levantó enseguida de la cama, situada en el piso superior del establecimiento, pero cuando bajó a la farmacia su criada ya había despachado por su cuenta los polvos en cuestión. Y aquí surgió el problema que acabó en desastre. El farmacéutico comprobó que su criada se había equivocado y había entregado a la clienta, en lugar de santonina, unos polvos de un veneno muy activo: estricnina. Ambos productos eran parecidos, pues la santonina era una sustancia neutra, cristalizable e incolora, amarga y acre, y la estricnina es un polvo cristalino, blanco, incoloro y amargo. La dosis letal de estricnina es de quince a veinticinco miligramos.
Nada más advertir el error, el farmacéutico acudió inmediatamente a la casa de la compradora para advertirla, pero llegó tarde. El niño José Herrero Tomás, de tres años de edad, había ingerido ya la estricnina y yacía moribundo en el suelo, entre tremendas convulsiones, falleciendo a los pocos momentos.
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Al menos, la llegada del farmacéutico salvó la vida a la madre del niño, pues esta había tomado también parte de los polvos que creía de santonina y presentaba ya evidentes síntomas de envenenamiento. Tratada inmediatamente, se pudo salvar su vida, quedando sin secuelas. Y la cosa pudo haber sido aún peor, pues otra mujer que había coincidido con la anterior en la farmacia, al ver que compraba polvos de lo que creía santonina, pidió también que se los expidieran a ella para tratar las lombrices de su hijo, lo que hizo la criada del farmacéutico. Lo que salvó al niño fue que su madre no le administró los polvos de estricnina de inmediato, dando tiempo a que la noticia de que no eran santonina sino estricnina corriera por el pueblo y la mujer se enterase, absteniéndose así de dárselos a su hijo.
Se instruyó sumario contra la criada y el farmacéutico, pero ignoro cómo acabó. A la primera se le podría imputar una imprudencia con resultado de muerte y otra con resultado de lesiones, y al farmacéutico lo mismo, por no haber tenido debidamente custodiada y en lugar bien cerrado la estricnina.

Recreación de una farmacia del siglo XIX. / GEMINI
Otra fatídica confusión en l'Alcora
Fue otro trágico error ocurrido en una farmacia de Alcora el 30 de noviembre de 1897. Un niño de quince años se hallaba enfermo y el médico le recetó un medicamento a base de opio para que pudiera conciliar el sueño. La familia fue a comprarlo a la farmacia de Cristóbal Pardo, en Alcora. Sin embargo, cuando llegaron, el farmacéutico se había ausentado, dejando en la farmacia únicamente a su esposa e hijas. Según se dijo, fue la esposa quien atendió a los familiares y, sin ser farmacéutica, despachó la receta, es decir, elaboró el medicamento con las sustancias de la farmacia siguiendo las instrucciones de la receta o fórmula en cuestión.
El problema surgió a continuación, tras administrarle la medicina al niño enfermo. Dicha medicina era para hacerle dormir, pero, bien porque la mujer que la expidió se equivocó de sustancia, bien porque no respetó la fórmula del médico o se excedió en la cantidad, la cuestión es que, al tomarla, el niño se durmió, pero para no despertar jamás. Murió a consecuencia de la ingesta del medicamento.
Por si esto fuera poco, el entierro del niño se realizó sin autorización judicial. Cuando el hecho trascendió, acudió a Alcora el fiscal de la Audiencia Provincial de Castellón, quien ordenó la exhumación del cadáver y la práctica de la autopsia, así como la remisión de varios órganos del niño al laboratorio central de Madrid para analizarlos y detectar posibles venenos y, en todo caso, determinar la causa de la muerte.
La receta o fórmula utilizada para elaborar el medicamento no fue encontrada; alguien la hizo desaparecer. Tampoco constaba en el libro de despacho de la farmacia. La imprudencia, y muy grave, derivó de la elaboración y expedición de la fórmula por la mujer del farmacéutico, que o bien se excedió en la cantidad de opio o bien se confundió de sustancia. No tenía conocimientos farmacéuticos, si bien algo aprendería del oficio de su marido, aunque era claro que no podía sustituirlo en su cometido. Así fueron las cosas. Nada más he podido averiguar de este triste suceso.
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