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Vista privilegiada

Eclipse en Columbretes: viaje hasta el último silencio

Navegamos desde Alcossebre hasta la goleta Cervantes Saavedra, a 49 kilómetros de la costa, para vivir el fenómeno con la totalidad más larga junto a una treintena de personas y asistir, junto a científicos del Oceanogràfic, a la inesperada reacción de la fauna marina

Las islas Columbretes acoge el mágico eclipse solar, visto desde alta mar

JM Bort

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J.M. Bort

València

Illes Columbretes. Latitud 39º 53’ norte. Longitud 0º 43,79’ este. 12 de agosto de 2026, sobre las ocho y media de la tarde.

Primero se callaron los pájaros. Después sopló una brisa larga y suave que acarició el rostro y atemperó el alma. Más de tres cuartas partes ya están ocultas por la Luna y una nube puñetera se marcha, burlona, por el lugar exacto por el que no debía pasar. «Hasta luego», le dice una pasajera mientras sujeta con las dos manos sus gafas oscuras, como si así pudiera aferrarse un poco más al momento.

Las cerca de 30 personas de la goleta Cervantes Saavedra clavan al unísono los ojos en el horizonte. Hay magia en esa cubierta, allá a lo lejos, entre la península y las Baleares, frente a una isla deshabitada, lejos del ruido, sobre un velero que se balancea suavemente, como la cuna de un recién nacido antes de tomar el pecho. Son los últimos valencianos -y los penúltimos españoles antes de las Baleares- que disfrutarán del eclipse. El último silencio y también el más largo: casi dos minutos de totalidad.

"El zooplancton interpreta que se hace de noche y migra verticalmente hacia la superficie antes de tiempo. Los peces salen entonces a alimentarse. El comportamiento de la fauna marina cambia porque se rompe el ciclo del día y de la noche en un momento"

Joan Montaner

— Biólogo del Oceanogràfic

A nuestra espalda queda Illa Grosa, con su faro coronando la roca. A la izquierda, los otros tres islotes y sus relieves imposibles. Delante, un horizonte limpio y, a estribor, una Zodiac que ha zarpado del barco con tres pasajeros contempla la misma película pero a ras del agua, donde están ocurriendo otras cosas.

—"El zooplancton interpreta que se hace de noche y migra verticalmente hacia la superficie antes de tiempo. Los peces salen entonces a alimentarse. El comportamiento de la fauna marina cambia porque se rompe el ciclo del día y de la noche en un momento" —nos ha explicado minutos antes Joan Montaner, biólogo de la Fundación Oceanogràfic.

La goleta Cervantes Saavedra, minutos antes del eclipse, junto a las islas Columbretes.

La goleta Cervantes Saavedra, minutos antes del eclipse, junto a las islas Columbretes. / J.M.B.

Entre todo lo que está pasando en el cielo y bajo el agua estamos nosotros en ese barquito, como dejados caer, justo en medio. El Oceanogràfic tiene la culpa de que una tropa de ocho periodistas hayamos asaltado la goleta una hora antes del espectáculo. Hemos llegado en una lancha bimotor ultrarrápida desde el puerto de Alcossebre, botando sobre las olas durante una hora y cuarto, viendo a docenas de atunes saltar y devorar sardinas mientras unas aves llamadas pardelas cenicientas cazan al vuelo los restos que dejan los peces. Todavía no ha empezado la fiesta allá arriba y aquí abajo los peces ya se han puesto a bailar en un espectáculo hermoso, no tanto para el tripulante al que la biodramina no le hizo el efecto esperado.

Eclipse total desde la goleta Cervantes Saavedra, a las 20.34 horas.

Eclipse total desde la goleta Cervantes Saavedra, a las 20.34 horas. / Joserra Serra / Oceanogràfic

Después, la costa empezó a desaparecer. Primero, los bloques de apartamentos; luego, los barcos del puerto y, finalmente, la silueta montañosa de la Serra de Irta. A mitad de trayecto ya no hay ninguna referencia que nos recuerde que detrás de nosotros sigue existiendo un mundo de carreteras, coches, teléfonos y gente. Después desaparecerá la cobertura y solo quedaremos nosotros. Nada más.

Travesía y divulgación científica

Cuando llegamos a la Cervantes Saavedra, fondeada a unos 300 metros de Illa Grossa, solo están las cuatro rocas a nuestro alrededor. El barco mide 48,5 metros de eslora. Construido en Suecia en 1934, fue uno de los escenarios de la serie 'El barco'. Durante cuatro días, ahora es aula, residencia y plataforma científica.

Javier y Pilar, con el faro de Illa Grossa al fondo.

Javier y Pilar, con el faro de Illa Grossa al fondo. / J.M.B.

La travesía Eclipse 360, organizada por la Universidad Camilo José Cela junto a la Fundación Oceanogràfic y Oceanosophia, ha convertido el bergantín en un observatorio flotante. El objetivo no es solamente contemplar el eclipse. También estudiar qué sucede en el mar y entre las aves cuando el día se convierte de repente en noche.

