La ciudad de Castellón fue calificada, en los años veinte como la capital cultural del antiguo Reino de Valencia. Así lo afirmó el escritor alicantino Azorín, que describió el magnífico vigor de una pequeña ciudad mediterránea en pleno apogeo de la Belle Epoque. Castellón era entonces una villa con poco más de 20.000 vecinos que se dedicaba fundamentalmente a la agricultura, a los oficios artesanos y a los servicios.

Como capital de una provincia que nació a principios del siglo XIX acogía también a un buen número de funcionarios, civiles y militares, que aportaron inquietudes y sensibilidades ajenas a las viejas tradiciones castellonenses, pero que enriquecieron su acervo cultural. Con una antigua solera liberal, que tuvo su origen en los viejos conflictos civiles que sacudieron la España decimonónica, los años veinte fueron una etapa de crecimiento en la ciudad y en el conjunto de la provincia con la irrupción de un nuevo sector industrial que se centró en la producción de manufacturas cerámicas, textiles y del mueble, además del empuje de las explotaciones citrícolas que producían frutos que se vendían en los principales mercados internacionales.

En este contexto, Castellón vivió una auténtica eclosión cultural con la fundación de tres entidades que han sido señeras en el devenir de la ciudad durante todo el siglo XX. Se trata del Ateneo, que basó su actividad en la programación de muy interesantes conferencias, en la puesta en marcha de la Sociedad Filarmónica, que ha venido programando los mejores conciertos, impensables en una ciudad pequeña como Castellón, y en la fundación de la Societat Castellonenca de Cultura, benémerita institución que durante más de ochenta años ha venido editando un boletín que recoge la publicación de los más diversos trabajos de investigación histórica, artística y científica sobre temas referidos a todo el ámbito de la provincia. La Castellonenca fue obra de un grupo de patricios castellonenses entre los que destacó la figura sobresaliente del médico Ángel Sánchez Gozalbo, que compatibilizó su actividad sanitaria con la de investigador histórico, además de con la de escritor y estudioso de la lengua valenciana.

Ángel Sánchez Gozalbo falleció en aquella última semana de marzo de 1987 y su óbito supuso el luto oficial de una ciudad de Castellón que despidió a uno de sus hijos predilectos. H