Emotivo adiós el que todo un barrio, el de la calle Núñez de Arce y Gobernador, brindó ayer a las tres hermanas de la orden de las Madres Capuchinas en su despedida del convento tras 319 años de presencia en Castellón, desde tiempos de Carlos II. Más de 100 personas siguieron en la pequeña capilla la misa, oficiada por el obispo de la diócesis Segorbe-Castellón, Casimiro López Lorente, y otros siete sacerdotes, entre ellos el mosén visitador de las monjas, Joaquín Guillamón. “Las madres Capuchinas dejan una honda huella en el corazón de los castellonenses”, señaló el obispo, que puso el acento, reiteradamente, en dar las “gracias” a las hermanas Regina, Rosalía y María Isabel “por sus oraciones y su fecundo devenir en el barrio, la ciudad y la orden, en obras y en solidaridad”.

López citó la primera carta de San Pedro, donde se habla de “la obediencia hacia la verdad, en un traslado forzado por la falta de advocaciones, en estos tiempos tan difíciles”.

Las tres hermanas, junto con la madre federal, la madre abadesa y las ocho hermanas de la Congregación de las Esclavas del Santísimo Sacramento y de la Inmaculada, que toman ahora el relevo al frente del convento, siguieron los cánticos y los rezos frente a la imagen de la beata sor Isabel Calduch. Sus restos se quedan en Castellón, junto al rico patrimonio, como los zurbaranes, mientras sus hermanas viajaron ya ayer en taxi hacia Barbastro, en Huesca, junto con sus pertenencias, que se trasladaron en dos camiones de mudanzas. Los restos de la beata, que pusieron a la orden en el punto de mira de toda la sociedad castellonense, “estarán siempre en nuestros corazones, allá donde vayamos”, señaló la madre Rosalía.

Lágrimas, agradecimientos y, sobre todo, emoción por los años vividos en sintonía fueron ayer protagonistas en una ceremonia que duró más de una hora, a la que siguieron muchos abrazos para decir adiós a las hermanas capuchinas. Sus sucesoras, encabezadas por la madre Mª Antonia, toman ahora el testigo de su historia en Castellón. H