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LA ODISEA DEL CERCANÍAS

Cuando el tren aparece después de cinco horas

Las vías siempre vacías y la escasa información por parte de Renfe convierten en eterno un día de espera para intentar subir a un tren valenciano de Cercanías durante la huelga

El tren de Castelló a València Nord que circuló a las 20 horas del viernes.

Conduzco rápido por la Nacional 340 hasta Xilxes porque en Renfe me aseguran que el próximo tren hacia València Nord, el de las 15.13 del viernes 1 de octubre, sí que pasa. Ya hay muchos servicios mínimos que simplemente no han existido en toda la mañana.

Un usuario discute enojado con atención al cliente.

Por eso voy deprisa, porque faltan minutos para que se detenga y no sé si voy a llegar. En ese tramo, la N-340 va paralela a las vías férreas, a pocos metros de ellas. A un kilómetro de Xilxes se produce el temido sorpasso: miro a la izquierda y el Cercanías de la línea C-6 avanza de manera plácida, sin saber que me adelanta. Disminuyo la velocidad porque ya no vale la pena arriesgar y me zambullo en el pensamiento que he tenido tantas veces en mi vida: «no pasa nada, esperaré al siguiente, no hay nada que hacer, aviso en el trabajo y ya». Lo que sucede es que esta vez no sé cuánto tiempo voy a esperar, y seguro —segurísimo— que no apostaré a que serán cinco horas.

Dos personas se marchan tras dos horas de espera fallida.

La gente que ha tenido que tomar el tren ya lo ha hecho en el que se acaba de marchar —faltaría más—, así que estoy solo en el andén y también en la estación. En Xilxes a veces no hay personal trabajando. Pasan diez minutos hasta que alguien me acompaña en el principio de la odisea. Son una madre —Mati—, su hijo —José— y un gatito que llevan a València porque lo va a adoptar un familiar suyo. El cachorro mira alrededor asustado, supongo que por motivos diferentes a la huelga de maquinistas que nos tiene igual a los demás. «¿Ha pasado el de las 15.13?», me pregunta José, que además tiene que ir a trabajar. Le digo que sí, que lo he visto desde el coche mientras llegaba. «Ah, es que por la huelga no sabíamos si pararía. Bueno, no pasa nada, ahora a las 16.07 nos han dicho que pasa otro», responde. Me callo, no le quiero destruir las esperanzas al chico sin tener pruebas. Pero el tren no pasa.

Apenas unos minutos después de ese primer servicio mínimo incumplido, llegan otras dos personas. Francisco tiene unos 35 años y ha ido a la playa de Moncofa para ver a su padre, que vive allí y ahora le está acompañando a la estación para despedirlo. Francisco llega con ganas de quitarse la incertidumbre rápido y se acerca al poste plateado que Renfe dispone para llamar a atención al cliente. Pulsas un botón y el poste te comunica con alguien. «Renfe, ¿dígame?», dice una voz de mujer. «Oiga, ¿me puede decir si va a pasar el próximo tren, por favor? Es que el anterior no ha pasado», comienza Francisco de manera educada. La voz al otro lado del poste le contesta: «no creo que salga, hay huelga y por ahora no está circulando ningún tren». El hombre sostiene la paciencia y le insiste en que cuándo saldrá el próximo, porque los servicios mínimos a esa hora del día marcaban que circularía el 50 % de las frecuencias habituales. «Si no es muy preciso, vayan mañana», le dice la mujer a Francisco, que en ese momento exacto pierde los nervios. La tensión crece a cada palabra y al final la llama «sinvergüenza». La empleada se ofende: «seré una sinvergüenza, pero yo a usted no le he insultado».

Francisco reconoce que se ha «propasado» y se aleja del telefonillo. Me dice que siente «una impotencia total». El que se acerca ahora es José, que tiene que llegar a trabajar de alguna forma. Le pide, casi suplicando, que le diga cuándo va a haber algún tren. «Es posible que no haya ninguno más en toda la tarde», sentencia. Esa frase cae como una losa sobre las dos familias, la de Mati y José y la de Francisco y su padre. También me descoloca a mí: los servicios mínimos de la tarde también corren serio riesgo de incumplirse. La única diferencia entre todos ellos y yo es que ellos se van en un espacio de cinco minutos —recurrirán al coche— y yo me quedo esperando allí. Quizá, si logro subirme a uno, puedo hablar con más afectados.

Desinformación casi total

Pero llegan las 16.33 y el Cercanías programado para esa hora no pasa. Se hacen las 16.56, el siguiente horario previsto de Xilxes a València, y las vías siguen vacías. Solo ha circulado algún tren sin parada, dirección Barcelona. Tal vez la señora tenía razón y, sea por el motivo que sea, no van a circular más trenes en toda la tarde y me voy a quedar con cara de tonto. Y además, solo.

