Una aventura. Así se puede calificar el hecho de trabajar a 45 metros de altura con un cristal bajo los pies. La profesión no corresponde a los más avezados escaladores, sino a tres estibadores que manejan la grúa más alta de PortCastelló.

Raúl Manrique, Samuel García y Miguel Blanch el almassorí son quienes, desde el pasado mes de septiembre, manejan los mandos de este gigante de hierro. A sus órdenes, contenedores con una carga efectiva de hasta 52 toneladas pueden desplazarse 55 metros en horizontal, un hecho hasta hace poco inusitado en los muelles castellonenses. Esto facilita que se pueda operar con barcos de gran calado, que transportan hasta 18 contenedores en el ancho de su cubierta.

Las ventajas de la grúa son múltiples, pero suponen un esfuerzo para el operario. Desde la cabina, suspendida a esos 45 metros (el suelo se ve realmente lejos a esa altura), han de enganchar las cuatro esquinas de un contenedor que no miden más de 15 centímetros. Al menos, el spreader (el ingenio que engancha los contenedores) dispone de unas guías.

Aun así, como indica Raúl, la primera labor es "acostumbrarse a las distancias". Aunque "hay que forzar mucho la vista", este hecho también implica una "mayor visibilidad", según Samuel, que conlleva "más seguridad".

Así y todo, "tienes que estar pendiente del contorno de alrededor del spreader, señala Raúl. A esta dificultad hay además que sumar la profundidad de la bodega. Miguel recuerda que puede llegar a ser "de hasta 12 metros". No en vano, en la panza del barco "siempre tiene que haber una altura más de contenedores que en su cubierta", indica Miguel. El objetivo es controlar la estabilidad de la embarcación.

Por esta razón, las órdenes del amantero, el estibador que dirige la operación desde la nave, se convierten en imprescindibles. "Normalmente nos las da por el walkie, señala Raúl, a pesar de que la grúa dispone de elementos comunicadores. Están situados en la cabina, un lugar donde un confortable sillón trata de que el manejo de moles de hierro mediante un par de mandos similares a los de cualquier consola electrónica sea lo más agradable posible. La diferencia es que el operario en este caso sí que se desplaza en el espacio, hasta situarse por encima de la carga que hay que elevar.

Por todo esto, para ellos, caminar sobre una pasarela a 45 metros de altura desde el ascensor hasta la cabina es un simple juego. Ya no lo es tanto cuando, a causa de una avería, la cabina queda suspendida en medio de la nada y para llegar a este soporte hay que desplazarse por una pasarela de emergencia. Ahí, la aventura se convierte en un riesgo.