Cuatro alumnos de la Escuela de Hostelería Castellón cambian las aulas por una misión humanitaria en Ghana: “No se quería volver ninguno”
El proyecto piloto de la Escuela de Hostelería y Turismo Costa de Azahar lleva a un profesor y cuatro jóvenes de Castellón a colaborar durante más de dos semanas en un campamento sanitario con casi 2.000 asistencias


Cuatro estudiantes de COSDA, la Escuela de Hostelería y Turismo Costa de Azahar, junto al profesor Rubén Martínez, han abandonado por unos días las aulas de Castellón por participar en una expedición médica de la ONGD Youcanyolé en Ghana que les ha cambiado la mirada sobre el mundo, sobre la cocina y también sobre su propio futuro.
La experiencia se desarrolló entre el 27 de febrero y el 14 de marzo, aunque el germen de esta iniciativa nació meses antes. En octubre de 2025, los profesores de COSDA Rubén Martínez y Ramón Reolid trasladaron a la organización un sueño: integrar a estudiantes de la escuela en una misión humanitaria real. Ghana se convirtió en el escenario ideal para poner en marcha ese proyecto piloto. Y funcionó.
De Castellón a Ghana: un viaje mucho más allá de la cocina
Lo que en un principio podía parecer una colaboración logística acabó siendo una inmersión total en la realidad local. El equipo de COSDA asumió una misión clave: preparar desayunos, comidas y cenas para toda la expedición médica, además de encargarse de la compra de alimentos y de la organización diaria de la cocina.
“Es una experiencia llena de contrastes. Es dura y bonita, exigente y maravillosa a la vez”, resume el profesor Rubén Martínez, una de las personas que ha vivido desde dentro esta iniciativa pionera.
El grupo cocinó para 26 personas, entre integrantes de la expedición y personal sanitario local. Lo hizo además en unas condiciones muy alejadas de las habituales en una cocina profesional de España: una cocina tradicional con dos fuegos, grandes cacerolas, escasez de agua y temperaturas de hasta 43 grados.

Manolo Nebot
Cocinar como viven ellos
Uno de los aspectos más enriquecedores del viaje fue la voluntad del equipo de adaptarse a la vida cotidiana de la población local. No se trataba solo de alimentar al grupo desplazado, sino de hacerlo desde el respeto a la cultura del país, a sus ritmos y a sus recursos.
“Lo que queríamos hacer era cocinar y vivir como viven ellos”, explica Martínez. Ese planteamiento llevó a los estudiantes a acudir a mercados locales, primero acompañados y, después, ya con autonomía, para comprar y negociar directamente con los vendedores.
Aquellas visitas se convirtieron también en una experiencia de aprendizaje. El grupo trabajó con productos como arroz, pasta, harina, maíz, casaba, sandía, piña, tomate, pequeñas berenjenas y variedades locales de patata, además de cocinar pescado a la brasa y hasta una cabra que les regaló la población local.
Sin agua corriente, sin internet y con calor extremo
La parte más dura del viaje llegó de la mano de las condiciones de vida. El equipo se desplazó a Ghana al final de la época seca, lo que significaba una realidad muy distinta a la española: sin agua corriente, con desplazamientos largos para conseguir agua embotellada y con medidas constantes para evitar riesgos sanitarios.
Todo se hacía con cubos: ducharse, lavar, cocinar o limpiar. Para garantizar la seguridad alimentaria, evitaban algunos ingredientes o los cocinaban mucho más, y desinfectaban frutas y verduras con productos específicos durante media hora antes de consumirlas.
La falta de comodidades dejó huella en el alumnado. Vivir sin luz, sin apenas internet y sin agua fue uno de los grandes impactos emocionales del viaje, pero también una lección de adaptación.
El choque que les cambió por dentro
Más allá de lo profesional, la expedición dejó una profunda huella humana en los estudiantes. Jordi Sempere, uno de los participantes del ciclo superior mixto de cocina y servicios, define la experiencia como “una de las más gratificantes hasta día de hoy”.
Nunca había participado en un voluntariado ni en un Erasmus, pero no dudó cuando recibió la propuesta. Lo que más le impresionó fue comprobar “cómo pueden vivir ellos con la mitad que nosotros y mejor”, sin tantas exigencias materiales y manteniendo un alto nivel de felicidad.
En la misma línea se expresa Alejandra Prades, que asegura sentirse “muy agradecida” por haber podido vivir esta aventura. También subraya el impacto de descubrir que se puede seguir adelante sin muchas de las comodidades consideradas imprescindibles en España. “El cuerpo y la mente se acaban acostumbrando”, explica, tras convivir durante días con muy pocos recursos.
