Los misterios de la fe cristiana alcanzan su máxima elevación --y por tanto su inaccesibilidad a la razón humana--, al referirse a Dios mismo: un solo Dios y tres Personas distintas. Ante esta aparente irracionalidad del misterio, alguien puede sentirse inclinado a abandonar la fe: "no lo entiendo, luego dejo de creer". Tal postura es lícita, pues el ser humano es libre para creer o no; pero no parece lo más razonable. En primer lugar porque creer y entender van siempre de la mano, lo mismo en Religión que en Ciencia. (cf. Encíclica "Fe y Razón" de Juan Pablo II). Y la fe tiene la precedencia; en ciencia, por ejemplo, se comienza por creer a los científicos anteriores, para luego tratar de entenderles y avanzar. También en lo que se refiere a Dios se inicia creyendo y, después, hay que intentar entender lo más posible. Así lo hicieron los grandes genios intelectuales de la Historia: Agustín de Hipona (al que le costó mucho llegar a la fe), Buenaventura, Tomás de Aquino... A veces es necesario dedicar muchísimo tiempo a lo que se cree, para llegar a entenderlo. Y esto es quizá lo que más se echa en falta en los católicos de hoy: el interés por estudiar a fondo su fe, para conocerla y entenderla lo mejor posible.

Un segundo aspecto de lo irrazonable de la postura citada, es que, en el caso de la fe en Dios, siempre habrá detalles que superen el entendimiento humano. Pretender entender a Dios es la raíz fundamental de la increencia. Si yo fuera capaz de entender completamente a Dios es porque Dios sería menor que mi inteligencia. Lo único que justifica mi fe, es un Dios que supere toda razón humana. Ante esto, muchos hombres se han rebelado. Es la postura filosófica llamada racionalismo. Ante los misterios de Dios que superan la inteligencia del hombre, no hay que tratar de desentrañarlos hasta su última coma, porque no es posible. Sencillamente, ver si es más razonable creer que su contrario. Con el estudio, algunos de esos misterios se irán esclareciendo parcialmente. Creer para entender, era el lema de muchos pensadores cristianos de los primeros siglos. Unido inseparablemente a: entender para creer, ya que el hombre es racional por naturaleza.