Cien años del CD Castellón en Mediterráneo: Algo más que fútbol
Con independencia de los éxitos deportivos, los ‘orelluts’ se han instalado en el imaginario colectivo de sucesivas generaciones de castellonenses
Símbolo de resistencia, mezcla casi imposible pero real de tradición y modernidad, el club mira el futuro con optimismo de la mano de Haralabos Voulgaris

Cien años del CD Castellón en Mediterráneo / Archivo Mediterráneo / Libro de Platino / Agencia EFE

En las buenas, en las malas y en las peores, las andanzas del Club Deportivo Castellón han acompañado durante más de un siglo la rutina de los habitantes de la provincia. Desde los orígenes analógicos en los campeonatos regionales al actual proyecto tecnológico que lidera Haralabos Voulgaris, pasando por las épocas doradas en Primera, la final de Copa y, también, un catálogo de sufrimientos y preocupaciones, los orelluts han ocupado un hueco capital en el imaginario colectivo de sucesivas generaciones.
Pronto el Castellón dejó de ser una mera institución deportiva para convertirse en algo más. Ese algo más atiende a conceptos como la identidad colectiva, la representación y el sentimiento de pertenencia. Estos conceptos que, de forma repetida a lo largo de su existencia, han evidenciado la importancia del club más allá de los resultados y de las categorías, y que lo convirtieron en un símbolo de peso en una ciudad a menudo carente de referencias de esta índole.
El equipo de Alanga
El CD Castellón fue fundado en 1922. Durante los primeros años fue conocido como el equipo de Alanga, el portero albañil, el primero de los grandes ídolos. En torno a Alanga y su elefante de ébano que utilizaba como amuleto se gestó, además, el lema que sigue bramando la afición en cada jornada en el Estadio Castalia: el Pam, pam, orellut.
Un equipo de leyenda
El Castellón saltó de nivel en los años 40. Ascendió a la máxima categoría en 1941 y allí encadenó seis temporadas. Especialmente brillante fue la 1942/43, con un equipo de leyenda. Pérez, Basilio, Guillén, Santacatalina, Santolaria, Martínez, Ruano... Los orelluts finalizaron el campeonato de Liga en la cuarta plaza (todavía la mejor clasificación de siempre) y llegaron a soñar con el título en algún tramo de la temporada.

El Castellón, en el campo del Sequiol. / Libro de Platino / Archivo
A lo largo de la historia del club, los picos y los valles se han alternado poniendo a prueba la coraza emocional del aficionado. El equipo de los 40 protagonizó la mejor época del campo del Sequiol, el hogar de los albinegros hasta el traslado al Estadio Castalia, que tuvo que esperar hasta 1972 para disfrutar del segundo ascenso a Primera División.
La final de Copa
Lo consiguió, de nuevo, un equipo que mutó en leyenda y que continuó la gesta en Primera. La veteranía de Cela y la irreverente maestría de Planelles cuajó en un conjunto tan bonito como bueno. Ellos y Babiloni, Tonín, Félix, Clares, Ferrer, Del Bosque... auparon al Castellón a la final de Copa de 1973, primera y única para los albinegros. La derrota ante el Athletic en la gran cita no ha borrado un gramo de trascendencia al relato de aquel grupo, entrenado por Lucien Muller y presidido por Emilio Fabregat.

El capitán Luis Cela, en el sorteo de la final de Copa de 1973. / Mediterraneo
El paso por la élite fue breve y el Castellón descendió en la temporada siguiente. Después, la presidencia de Antonio Sales alumbró a principios de los ochenta el tercer ascenso a Primera División. Otra vez con la mezcla de raíz y fichajes puntuales, y otra vez con la batuta del maestro Planelles. En 1981, el Castellón contaba con veteranos como Racic, Ferrer y Planelles y jóvenes del calibre de Robert, Ibeas, Ribes, Viña o Conde. Sin tiempo apenas para celebrar, sin embargo, el proyecto descarriló de vuelta al segundo escalón, el de plata.
El último ascenso a Primera
La década de los ochenta terminó como empezó, con un ascenso del Castellón. Es el cuarto y de momento último salto a la Primera División, con Domingo Tárrega en la presidencia. Lo logró, de nuevo, un equipo que mezclaba cantera provincial con una pizca de calidad foránea. Aquel equipo de Luiche: Emilio, Javi, Alfredo, Manchado, Víctor, Raúl... y Vinyals y Pepe Mel. El ascenso de 1989 tuvo continuidad con el regreso de ídolos como Ibeas y Alcañiz y la permanencia del año siguiente. La posterior, la convulsa y desdichada 1990/91, es aún la última del Castellón en Primera.

La portada del último ascenso del Castellón a Primera División. / Mediterráneo
Durante esa década, el club comenzó uno de sus habituales declives. La transformación española al fútbol contemporáneo le pilló a contrapié, rezagado y fuera de foco. El Castellón, ya convertido en sociedad anónima deportiva, bajó a Segunda B y perdió la hegemonía provincial. En la categoría de bronce coqueteó, como otras veces, con la desaparición, y permaneció durante más de una década, hasta 2005.
Aquel año, el Castellón regresó al fútbol profesional. El ascenso a Segunda cerró el ciclo en la propiedad de Antonio Bonet. La gestión de los siguientes dueños, englobados luego en la sociedad Castellnou, terminó en los juzgados, condenados por ella tras la denuncia de los pequeños accionistas (Sentimiento Albinegro) a raíz del descenso a la cuarta categoría y un amago de refundación. Al borde de la desaparición, otro equipo de la casa (de Marenyà a Cubillas pasando por Dealbert), lideró el rearme deportivo y emocional, con el ascenso de 2018.
La era Voulgaris
En la culminación del Centenario, Vicente Montesinos vendió el club a Haralabos Voulgaris. El inversor de origen greco-canadiense ha elevado el club a una nueva dimensión. Además de los resultados deportivos (el Castellón se ha instalado de nuevo en el fútbol profesional, en los últimos tiempos con el castellonense Pablo Hernández como entrenador), está construyendo un proyecto de bases firmes a largo plazo, donde destaca la construcción en Borriol, ya en marcha, de la anhelada ciudad deportiva.

La plantilla del CD Castellón entrena en la ciudad deportiva Globeenergy, que está construyendo en Borriol. / KMY ROS
En 2025, el Castellón goza de una sólida salud. En lo financiero, ha recibido las millonarias inyecciones de capital necesarias para aparcar la constante preocupación al respecto. En lo social, se ha habituado a agotar los abonos cada temporada (consiguió el récord histórico en el último año en Tercera, en un ejemplo colectivo de fidelidad, y ha prolongado en Segunda el noviazgo con su masa social); y mira el futuro lamiéndose las cicatrices del pasado, consciente de lo vivido e ilusionado con lo que está por llegar.
Símbolo de resistencia, mezcla casi imposible pero real de tradición y modernidad, todo va pasando pero algo permanece en la ciudad, calando de madres a hijas y de abuelos a nietos en la conversación; es el de siempre, en Primera o en Tercera y en el frío o el calor, el Club Deportivo Castellón.
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