Ricardo García es un sacerdote nacido en Forcall que llegó a lo más alto en la curia de la diócesis de Segorbe-Castellón. Bajo el pontificado del obispo Pont i Gol, el primero en la historia de la diócesis castellonense, llegó a ser el vicario episcopal, que es el segundo en la nomenclatura de la organización eclesial. Ya bajo el mandato del obispo Josep Maria Cases Deordal dejó sus responsabilidades en el gobierno de la iglesia para dedicarse a atender a los más pobres y desfavorecidos.

Es el padre Ricardo, que, gracias a su labor de apostolado, se ha convertido en uno de los personajes más populares y valorados en la sociedad castellonense. La labor de atención social que ha protagonizado el padre Ricardo no ha estado exenta de tensiones y situaciones difíciles, en las que no han faltado amenazas e, incluso, agresiones físicas en la persona de este singular sacerdote que, independientemente de las creencias religiosas, es una de las personas públicas más queridas por los castellonenses.

Una de estas situaciones difíciles ocurrió en aquellas primeras semanas de enero de 1987, cuando el padre Ricardo era el párroco de la iglesia de San Juan Bautista, en el barrio de La Guinea, en el extremo oeste de Castellón. Aquel invierno de 1987 fue uno de los más fríos de la década de los años 80. El padre Ricardo abrió su parroquia a los más desfavorecidos, que eran las personas sin techo en Castellón. Hay que señalar que ni el Ayuntamiento de la capital de la Plana ni ninguna institución pública y privada mantenía en aquella etapa abierto albergue para transeúntes y ni siquiera un comedor social. Solo las organizaciones de la iglesia, como Cáritas, trabajaban en la atención a los más desfavorecidos. Pero el párroco de San Juan del Río Seco, como se conocía a la parroquia, se encontró con la oposición de los vecinos de los barrios de la Guinea y de Tombatossals, que no vieron con buenos ojos como su parroquia se convertía en un albergue en el que decenas de personas, muchas en la indigencia, se acercaban a pasar la noche a cubierto o a comer un plato caliente. Ello provocó la movilización del barrio y situaciones tensas en la relación del párroco con los feligreses. Fue necesaria la mediación del propio alcalde, Antonio Tirado, y del obispo Cases Deordal. La solución fue crear el primer albergue de transeúntes y nació la Obra Osim que aún continúa su labor benemérita. H