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CD Castellón | Tribuna

El adiós de Jordi Marenyà: una carta de despedida

Jordi Marenyà Gumbau no volverá a jugar a fútbol. El capitán del CD Castellón en el ascenso de 2018 cuelga las botas. Canterano prometedor, debutante precoz y símbolo de la resistencia albinegra en las temporadas más complicadas en Tercera, comparte su historia con los lectores de Mediterráneo en una personal misiva

El adiós de Jordi Marenyà

Gabriel Utiel / Manolo Nebot / Mediterráneo

Jordi Marenyà

Castellón

El 16 de diciembre de 2023 jugué con el Alzira mi último partido. El fútbol suele ser así: sabes cuál es el primer partido, pero casi nunca sabes cuál puede ser el último.

El primero lo jugué con el Castellón en Castalia el 11 de abril del 2010 y culminó una semana que me cambió la vida. Soy Jordi Marenyà, y entonces tenía 18 años y era juvenil. No sé si jugaba bien o jugaba bonito, pero había tenido un buen año en División de Honor con Sergio Navarro. Ganamos mucho y disfrutamos muchísimo. Llegó Asier Garitano y se atrevió con nosotros. Era lunes y me llamó Pepe Heredia para comunicarme que al día siguiente debía ir a entrenar con el primer equipo. 

Supe que iba a jugar el mismo día del partido. Entrenamos por la mañana el balón parado y al terminar Garitano me dijo que iba a ser titular por la tarde. Intento recordar qué sentí y en la memoria asoma una mezcla. Por un lado estaba todo lo contento que se puede estar, porque iba a conseguir el objetivo que todos teníamos, y por otro estaba nerviosísimo porque quería estar a la altura.

Después del entrene comía con unos compañeros cerca de Castalia, así que llamé a casa para dar la buena noticia. Venid que voy a jugar. Todo fue muy rápido. De repente estaba ahí, en el césped, jugando en Segunda División contra el Celta de Vigo. Opté por soluciones sencillas en los dos o tres primeros pases, sin complicarme, y bien. Me calmé y aprobé: ganamos 2-1 aunque jugamos con nueve un montón de minutos. Conservo algunas fotos del debut, pero sobre todo retengo una sensación: fui muy feliz y fue muy bonito.

El debut en Segunda contra el Celta.

El debut en Segunda contra el Celta. / Mediterráneo

Mi padre, futbolista

No fui el primer Marenyà en debutar en Segunda División. Joan, mi padre, fue futbolista. Un extremo velocísimo. Jugó con el Atlético Madrileño en la categoría. Mi padre nació en Palafrugell y estuvo en el Girona y en el Ceuta antes de fichar por el Villarreal en 1978. Podría decirse que gracias al fútbol nací yo, porque en Vila-real conoció a mi madre. Después jugó en el Reus, regresó al Burriana, se quedaron en Vila-real y tuvieron tres hijos.

Yo soy el pequeño de la familia. Sin mi hermano David (cuatro años mayor) tampoco hubiera sido futbolista. Mi infancia fue fútbol: con mi padre y con mi hermano en cualquier sitio, con mi hermano y sus amigos en la Vila, con los compañeros de clase en el colegio, con quien fuera en los veranos en Benicàssim o en las visitas a las abuelas a Benlloc. Lo típico: se me daba bien jugar y como se me daba bien jugar, jugaba a todas horas y entonces se me daba aún mejor. El bendito círculo.

Me encantaba jugar a fútbol porque sentía que era yo mismo. Era y soy bastante tímido, pero con la pelota era distinto.

A esas edades, el fútbol no era ni un trabajo ni una afición. Era algo más profundo e íntimo. Simplemente, el fútbol me definía. Yo era fútbol más que futbolista. Un niño más de los que íbamos a jugar al Camp de Flors, sin federar pero con una ilusión infinita. Al poco, en edad benjamín, fui a una prueba a los campos federativos y entré en la cantera del Villarreal. Me encantaba jugar a fútbol porque sentía que era yo mismo. Era y soy bastante tímido, pero con la pelota era distinto. Con la pelota me expresaba con naturalidad. Con la pelota mandaba y estaba comodísimo.  

