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Obituario

Fallece a los 92 años Alberto Durán Crespo, el 'supermédico' de seis especialidades afincado en Castellón

Se afincó en la provincia por amor en 1973 hasta su jubilación, después de una prolija carrera en Madrid y de ejercer como médico rural en Cuenca

Alberto Durán Crespo

Alberto Durán Crespo / Mediterráneo

Francisco Toledo Lobo

Con el fallecimiento de Alberto Durán Crespo (92 años) se marcha un erudito, un hombre excepcional que parecía salido del Renacentismo por su dominio de todos los campos del conocimiento. Un sabio del siglo XX. Nacido en Madrid, el médico Alberto se afincó en la provincia de Castellón por amor en 1973 hasta su jubilación, después de una prolija carrera en Madrid y de ejercer como médico rural en Cuenca.

Alberto Durán era un profesional extraordinario, de inusitada vocación y amplísima formación. Fue discípulo de Gregorio Marañón y de Jiménez Díaz. Tenía seis especialidades: Medicina Interna, Aparato Digestivo, Endocrinología y Nutrición, Cardiología, Neumología, y Pediatría, que es a la que se dedicó en la Vall d’Uixó.

A los 38 años vino por tierras castellonenses y en Onda conoció a Pilar Mañes, una joven 12 años menor que él que trabajaba como auxiliar de enfermería en la Mutua Azulejera. Fue amor a primera vista, de esos que duran toda la vida, y se casaron a los tres meses. Inicialmente, vivieron en Madrid, donde nació su primera hija, Berta, pero Pilar añoraba a su familia y decidieron trasladarse a La Vall para además tener mayor calidad de vida, como él decía.

En Castellón nació su segunda hija, Ángeles, y aquí fue también director médico escolar en la Delegación del Ministerio de Educación y Ciencia, capitán de la Cruz Roja y director provincial de Socorrismo.

Alberto disfrutaba aprendiendo más allá de la medicina. En él brillaba la chispa de los hombres sabios: ese deseo de entender el mundo entero, no solo el cuerpo humano. Disfrutaba devorando libros de casi cualquier disciplina e interrelacionando sus conocimientos de todas las ciencias. Aprendió léxico de 25 idiomas (entre ellos euskera, mapuche, árabe, ruso, griego, suajili y urdu) y tenía como próximo objetivo el Khoekhoegowab.

Su mente era un jardín en el que cada nueva idea germinaba con facilidad, sin importar si pertenecía o no a su campo. Para él, aprender era un impulso vital que le empujaba hacia otra pregunta, hacia otro misterio. Y cada vez que descubría algo nuevo su rostro se iluminaba con ese brillo que solo poseen quienes han hecho del saber una forma de alegría y de felicidad.

Pero más allá del sabor del saber, su otra gran pasión era compartir vida, amor y experiencias con su esposa, sus dos hijas, su yerno y sus tres nietos. Decía que su familia era la razón de su existir.

Alberto ha sido una persona entrañable, que despertaba admiración por su generosidad, humildad y su sentido del humor surrealista e inteligente. Este hombre ilustre e ilustrado se fue unas horas antes de su 55 aniversario de boda. Se apagó su vida, pero nunca se apagará la luz que dejó en quienes tuvimos la suerte de conocerlo.

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