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Crímenes olvidados de Castellón

La absolución de José Albalat: Se salva del garrote vil por falta de testigos en Vall d’Alba

El presunto cómplice de Patricio Capdevila en el crimen del padre de este, Antonio Capdevila, para robarle cuarenta duros, se enfrentó a una petición de garrote vil

La prematura muerte del principal sospechoso provocó una ausencia de testigos en el juicio que favoreció su absolución

Esta es la segunda parte de la entrega de Crímenes Olvidados de la pasada semana

Recreación de un juicio a finales del siglo XIX como el que concluyó en la absolución de José Albalat en Castellón.

Recreación de un juicio a finales del siglo XIX como el que concluyó en la absolución de José Albalat en Castellón. / IA

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Juan Salvador Salom Escrivá

La pasada semana relatábamos en este mismo espacio la primera parte de la historia del hijo que estranguló a su padre para robarle. Pese a que el asesino falleció por tuberculosis, sí sobrevivió su primo, presunto cómplice, que se enfrentó a un juicio. El fiscal debía de tener serias dudas sobre la posibilidad de probar su acusación, pues formuló una calificación alternativa: que se impusiera la pena de muerte por garrote vil a José Albalat -el primo que sí seguía vivo-, como autor de un delito de robo del que resultó parricidio y, si no se le consideraba coautor del parricidio, solicitaba que se le condenara solo por robo, imponiéndole la pena de cuatro años y dos meses de prisión. Es decir, o pena de muerte o cuatro años de cárcel. Hay cierta diferencia entre ambas, como puede advertir el lector.

El juicio comenzó el 18 de junio de 1883. En él declararon numerosos testigos, que poco aclararon, pues ninguno presenció directamente los hechos. Uno de dichos testigos fue el tabernero Antonio Castillo, quien manifestó que el hijo, Patricio Capdevila, apremiaba a Albalat para que saliera de la taberna a las doce de la noche del día de autos. Albalat le contestó que no tenía ganas de nada, puesto que estaba borracho, pese a lo cual salieron juntos.

El único acusado, José Albalat, manifestó que, cuando salió con Patricio de la taberna de Antonio Castillo, en Vall d’Alba, a las doce de la noche, Patricio, en vez de seguir el camino directo que conducía a su casa, tomó el que llevaba a la masía de su padre, diciéndole que tenía que hablar con él.

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Añadió Albalat que, una vez llegaron a la masía del Tonillo, Patricio se subió al tejado de la cuadra, que tenía poca altura, y comenzó a quitar las tejas. Albalat le dijo que, si quería hablar con su padre, podía hacerlo entrando por la puerta de la calle, pero Patricio siguió quitando tejas y, amenazándolo con una de ellas, lo obligó a colocarlas al pie de la pared.

Albalat continuó diciendo que, una vez que Patricio abrió un agujero de anchura suficiente, entró en la masía, mientras él permanecía frente a la casa. Poco después oyó un lamento y la voz de Antonio Capdevila diciendo: «¡Ay, hijo mío!». A continuación, todo quedó en silencio. Añadió en su declaración que, poco después, vio luz en la habitación superior y luego oyó un crujido, como si se rompiera una madera. Al cabo de un rato, Patricio salió por la puerta de la calle y le dijo: «¡Vámonos!».

Cuando todavía se encontraban a poca distancia de la casa, Patricio le contó que le había quitado a su padre cuarenta duros que guardaba en un arca. Albalat le contestó -siempre según su versión-, que había hecho mal, porque su padre los necesitaría. Ante ello, Patricio respondió que todo estaba arreglado, puesto que había matado a su padre. Albalat manifestó que, al oír aquello, se puso a llorar y le recriminó su acción.

El abogado defensor solicitó la absolución, alegando que no existía ninguna prueba contra su cliente. Sostuvo que el único testigo de los hechos era su defendido y aseguró que decía la verdad.

En cuanto a la discordancia entre lo que su defendido había declarado durante el sumario y lo que afirmaba en el juicio, la defensa la atribuía a un pequeño lunar que no podía desvirtuar lo que ahora manifestaba su cliente. En definitiva, Albalat se escudó en Patricio para atribuirle el crimen. Pudo ser o no verdad lo que dijo, pero, en cualquier caso, la duda le favorecía y Patricio, al haber muerto antes del juicio, no pudo desmentirlo.

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Dos días después, el 20 de junio de 1883, la Audiencia de lo Criminal de Castellón dictó sentencia y absolvió al acusado. El fiscal se quedó sin pruebas durante el juicio. No convenció al tribunal de que Albalat hubiera vigilado los alrededores y ayudado a colocar las tejas que quitaba Patricio; es decir, de que hubiera colaborado.

La verdad es que se libró por poco, pues, frente a una petición de pena de muerte por garrote vil, salió absuelto, aunque es fácil imaginar la agonía y los padecimientos que debió de sufrir al saber que el fiscal pedía para él la pena de muerte. En cuanto al hijo, debía de tener una mentalidad muy retorcida para estrangular a su padre en su propia cama con el propósito de robarle y soportar, sin inmutarse, los estertores de quien le había dado la vida.

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