Ser 'orellut'

Al llegar a cadetes, quería jugar en la Liga autonómica y fui a probar al Castellón. Sergi Escobar, que era el entrenador, me tuvo varias semanas en vilo. No sé cuántas, pero se me hizo larguísimo. Acostumbrado a la burbuja del Villarreal, el cambio fue impactante, sobre todo al principio. Nada de césped artificial, sino campo de tierra en la Hípica; nada de dominar siempre con la pelota, sino pelear y currar al máximo; nada de juego de posición, sino buscarse la vida. Diría que ahí se forjó lo que luego fui como futbolista. Había que correr como si fueras el malo del patio del colegio aunque fueras el bueno del patio del colegio. Si no había trabajo, ni la técnica ni la visión ni el talento servían.

Marenyà y Marc Trilles, en edad juvenil.

Marenyà y Marc Trilles, en edad juvenil. / Manolo Nebot

Aprendí de varios entrenadores y de muchos compañeros. Después de debutar en el primer equipo, participé en los diez partidos restantes hasta que terminó la Liga. Aquel verano de 2010, después del descenso a Segunda B, tuve algunas ofertas de filiales de Primera, pero opté por quedarme en el Castellón. Sentía que debía ser agradecido con el club por la oportunidad que me habían dado. Todavía no eran visibles los problemas que luego florecieron. No lo sabíamos, pero había comenzado la caída.

Los años oscuros

Esa temporada de Segunda B, además, no estuve bien. Llegó Jordi Vinyals y todo parecía perfecto, al inicio. Comencé titular en Copa y en los primeros partidos de Liga, hasta que me lesioné y sufrí algunas recaídas. Entré en un bucle oscuro y negativo. Echaron a Vinyals y dejé de sentir la confianza. Me fijaba más en lo que no conseguía que en lo que podía conseguir. Me presioné yo solo, y en exceso: pensaba que estaba decepcionando, que no valía. Jugué menos que el año anterior en Segunda. Aparecieron los impagos y a final de temporada la situación era crítica. Llegó el descenso a Tercera por deudas y no sabíamos qué pasaría.

Decidí aguantar. Esperamos mucho. Diría que era agosto y no había ni presidente ni entrenador ni expectativas. Quedábamos seis o siete canteranos en el supuesto primer equipo. Entrenábamos por nuestra cuenta o con el filial. No sabíamos casi nada. Salían varios nombres en las noticias. A última hora llegó un comprador y salimos a competir. Entrenaba bien, pero apenas jugué, era el último de la fila. Tenía 20 años y pensaba que estaba acabado.

En julio de 2012, en Castalia con Aarón Torlá, Roberto, Rubén, Juste, Joel, Álex Felip...

En julio de 2012, en Castalia con Aarón Torlá, Roberto, Rubén, Juste, Joel, Álex Felip... / Mediterráneo

A los pocos meses dejaron de pagar, se marcharon la mayoría de los futbolistas de fuera y nos quedamos un grupo jovencísimo. Nos intentaron engañar muchas veces. Hicimos huelga. Fue un periodo durísimo, pero tuvimos tres suertes: tener a Aarón Torlá de capitán, encontrar buena gente en la afición y mantenernos unidos.

Entrenaba bien, pero apenas jugaba, era el último de la fila. Tenía 20 años y pensaba que estaba acabado.

Para mí, en lo deportivo, fue casi un año perdido. Solo jugué con algo de continuidad cuando Pedro Fernández Cuesta cogió el primer equipo. El verano siguiente fue de nuevo parecido. Rumores de venta o desaparición, un ambiente tóxico y todos esos líos. Igual que en 2011, en 2012 decidimos aguantar y esperar a ver si había equipo. La afición nos lo pedía. Creo recordar que el nuevo presidente llegó algo antes, a mediados de julio. Mis compañeros me eligieron capitán. Tenía 21 años y seguía sin sentirme cómodo con mi juego. La presión me podía. No veía la luz, pero sabía que la siguiente temporada sería decisiva.

Una charla sincera

Hubo un punto de inflexión: un partido contra el Novelda en Castalia, en el otoño de 2012. Antes de salir a calentar, Pedro me llamó al cuarto de los entrenadores. Me dio una charla dura, pero sincera. Con el paso de los años la he valorado especialmente. Venía de un mal partido que se sumaba a una mala época. Me dijo que iba a jugar porque no había otro. Me dijo que confiaba en mí, pero que tenía que dar un paso adelante. Me dijo que tenía que recuperar mi fútbol, quedarme la pelota, ir más allá del pase de seguridad, atreverme a ser quien fui en juveniles. Me dijo que era bueno, pero que tenía que demostrarlo en el campo, y que tenía que hacerlo ya, por mis compañeros, por mí y por mi familia. Me retó y por suerte respondí. Dejé de 'jugar' y empecé a competir y a liderar. Cuando acabó la temporada, ya no era un niño.

