Tenía 14 años cuando llegó a la Vall d’Uixó desde Chilluevar (Jaén), allá por el año 1940. Junto a su familia, fue uno de los miles de andaluces que, llamados por la promesa de prosperidad de un pueblo valenciano donde se ubicaba la empresa de calzado más famosa y prestigiosa de España, la Fábrica Segarra, dejaron atrás un capítulo de su vida para escribir una historia distinta. Pero Eleno Pérez Giménez no fue uno más.

Desde el viernes, cualquier persona que se acerque a la plaza de la Iglesia del barrio Toledo se encontrará con un monolito que reza: «Una vida consagrada a la lucha por la mejora y el progreso del barrio», porque así fue la implicación que asumió aquel adolescente con el que iba a ser su pueblo. Un verdadero compromiso personal por hacer de aquella incipiente área obrera, todavía sin asfaltar, un lugar digno en el que vivir.

La perseverancia estaba entre sus virtudes hasta que murió, el año pasado. Siempre mantuvo su compromiso con sus vecinos y sus principios, arraigados en la tolerancia y el diálogo, incansable en la defensa de derechos fundamentales. Y así, y con la convicción de que la unión hace la fuerza, fundó la Asociación de Vecinos del Toledo, de las primeras de la ciudad porque, como recordó una de sus cuatro hijos, María Elena, «creía en el asociacionismo», hasta el punto de que también fue fundador de la Asociación de Padres de Alumnos (APA) del colegio Leonardo Mingarro, cuya construcción está entre sus logros, de lo que se sentía orgulloso.

Los vecinos del Toledo no lo dudan, su barrio es lo que es por Eleno. A su vez, la alcaldesa, Tania Baños, destacó que «fue una persona importante para el desarrollo de esta zona, un ejemplo de la gente que vino de otros lugares, se integró en la Vall y la hizo crecer», a lo que añadió: «Con este homenaje destacamos su trabajo en defensa de los derechos de los trabajadores, pero también lo querido que era en su barrio».