Una piña en solo tres días
La convivencia fue otro de los pilares de esta experiencia internacional. Los estudiantes apenas se conocían antes del viaje, pero la convivencia diaria, el trabajo conjunto y la intensidad emocional de la misión hicieron que en muy poco tiempo se convirtieran en una auténtica familia.
“Al segundo o tercer día ya éramos una piña”, recuerda Jordi. Esa unión se extendió también al equipo sanitario y al resto del personal de la expedición, generando un ambiente humano que la propia Youcanyolé ha querido destacar públicamente.
La ONGD resumió en sus redes sociales el espíritu del proyecto con un mensaje claro: se había formado “un equipo unido, empático, disciplinado y profundamente humano”, en el que cada persona resultó esencial. La organización puso además en valor la labor del alumnado de COSDA, al que describió como jóvenes con una profesionalidad y una entrega admirables.
Casi 2.000 personas atendidas en 16 días
Mientras el equipo de Hostelería sostenía la logística alimentaria de la expedición, el equipo sanitario desarrollaba una labor intensa sobre el terreno. Durante 16 días de Medical Camp, médicos y enfermeras atendieron a 1.983 personas, con más de 200 asistencias diarias. Además de los campamentos médicos, supervisaron las obras del centro médico que están construyendo ubicado en Meyikpor, con las instalaciones eléctricas, de fontanería y carpintería que se prevé que a finales de enero del 2027 estén terminadas.
La expedición estuvo integrada por 20 personas (quince voluntarios de Yocanyoule: cinco médicos, seis enfermeras y cuatro personas de logística, además del profesor y los cuatro estudiantes de COSDA). "Llegamos a la capital Akra, de allí nos dirigimos a Bakpa-Avedo, donde quedamos alojados y donde el equipo de Cosda se encargó de llevar la intendencia", explica el doctor Miguel Medina.
A ellos se sumó la colaboración de la ONG italiana In My Father House, que cedió las instalaciones para el alojamiento.
"A mediodía, cuando trabajábamos, nos desplazábamos a otras zonas distintas a donde estabamos alojados; ellos se encargaban de preparar los alimentos y de acercárnoslos con una pick-up o bien con neveras portátiles que llevábamos con hielo para poder mantener los alimentos en condiciones", agregó el doctor Medina, que tildó de fenomenal la labor de Cosda. "Hemos comido muy bien utilizando los productos que ellos tenían en la zona rural donde estábamos, en el Volta, usando pescado del río Volta como la tilapia, la carne de cabra, pollo, frutas y verduras...".
Un proyecto con futuro desde Castellón
La experiencia ha sido tan positiva que ya se plantea como una colaboración con continuidad. De hecho, durante el viaje de regreso se habló de la posibilidad de consolidar esta iniciativa y repetirla cada año para que más estudiantes y docentes puedan vivirla.
“La idea es continuar la colaboración y establecerla año a año”, explica Rubén Martínez. El proyecto no habría sido posible sin el apoyo de la Sepie, que es el organismo que gestiona las movilidades Erasmus, que permitió financiar una iniciativa inicialmente concebida para Europa y llevarla finalmente a África.
Aprender a ayudar también forma parte de la formación
El caso de COSDA demuestra que la formación profesional también puede abrirse a experiencias que van mucho más allá del aula. Este viaje a Ghana no solo ha servido para aplicar conocimientos de cocina y organización, sino para aprender a convivir, adaptarse, valorar lo esencial y crecer como personas.
En el alumnado, además, la vivencia ya está conectando con sus metas de futuro. Alejandra quiere orientar su carrera hacia la nutrición y dietética, mientras Jordi sueña con seguir formándose en el mundo del vino y la enología.
“Yabu Yabu”, la sonrisa que se trajeron de Ghana
Si hubiera que resumir el espíritu del viaje en una sola imagen, Rubén Martínez lo tiene claro: la palabra es “Yabu Yabu”. Así define esa sonrisa franca con la que, según cuenta, les recibían en todas partes.
“Éramos los únicos blancos y todo el mundo te sonreía”, recuerda. Los niños se acercaban, les abrazaban y todo estaba impregnado de una hospitalidad que ha dejado una marca imborrable en el grupo.
Porque si algo se han traído de Ghana estos jóvenes de Castellón no es solo una experiencia internacional o una lección de cocina en condiciones extremas. Se han traído una forma distinta de mirar la vida.
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