La capitanía

Ser capitán del Castellón con 21 o 22 años me ayudó a madurar. Me fijé en Aarón porque creo que somos parecidos. No soy un futbolista de esos que pega gritos ni clava las arengas. Me gusta convencer con lo que hago y no con lo que digo. Para mí es un orgullo haber llevado el brazalete, haber sido elegido por mis compañeros y haberme sentido respetado y querido por la afición durante tantos años. Defendí al Castellón en momentos difíciles. Me tocó vivir situaciones que nunca había imaginado: meses de impagos, colectas de dinero para compañeros que no tenían ni para comer, recogida de firmas, numerosos conflictos, mentiras y amenazas de dirigentes... Pero me esforcé siempre al máximo y entre todos mantuvimos al Castellón vivo. Quiero pensar que fuera del campo actué siempre como dentro del campo: pensando en lo mejor para el colectivo.

Para mí es un orgullo haber llevado el brazalete, haber sido elegido por mis compañeros y haberme sentido respetado y querido por la afición durante tantos años.

Acabamos aquella temporada con Pedro Fernández Cuesta jugando el play-off de ascenso, con muchos jugadores de casa y un proyecto modesto. Tenía la espina clavada de Segunda B y pensé que era el momento. En 2013, fui al Olímpic de Xàtiva, me adapté a la mediapunta, acabé la carrera de Ciencias del Deporte y pasé dos años buenos. Jugamos en Copa contra el Real Madrid, a ida y vuelta, y la foto con mis amigos en el Bernabéu es de las que arraigan en la retina.

En 2015, con 24 años, decidí volver al Castellón. Aunque estuviera en Tercera, donde no debía estar, era un club diferente. Te genera un sentimiento de pertenencia muy grande. La repercusión que tiene y el apoyo que recibes es muy especial. Tanto que compensaba las cosas malas que pasaban. Volví a ser capitán y pronto volvieron los problemas. Echaron a algún entrenador, como a Frank Castelló, de manera injusta por reclamar lo que nos correspondía, y hubo momentos muy difíciles. Entre el caos y pese al desgaste que nos causaban estas situaciones, tratamos de competir. En 2016 y 2017 nos quedamos cerca de ascender.

Gavà, 2016.

Gavà, 2016. / Mediterráneo

Las ocasiones perdidas

En especial, en 2016. Fue en Gavà y fue durísimo. Como futbolista, lo peor que he vivido. Esa temporada la empecé lesionado del menisco, pero a raíz de la llegada de Kiko Ramírez fuimos superando problemas. Supo aislarnos y más o menos íbamos cobrando, con ayudas externas y un equipo muy comprometido. Jugamos un play-off digno y agónico. La suerte que tuvimos en Málaga se esfumó contra el Gavà. Ese día... del 2-0 al 2-2, mereciendo ganar, siendo superiores... y después de todo lo que habíamos pasado, perder en los penaltis fue muy cruel. Salir de Tercera es muy difícil y costó mucho digerirlo.  

En Tafalla, en 2017, caímos en el último minuto del descuento. Había sido un año duro. Tuve una lesión en el isquio que me dio muchos problemas. Fue una temporada difícil de llevar, con mucha reunión con la directiva, malas palabras y la intención de separar al grupo.

No sé si el ascenso se había convertido en una obsesión, pero sí en un propósito de vida.

A esas alturas, no sé si el ascenso se había convertido en una obsesión, pero sí en un propósito de vida. Quería subir con el Castellón. Solo tenía ese objetivo. De hecho, de vez en cuando llegaban ofertas, pero en esa época no tenía ni representante ni lo quería. Además, con la llegada de Vicente Montesinos todo cambió. Por fin pudimos centrar toda nuestra energía en lo deportivo, sin interferencias, y en el campo se notó. La afición se volcó, llegaron futbolistas muy buenos para la categoría y me reencontré con mi entrenador del cadete, Sergi Escobar, en el primer equipo. Con el paso de los meses fuimos mejorando, cada vez más sólidos y aunque se nos escapó el ascenso directo no dejamos de sentir que era nuestro año

