Una historia de superación
De policía tiroteada en Colombia a luchar por sus derechos en Castellón: “Soy fuerte, pero estoy rota”
Nidia llegó a España tras sufrir un atentado en el que vio morir a su novio y perder la movilidad en un brazo. Padece fibromialgia
Tiene problemas económicos y denuncia a la ONCE por un presunto caso de discriminación cuando optaba a vender cupones

Erik Pradas

Nidia María Noriega (53 años) llegó a Castellón en 2022 con una maleta llena de papeles, dolor físico y miedo. Dejó atrás su tierra, Colombia, donde forjó una carrera de 18 años como policía y un trabajo como docente de guardería.
También dejó un atentado que casi le cuesta el brazo y una vida que, pese a los riesgos, ella describe como feliz: «Era la mujer más feliz del mundo, trabajé muy feliz como policía y como profesora».
Hoy, desde Castelló, cuenta su historia como solicitante de asilo, enferma de fibromialgia y con una discapacidad en el brazo derecho, tras denunciar lo que cree una discriminación laboral por parte de la ONCE en un proceso de selección para vendedora de cupones.
«Era la mujer más feliz del mundo, trabajé muy feliz como policía y como profesora».
«Una bala se llevó a su amor»
Antes de empezar de cero en España, la vida de Nidia estaba marcada por dos vocaciones: la seguridad y la infancia en la ciudad colombiana de Cali. Pero su trabajo como policía la llevó a tener problemas con altos mandos y a sufrir varios atentados en un país de Sudamérica marcado por elevados índices de violencia vinculados al narcotráfico.

Nidia fue policía en Colombia, un país marcado por elevados índices de inseguridad vinculados al narcotráfico. / Mediterráneo
El ataque más grave lo sufrió con 41 años, siendo madre de dos niñas. Padeció heridas de bala en el pecho y perdió la funcionalidad del brazo derecho: «Dejé de sentirlo. Me lo salvaron en una clínica. Tengo platino y ocho tornillos, no tengo fuerza, no tengo pinza, no tengo agarre en el brazo», relata emocionada.
Además, en ese tiroteo «una bala se llevó a su amor», como reza la portada del 30 de septiembre del 2013 del periódico local Q’hubo, adjunta a este reportaje.
En la misma, se ve a quien fuera su novio de 28 años, el mecánico dental Cristhian Leonardo Vélez. Fue asesinado de un disparo en la cabeza cuando llevaba a Nidia a su casa en el barrio de Santo Domingo. Supuso un antes y después.

Portada del periódico que informó sobre el atentado que sufrieron Nidia y su novio. / Mediterráneo
Adiós a su país, a su patria
Cansada de vivir bajo amenaza, decidió tomar la dura decisión de salir de su país, de su patria. Primero viajó su hija menor; ella esperó unos meses, dejó todo organizado para proteger a su familia y finalmente tomó un avión con toda la documentación para solicitar asilo en España.
Tres años después, todavía no tiene respuesta. La hija mayor sigue en Colombia y trabaja como psicóloga.
Mientras tanto, ha trabajado donde le han abierto la puerta: «Antes de que nos dieran el primer permiso de empleo, trabajamos limpiando y cuidando a adultos mayores en hospitales y en varias casas». Su cualificación y experiencia no le han servido de mucho aquí, ya que homologar sus estudios de docente o policía es «carísimo y lento».
«Antes de que nos dieran el primer permiso de empleo, trabajamos limpiando y cuidando a adultos mayores en hospitales y en varias casas».
A esa carrera frenada se suma una enfermedad que le marca en casi todo: la fibromialgia. «El dolor que nosotros sentimos en nuestro cuerpo es inexplicable. Me duele todo, hasta para peinarte, levantar los brazos. Hay días y semanas en los que ni siquiera puedo levantarme de la cama. Mi vida ha cambiado por completo», señala triste.
La enfermedad no solo afecta a su capacidad para trabajar; también le ha arrebatado placeres que la sostenían: «Antes salía cada ocho días a escuchar mi salsa, tocar instrumentos y bailarla». Ahora, si baila dos o tres canciones, puede pasarse dos o tres días sin poder moverse por el dolor.

Nidia junto a una ventana de su casa en Castelló enseña la foto del atentado que sufrió junto a su novio. / ERIK PRADAS PUIG / MED
Nidia vive con su hija, que estudia un grado privado de laboratorio clínico y analítica, y recientemente la ha convertido en abuela. Pero la situación económica es frágil: su hija paga sus estudios y gastos, los de la bebé y parte de los de su madre.
Servicios sociales les dieron apoyo durante un tiempo, pero al lograr el permiso de trabajo, las ayudas se suspendieron al constar empadronadas juntas.
El «sueño» de vender cupones
La ONCE apareció como una tabla de salvación. Nidia soñaba con vender cupones, un empleo compatible con su discapacidad y sus limitaciones físicas.
Tras más de un año de trámites, obtuvo el certificado de discapacidad, pasó la entrevista, superó la valoración médica y recibió la llamada que confirmaba su incorporación al cursillo que suponía la fase final. «Ya me veía trabajando, decorando mi puesto, feliz», afirma.
Pero días antes de comenzar la formación, una llamada lo derrumbó todo: su ingreso quedaba «suspendido por directrices de Madrid». Poco después se enteró de que su plaza había sido ocupada por una mujer española de más edad.
Asegura que fue la única mujer negra en todo el proceso y sostiene que sufrió «discriminación racial y un trato desigual». El golpe emocional fue devastador y llegó a llamar al 024, la línea de atención a la conducta suicida.
«He sufrido atentados, pérdidas, dolor. Soy fuerte. Pero a día de hoy estoy rota. Y quiero que esto se sepa».
Ha denunciado este caso ante la inspección de trabajo. Este periódico se puso en contacto con la ONCE y afirman que el perfil de Noriega «no se adecua, en estos momentos, por no tener carnet de conducir».
Casualmente, pocas horas después de esta respuesta, la afectada recibió una carta en la que la organización insiste en que «su perfil no se adecua estrictamente a nuestras necesidades actuales, no obstante, queda constancia de su petición, por si en alguna ocasión fuera necesario contactar».
Aun así, Nidia sigue en pie: «He sufrido atentados, pérdidas, dolor. Soy fuerte. Pero a día de hoy estoy rota. Y quiero que esto se sepa».
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