A cada rato viene gente pero cuando les informo desde mi banquito de que yo llevo ya dos horas a la espera, me miran con expresión de lástima y se marchan pronto. Una de ellas es Mara, una turista de Cerdeña que no sabía de la huelga. «He venido cuatro días a València y me voy a pasar uno entero esperando el tren», dice. Había ido a la zona a visitar a una amiga al comenzar su viaje. Se va sin una solución clara.

Hasta que, sobre las 17.10, entra en la estación otro hombre que se convertirá en mi compañero de guardia toda la tarde. Santi es un trabajador de la Vall d’Uixó que va y viene todos los días a València, donde vive, y deja su coche en Xilxes siempre. «No me hace gracia que el coche duerma en València», se justifica. Santi, que tiene unos 50 años, está cabreado con los maquinistas. «Esta huelga es muy agresiva, para mi la responsabilidad está en los maquinistas, no en Renfe. Tú tienes derecho a hacer huelga, pero si tienes unos servicios mínimos, has de cumplirlos», comenta. No le convencen para nada los argumentos de ese colectivo de trabajadores para hacer huelga, y cree que es una «excusa» el motivo que alegaron para incumplir los servicios mínimos. En concreto, durante el primer día de paro indicaron que Renfe no les había notificado de manera procedente qué compañeros debían acudir a su puesto de trabajo.

Años de mal servicio

«De todas formas hoy ya es el segundo día de huelga, ¿no están avisados ya? Para mí, incumpliendo los servicios mínimos, pierden toda la razón», expresa Santi. Recalca, como viajero habitual, que son «años y años» en los que el tren «siempre pasa con retrasos» y el servicio empeora. Al menos, con él, el tiempo anda más rápido mientras tampoco pasan los trenes de las 17.23, las 17.36 y las 18.23. Sucede que somos del mismo pueblo y que él era amigo de mis padres cuando se conocieron, lo cual yo desconocía. Me cuenta anécdotas de esa época. «Diles que soy Santi, del pub Vaixell», se alegra.

En los huecos que deja la conversación, Santi llama sin parar al poste de atención al cliente. Su fe es inquebrantable. Un robot dice «llamada en curso» y luego «conexión establecida». Pero al otro lado de la línea, aunque el teléfono está descolgado porque se oye gente de fondo, no responde nadie. «Me han destrozado la tarde», confiesa.

Ya hace un buen rato que soy un usuario desesperado más por la falta de información. Reviso Twitter cerca de las siete de la tarde y veo que Cercanías ha informado de que la línea C-1, la de Gandia, está suspendida por el resto del día. Temo entonces que suceda el mismo caos, pero la misma cuenta afirma que habrá «un único servicio» en la C-6, de Castelló a València que sale a las 19.40, «por incumplimiento de los servicios mínimos» del sindicato de maquinistas, el Semaf.

Supero las cinco horas aguardando, así que hasta que no veo aparecer la luz del Cercanías a eso de las 20.15, no me lo creo. Todo son vítores entre quienes hemos resistido hasta el final.

Una vez dentro, en mi vagón viaja Silvia, una mujer del Cabanyal que trabaja en Burriana y también llevaba cuatro horas en la estación. «Hemos aguantado los que no teníamos otra manera de volver, punto», considera. Se consuela con que, por lo menos, el tren no va a tope, como sí lo estaba el jueves. El inicio de huelga coincidió con el regreso a sus casas de muchos estudiantes de València que van a la universidad en Castelló. «Íbamos como sardinas en lata», cuenta. Ese tren milagroso va como un día normal, solo que sus pasajeros tienen una expresión como la de soldados exhaustos al terminar una batalla.

«Cuando llegue a Sueca, si llego porque no sé si podré hacer el empalme de trenes en València, saldré a tomar algo para celebrar», me dice Jordi, un estudiante que ha debido quedarse el viernes en la facultad. Ha estado las horas previas repasando apuntes. «Por lo menos he estudiado y he avanzado», relata, optimista. Sobre la huelga, después de una tarde varado, dice que «ojalá que haga faena y les sirva para algo a los maquinistas». Vicent, un trabajador de Museros que vuelve desde Nules, oye a Jordi y añade: «Hay que ponerle una denuncia a los dos, a Renfe y al sindicato de maquinistas, por atentado contra la salud pública. Ayer las condiciones eran horribles, en medio de una pandemia».

El tren para en València Cabanyal a las 20.52. Llego a la redacción cinco horas más tarde de lo previsto, pero llego. La huelga y la incertidumbre seguirán este lunes.

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