El ascenso

La eliminatoria más dura fue contra el Sant Andreu: 180 minutos de supervivencia contra un equipazo que fue mejor. Allí nos salvamos en un ambiente hostil con algo de suerte, pero a veces necesitas algo así. En la final contra el Portugalete, en casa, había mucha presión, pero hicimos un partido muy serio, muy responsable. Costó marcar y hubo algún momento de sufrir, porque no podía ser de otra manera. Tengo en casa una foto enmarcada del pitido final, justo de ese instante en el que saco toda la tensión, la ansiedad y la rabia que llevaba acumulada durante tantos años. Creo que hice una temporada muy buena, sabiendo estar, compitiendo con madurez, adaptándome a muchas posiciones en el centro del campo, en banda o por dentro, y con el premio de ese ascenso que queda para siempre. Gracias a ese momento, ahora me puedo retirar en paz, tranquilo

Celebrando el ascenso con Marc Castells, Juanjo Gracia, Abraham Peleteiro y otros compañeros.

Celebrando el ascenso con Marc Castells, Juanjo Gracia, Abraham Peleteiro y otros compañeros. / Mediterráneo

Los nuevos caminos

Por desgracia, nos echaron a casi todos y no pudimos disfrutar del todo del ascenso. En 2018 tenía 27 años y fue complicado asumir que los nuevos -y fugaces- dueños del Castellón no me querían, pero en ocasiones el fútbol te lleva por su propio camino. A la hora de buscar equipo, decidí mal. Probablemente, esas semanas no estaba en mi mejor momento anímico, ni de lucidez, porque había jugado todo y pensaba que merecíamos seguir. Tenía claro que no iba a jugar en otro club de la provincia.

Elegí Écija y me equivoqué. No cobré ni un mes, así que al tercero me marché. Firmé entonces por el Saguntino porque me quería Dani Ponz, que antes me había llamado muchas veces. Me ayudó mucho ese año, que también hicimos play-off, y luego me recomendó al entrenador del Langreo, Dani Mori, que me vio jugar y me fichó. Allí pasé dos años muy bonitos en Segunda B, otra vez. El Langreo es un club familiar y cumplidor, con gente honrada en un lugar precioso. El segundo año, con Ángel Rodríguez, jugué de '6' con un 4-3-3 y lo disfruté muchísimo.  

En el fútbol llega un día que ya no piensas solo en el fútbol. Firmé por el Alzira porque mi pareja vive en una zona próxima. Cuando ves cerca el final, saboreas de otra manera cada entrenamiento y cada partido. Eres consciente de que ya has jugado más partidos de los que te quedan por jugar, y eso a veces duele un poquito. En Alzira me reencontré con Dani Ponz y los dos primeros años fueron positivos, con una eliminatoria de Copa preciosa contra el Athletic y con toda la confianza y la experiencia que me daban y que tenía. En el tercero, sin embargo, la rutina se torció, con alguna lesión. Fui primer capitán y después de unos meses sin cobrar y ejercer de portavoz de mis compañeros, recibí la llamada del despido.

El adiós

En ese mercado invernal, tuve algunas ofertas para seguir jugando, pero no me motivaban lo suficiente para volver a empezar en otro sitio. Decidí dejar pasar unos meses por si surgía algo que me hiciera replantearme la despedida. Quizá mentalmente ya me había ido, pero no estaba preparado para asumirlo, porque además la retirada conlleva en mi caso el adiós al fútbol. El adiós al sueño de un niño que solo quería impresionar a su padre y a su hermano. Ahora lo he sustituido: estoy opositando para ser bombero. No sé si volveré al fútbol de alguna manera, tarde o temprano. No he tenido tiempo para echarlo de menos todavía

No olvidaré la emoción de jugar en un Castalia lleno de orelluts.

Pese a lo malo, he sido muy feliz jugando al fútbol. He conocido a mucha gente buena y no quiero dejar de nombrar a Eliseo, que siempre nos cuidó con esa combinación tan suya de gruñidos y mimos. Amo la sensación de formar parte de un equipo, la piña que es un vestuario unido, porque es algo difícil de encontrar en la vida. No olvidaré la emoción de jugar en un Castalia lleno de orelluts y vivir todas esas experiencias que contaré un día a mi hija. Ni la sensación de orgullo que me produce haber jugado en un histórico como el Castellón, aguantar con él y ver cómo empezaba a resurgir. Ha sido un honor y estoy orgulloso de lo que hice. Ha merecido la pena. Me voy dichoso y agradecido. 

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