Empezó como un viaje de ensueño para disfrutar de unas vacaciones "diferentes", que se truncaron en la mañana del pasado viernes día 10, cuando fueron testigos de las dramáticas escenas del rescate de 12 inmigrantes de Eritrea en aguas de Malta. Viajaban en un cayuco que naufragó. Su objetivo era llegar a Italia en el cayuco, en un trayecto por el cual habían pagado unos 700 euros. En total eran 27 personas. Solo una docena lograron subir a bordo del lujoso crucero turístico que hacía el trayecto por el Mediterráneo.

"Pobre gente, que mal estaban", recuerda Juan Segarra, el único castellonense que junto a su mujer, Mónica Menéndez, y su hijo Joan, de 6 años, viajaba en el crucero Jules Verne, y presenció, como él mismo relata, "esas tragedias humanas, que en diferido nos afectan tanto y en directo nos llegan a lo mas hondo de nuestros sentimientos". Hace dos días que llegaron a Benicàssim, procedentes de Alicante, donde atracó la embarcación, y recuerdan las angustiosas horas que pasaron, algunos de ellos, desde la cubierta del barco.

Eran las tres de la madrugada del viernes día 10 cuando, de repente, este matrimonio de Castellón escuchó desde su camarote "un golpe contra el barco". Era una pequeña embarcación con unos 150 ó 200 inmigrantes a bordo. Su desesperación les hizo acercarse hasta el límite al lujoso Jules Verne para captar su atención. Lograron su objetivo, pues el crucero turístico paró y avisó a Salvamento Marítimo, que, pasadas unas horas, le dieron la orden de que prosiguieran su trayecto, pues "otro barco iría a su encuentro". "Les perdimos en el horizonte, sin ver otro barco".

A las pocas horas, "escuchamos los tres pitidos, que significa hombre al agua". Juan se quedó con su hijo, demasiado pequeño para esas imágenes, en la cafetería --"le dije que habíamos ido a recoger a unos señores que se habían caído al mar, y mi mujer subió arriba"--.

"Todos nos hubiéramos tirado al agua para salvarlos, llorábamos de la impotencia, que era enorme, eran personas chillando como desesperadas, a la noche siguiente soñé con ellos, tardaré mucho en ir en barco", comenta Mónica.

"Las imágenes eran muy fuertes --dice Juan, quien desde la cafetería observaba el rescate--; había una mujer que llevaba a su hijo de 9 meses de la mano y lo había perdido y no quería subir a bordo, solo gritaba". "Otra mujer estaba embarazada y al subir al barco le tuvieron que provocar el parto, pero lo perdió; era angustioso, y más al saber después que otro barco les vio antes y se limitó a arrojarles unos chalecos salvavidas. Si no paramos nosotros, esa gente se hubiera muerto", asegura.

Y es que, según relata, la tripulación "se portó genial, al igual que los pasajeros, muchos de los cuales indicaban desde cubierta dónde se encontraba algún inmigrante cuando le veían a la deriva", en contra de las manifestaciones recogidas acerca de que algunos usuarios del Jules Verne manifestaron que "no había que ayudar a esos negros".

Con un sabor agridulce, pero también "bueno por haber salvado a esta gente", esta pareja y su hijo tardará en olvidar, como ellos relatan, "una situación tan penosa como esta, a la que todos debemos intentar poner remedio".