A sus 83 años, Juan Pablo II no cesa de trabajar en todos los terrenos. Hace tres días ha publicado una nueva Encíclica, sobre la Eucaristía.

Hoy es domingo de Pascua y los cristianos recordamos con alegría la Resurrección de Jesucristo. Aquel día, hace dos mil años, dos discípulos de Jesús caminaban hacia Emaús, una pequeña aldea cercana a Jerusalén. En el camino se les apareció y les habló el mismo Cristo, pero no lo reconocieron. El velo de sus ojos cayó cuando, durante la cena, Jesús efectuó la fracción del pan. Pasado el primer instante de estupor e incredulidad, volvieron corriendo a Jerusalén. Semanas más tarde, Jesús mismo les prometió: "Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo". Desde aquel momento, los cristianos han repetido durante siglos la Eucaristía; también llamada "fracción del pan" en los primeros tiempos.

Hoy el Papa recuerda de nuevo, a la Iglesia, ese misterio, que constituye "el núcleo" de la vida cristiana, pues "la Iglesia vive de la Eucaristía". Y tal es el título que encabeza el nuevo documento.

No podemos resumir aquí ni siquiera algunos de sus puntos principales, por lo que invito a los católicos a leerlo. Nada añade a lo vivido por la Iglesia desde sus inicios. Pero a todos --ministros y fieles-- nos conviene que nos lo recuerden. No porque lo ignorásemos. Sino, precisamente, por ser algo tan sabido y tan "normal" que en muchas ocasiones no le damos la importancia que tiene.

Si captáramos la profundidad que supone, la vida de muchos católicos cambiaría radicalmente. "La mirada de la Iglesia se dirige continuamente a su Señor, presente en el Sacramento del altar, en el cual descubre la plena manifestación de su inmenso amor". Tal "descubrimiento" del Amor de Dios es lo que cambia nuestras vidas. Cualquier amor, grande y noble, tiene fuerza transformadora radical.

Con la Encíclica, el Pontífice desea "suscitar este "asombro" eucarístico, en continuidad con sus últimas Cartas Apostólicas... "Contemplar a Cristo implica saber reconocerle dondequiera que Él se manifieste, en sus multiformes presencias, pero sobre todo en el Sacramento vivo de su cuerpo y de su sangre". No es coherente entrar en una iglesia, o asistir a Misa, sin hacer un profundo acto de adoración; en especial durante la Consagración y la Comunión, permaneciendo de rodillas si es posible. El decoro, los gestos y las posturas litúrgicas nunca son banales; muestran nuestras actitudes más hondas. Es una de las últimas reflexiones de la Encíclica.