A bordo hay unas 30 personas que llevan horas de travesía. Está Lolo, el capitán. Está Javier Espinosa, navegante y divulgador, que lleva 25 años haciendo travesías en velero y participa en esta expedición contando a los pasajeros la historia y las curiosidades de los lugares que irán dejando atrás. Entre ellos están Pilar y Javier, dos valencianos que disfrutan de esta aventura. "Es una maravilla. Esta mañana nos hemos dado un baño y esta noche veremos las perseidas antes de seguir hacia Formentera, pero sobre todo estamos encantados con las explicaciones de los expertos", explican ilusionados. Pocos vivirán el eclipse total como ellos.

Tres pasajeras de la travesía observan el inicio del eclipse, sobre las 20.20 horas.

Tres pasajeras de la travesía observan el inicio del eclipse, sobre las 20.20 horas. / J.M.B.

Esos expertos de los que hablan son los científicos. Joan Montaner se mueve nervioso y excitado por la cubierta, pendiente de lo que sucede alrededor. Ya ha explicado a los pasajeros lo que nos ha contado, de forma repetida, a los intrusos. Mientras varias personas preparan la mesa para la cena de más tarde, las Columbretes parecen quietas. Pero debajo del agua todo se mueve. En ese 'debajo del agua' hay 80 metros de profundidad. Ochenta.

Buscamos ahora a Antonio Pérez Verde, el astrónomo de la expedición. Es el hombre más buscado de la cubierta cuando la Luna empieza a comerse el Sol. Antonio está nervioso y emocionado. Tiene algo del niño que sabe que en diez minutos va a abrir los regalos de Reyes.

—Para mí es mi primer eclipse total de Sol —dice—. Y además en un escenario como este...

A nuestro alrededor, todo el mundo juega con las gafas siguiendo las recomendaciones: mirar, dejar de mirar y volver a mirar.

Joan Montaner, biólogo del Oceanogràfic, observa el fenómeno.

Joan Montaner, biólogo del Oceanogràfic, observa el fenómeno. / J.M.B.

«Es un enclave único. Y vamos a tener casi dos minutos de totalidad», continúa el astrónomo. Lleva planeando ver este fenómeno desde 2002. Entonces ya se preguntaba dónde verlo, pero nunca imaginó que acabaría haciéndolo desde una goleta frente a las Columbretes. Aquí la totalidad va a durar un minuto y 54 segundos. Ciento catorce segundos. Parece poco, pero ahora mismo parece muchísimo. La luz empieza a cambiar. Todavía no es oscuridad. Es algo más difícil de describir. Las sombras se alargan. El cielo adquiere una tonalidad extraña, casi metálica.

La nube sigue allí, pequeña pero puñetera. Durante unos segundos se convierte en la preocupación de los pasajeros. Alguien la señala. Otro mira el reloj. Antonio calcula. Las cámaras apuntan hacia arriba. Hemos venido hasta aquí para esto. Una hora saltando olas y atiborrándonos de biodramina para disfrutar del mayor fenómeno de la naturaleza que nuestras generaciones van a ver.

Y después, las Perseidas

Entonces se hace de noche y el Sol queda reducido a un círculo negro rodeado por una corona blanca. Durante ese ratito nos sentimos unos privilegiados. Pequeños, insignificantes, frente a lo que tenemos delante, y al mismo tiempo afortunados por estar exactamente allí, en ese preciso instante. No hay nada que esté ocurriendo en otra parte que pueda estropearlo. Solo una treintena de personas en una goleta, junto a unas islas donde no vive nadie. Hay risas silenciosas, algún murmullo y también palabras de amor.

La periodista de Àpunt, con el cielo ya casi totalmente oscuro.

La periodista de Àpunt, con el cielo ya casi totalmente oscuro. / J.M.B.

En la proa se enciende el foco de una cámara de televisión. Unos metros más atrás, junto al puente, Antonio Pérez Verde sigue mirando hacia arriba. Los ojos del astrónomo se humedecen en medio de esta nochecita fugaz. Observa sin pestañear antes de que vuelva a aparecer la luz. Durante 114 segundos hemos estado fuera del mundo y, quizá por eso, todo lo que queda dentro parece ahora un poco más pequeño.

La luz regresa poco a poco. Primero el horizonte, después el mar, después los colores. Y aparecen las ganas de quedarse allí, al menos toda la noche, como si marcharse fuese una forma de romper el hechizo.

Antonio Pérez Verde

Antonio Pérez Verde / Antonio Pérez Verde, ingeniero y astrónomo, con Illa Grossa al fondo.

Hay que volver. La lancha de regreso, que antes nos había parecido una tortura, ahora se convierte en un paseo. Avanzamos hacia Alcossebre mientras buscamos en el cielo las primeras Perseidas.

En una hora, la costa volverá a aparecer. Volverá la cobertura. Volverán los teléfonos, las noticias, el ruido y todo aquello de lo que habíamos escapado durante una tarde entera, y durante unas horas conservaremos esa maravillosa sensación de haber sido diminutos frente al universo, hasta que la rutina vuelva a colocarnos en el centro de nuestras pequeñas cosas. De cualquier modo, en esa goleta, junto a las Columbretes, se habrá quedado para siempre una parte de nosotros.

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Fuente: Levante - EMV

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