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Horror en la Casa de la Beneficencia de Castelló: El trágico fin de Pasqualet

En 1918, el fallecimiento por asfixia de este niño de seis años conmocionó a la sociedad de la época, que se volcó en una colecta para pagar su entierro

Imagen de archivo.

Imagen de archivo. / Mediterráneo

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Juan Salvador Salom Escrivá

No hay palabras para describir la muerte de un niño de seis años. En este caso el trágico suceso aconteció en la Casa de la Beneficencia de Castelló de la Plana en el año 1918.

Lo ocurrido fue lo siguiente: El día 4 de junio de 1918, a la hora de comer, se notó la falta del niño allí albergado, de seis años y medio de edad, Pascual López Gil, conocido como Pasqualet, natural de Alcalà de Xivert, dando cuenta de su ausencia el celador al secretario de la Casa de Beneficencia, Emilio Gascó, el cual lo comunicó al director del establecimiento y este, a las autoridades para que se procediera a la busca del niño.

La Comisión Provincial bajo cuya tutela estaba la Casa de Beneficencia acordó instruir expediente administrativo para averiguar lo sucedido. Nada de ello dio resultado alguno. Pasqualet, nacido en Alcalà, como se ha dicho ya, vivía en Almassora con sus padres y al morir su padre, de oficio zapatero, su madre se trasladó a Barcelona, dejando al niño en la Casa de Beneficencia.

Una tía del mismo, Carmen Gil, que vivía en Vila-real, iba con frecuencia a visitarle y los días 5 y 6 de junio de 1918 acudió a la Casa de la Beneficencia para entregarle comida y le dijeron que no estaba en la institución, por lo que no pudo hacerlo.

En la noche del 8 de junio de 1918, es decir, cuatro días después de la desaparición del niño citado, otro niño asilado entró en el local destinado a clases de música y, por pura casualidad, observó que junto a una de las cajas destinadas a guardar atriles, partituras e instrumentos, salía un reguero de un líquido oscuro y maloliente, que, fijándose bien el niño, observó que salía del interior del cajón. Le picó la curiosidad y abrió el mismo, encontrando allí el cuerpo del otro niño, Pasqualet, muerto y en completo estado de descomposición.

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El niño que había descubierto el cadáver de su compañero empezó a dar gritos desaforados de socorro, acudiendo el personal de la Casa de Beneficencia que pudo comprobar lo sucedido. El celador, apellidado Gimeno, fue a dar cuenta al secretario, Gascó, de lo encontrado, quien a su vez dio cuenta al director y al presidente accidental de la Diputación Provincial y al Juzgado. El celador, profundamente impresionado por lo sucedido y lo que había visto, sufrió un síncope del que tardó más de un día en recuperarse.

Hipótesis sobre la muerte

En un principio se pensó que Pasqualet debió meterse en la caja, que era de pequeñas dimensiones, jugando con sus compañeros para ocultarse de ellos y que la tapa de la caja la debió dejar caer para que no le vieran, tratándose de una tapa provista de dos pestillos que automáticamente encajaban en las hendiduras al cerrar la misma de golpe, de manera que el niño quedó allí encerrado murió por asfixia.

El local, destinado a clases de música no era frecuentado de día y solo algunas noches acudía gente en caso de un ensayo, por lo que nadie se enteró a lo largo de cuatro días de que el niño había quedado allí encerrado. La Casa de Beneficencia y sus organismos tutelantes recibieron acerbas críticas del público castellonense.

La autopsia determinó que Pascual López Gil Pasqualet, murió por asfixia, al terminársele el aire respirable de la caja, debiendo haber tenido el pobre niño una larga agonía como lo acreditaban las lesiones que presentaba en sus manos y pies por los desesperados esfuerzos que realizó para abrir la caja, sin conseguirlo.

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Al niño se le iba a enterrar en el cementerio de Castellón sin caja mortuoria, debido a su extrema pobreza, pero el alguacil del Juzgado de Instrucción, Serrano, tuvo la idea de invitar a la gente de la ciudad, que había acudido al cementerio a presenciar la autopsia, a reunir fondos para comprarle una caja al niño, colaborando todos, especialmente las mujeres, que dieron las monedas que llevaban encima y una de ellas, que me gustaría saber su nombre para que no se olvidara y reconocer su noble esfuerzo, pero no he podido, dio un real, todo lo que había ganado durante esa jornada por su trabajo.

El empresario de pompas fúnebres hizo una rebaja en el precio de la caja, que pudo comprarse, e incluso sobraron más de dos pesetas que se entregaron a la Asociación Castellonense de Caridad.

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