Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Obituario

Armando Alegre, el empresario que prestigió el Teatro Principal

Supuraba por todos los poros el embriagador elixir del espectáculo en mayúsculas

El fallecido, Armando Alegre.

El fallecido, Armando Alegre. / CARME RIPOLLES

Basilio Trilles

Basilio Trilles

Dejó escrito Alejandro Dumas que “los amigos que perdemos no reposan en la tierra, están sepultados en nuestro corazón”. Mediada la tarde del domingo recibía una de esas sacudidas emocionales que uno nunca espera, pese a ser mortal: “acaba de fallecer Armando Alegre”. A los pocos minutos me llegaba un whatsapp de su hija, Ana, confirmando tan estremecedora noticia. Armando llevaba una larga temporada con la salud algo quebrada, aunque la vitalidad con la que lo escuchaba al otro lado del teléfono, siempre en positivo y minimizando sus achaques, ni por asomo llegó a alarmarme en momento alguno. Empero, sucedió lo inesperado. Superado el bloqueo inicial, miré el mar Mediterráneo, a esas horas maravillosamente tocado por la luz del sol primaveral, y convine que Armando ya navegaba por el otro mar infinito de Alfa y Omega, en un adiós de sonrisa de hombre bueno. Conociéndolo, estaría de acuerdo con Edgar Allan Poe: “A la muerte se la toma de frente con valor y después se la invita a una copa”. La poética cita de Poe condensa la personalidad de Armando, siempre llevando la valentía por montera y la caballerosidad a modo de irrenunciable código de conducta personal. En unas declaraciones a este periódico, ya en el lejano 2007, mi querido amigo definía su verdadero yo en unas sucintas líneas: “Tengo la tranquilidad que me permite poder disfrutar de mi familia, de mis amigos, de la buena gente, que es lo más importante en la vida; no hacer daño a nadie, ayudar, y ser bien recibidos. Siempre estoy ahí, al lado de quienes me necesitan”. Así fue y vivió, ejemplo de generosidad desde la grandeza de corazón de quien ya forma parte de los anales de la historia cultural y social de Castellón.

Armando Alegre supuraba por todos los poros el embriagador elixir del espectáculo en mayúsculas. Apasionado de la cultura y el arte, en los albores de La Transición tomó las riendas del Teatro Principal de Castellón, a la sazón propiedad de la familia Pascual, y a lo largo de treinta años supo gestionar una programación al más alto nivel. El arranque en 1978 resultó auténtico aldabonazo de lo que sería la nueva etapa del coliseo de la Plaza de La Paz, con el musical Antaviana de Dagoll Dagom, estrenado ese mismo año y que supuso un gran éxito para la compañía catalana, iniciando un fulgurante reconocimiento internacional. Tras el aplaudido comienzo se fueron sucediendo los aciertos de la mano de Armando, arriesgando y apostando en el deseo de ofrecer la mejor cartelera de entretenimiento, siempre manteniendo el compromiso de optar por calidad e innovación. Aquella época de resurgimiento contó con la inestimable colaboración de Nuria Espert y su marido, el castellonense Armando Moreno emparentado con la familia Alegre. La Tempestad y Yerma resultaron dos notables estrenos en los años ochenta del siglo pasado, protagonizados por Espert; entonces en la cima de la fama. Armando Alegre siempre buscó el teatro de calidad. En una de las múltiples charlas con él recordábamos las palabras de Arthur Miller: “El teatro no puede desaparecer porque es el único arte donde la humanidad se confronta a sí misma”.

En el escenario del Teatro Principal, bajo la gerencia de Armando, brillaron multitud de espectáculos de los más diversos géneros. Desde hacía años, ya retirado, solía decir que la revista y el vodevil habían muerto. Casi dos décadas atrás aseguraba en estas páginas una realidad que aún hoy sigue vigente: “Antes te reías hasta que te levantabas de la butaca. Se ha perdido lo que era el gran espectáculo y había un gran vivero de artistas. Es una evolución que corre con los gustos del público, y eso que la risa es lo que más falta hace en esta sociedad de consumo, preocupada por tanta hipoteca”. Genio y figura.

Querido Armando, allá donde llegues en la singladura del Alfa y Omega llevas contigo el liviano equipaje de los hombres justos, sin doblez a la palabra dada y el coraje de llevar por bandera los valores que identifican la nobleza. Atributos de ley caducos en esta sociedad sobrada de personajes grises. Ha sido un honor compartir tu amistad a lo largo de tantos años. Echaré mucho de menos tus llamadas para comentar mis artículos (unas veces con consenso y otras con disenso, siempre primando el principio de respetada pluralidad ) e intercambiando opiniones sobre las cosas cotidianas de nuestra querida ciudad, Castellón, a la que tanto querías. Un beso al cielo, querido Armando.

Tracking Pixel Contents