Una de las peores cosas que le puede ocurrir a una nación, políticamente hablando, es el desgobierno. Y este puede aparecer tanto por la desidia como por la mala fe de un gobernante inepto o corrupto (Venezuela es un claro ejemplo de ello) como por la incapacidad de los aspirantes al trono para ponerse de acuerdo. La comunidad andaluza es, en estos momentos, el paradigma de lo que intento explicar.

En la Comunitat Valenciana casi siempre hemos tenido gobiernos fuertes. No es menos cierto que en la última etapa de Francisco Camps al frente del Govern conocimos bien qué es esto del desgobierno, tanto por sus intolerables ausencias (desidia) como por la enorme corrupción que lo emponzoñó todo (mala fe).

Dicho esto, tanto con Lerma como con Zaplana o Fabra la Comunitat estuvo en manos de un gobernante que hizo su trabajo. Nos gustaron más o menos, pero actuaron. El peligro que se cierne ahora sobre nuestras cabezas es que el afán personalista de alguno/a acabe con la ilusión de muchos valencianos por disfrutar de un gobierno progresista. El PSPV, Compromís, Podemos y Ciudadanos están obligados a alcanzar un acuerdo que permita a la Comunitat Valenciana disfrutar de un Gobierno como se merece. Deben dejar atrás la ambición personal y centrarse en lo único importante: gobernar por y para el pueblo que les ha otorgado (por el momento) su confianza. H