El 3 de noviembre del 2001 abría a las afueras de Cabanes un local que iba a revolucionar el ocio nocturno. Tras años ubicado en el interior del pueblo (primero bajo el nombre de Lassel), empezaba una nueva etapa para un establecimiento que pasaría a ser conocido por toda la provincia, toda la Comunitat, toda España e incluso en Europa. Así nacía la nueva Pirámide, que más que una macrodiscoteca, se convirtió en un fenómeno de masas y un icono de la cultura makinera, en la que sábado tras sábado se congregaban más de 10.000 asistentes procedentes de toda la geografía española.

La inauguración de la nueva discoteca Pirámide fue un hito y su inauguración no pasó desapercibida en las páginas de 'Mediterráneo' a finales del 2001.

Pero tal como explica a Mediterráneo el que fuera su gerente, José Luis Selma, Pirámide no pudo escapar al boom de la recesión económica y las sesiones semanales se acabaron en el verano del 2009. «Aquí pasaron dos cosas muy fáciles de entender. Una fue la dura crisis económica, la cual hizo que en poco tiempo bajara la clientela de una manera muy rápida, desplomándose semana tras semana y viendo que no se podía hacer nada; y la otra fue la ampliación de las instalaciones (en referencia al complejo San Lázaro de Cabanes, que sumaba a la discoteca una zona de restauración con cinco grandes salones para banquetes), que se inauguraron pocos meses antes de empezar la crisis», opina su fundador.

Gamberradas por doquier

A punto de cumplirse dos décadas desde su inauguración por todo lo alto, queda muy poco de la que en su momento promocionaban como la 'discoteca más grande de España'. Basta con acercarse a los exteriores de la parcela para apreciar a simple vista el deterioro espectacular que ha sufrido el complejo con el paso de los años desde que la propiedad pasó a estar en manos del banco, lo que ha propiciado que, en la actualidad, esté abandonado y sea un nido de vandalismo, inundado de grafitis, y en el que se amontonan en su interior kilos y kilos de basura.

Aparcados frente a la entrada del local, la imagen de dos vehículos destrozados y llenos de pintadas son una carta de presentación de lo que uno puede encontrarse.

En la fachada, el arte urbano se entremezcla con ventanas reventadas y puertas abiertas de par en par. En los laterales, vallas rotas y un creciente vertedero son la nota dominante.

Mientras, en el párking, que en los buenos tiempos era un hervidero de coches, ahora lo usan camiones que trabajan en Cabanes como explanada para dejar montones de arena. Solo el paso del tráfico por la carretera rompe el silencio de un edificio que huele a nostalgia.

Por dentro, el panorama es igual o más desolador. A pesar de la reconversión del local en buffet y los numerosos desperfectos y saqueos de mobiliario que ha sufrido el recinto, todavía pueden distinguirse elementos de las cinco grandes salas que tenía Pirámide, cada una con un estilo musical diferente (Imperio, Keops, La Isla, Terraza Luxor y Silver Room).

Puertas rotas, cableado destrozado, placas del techo arrancadas, cristales hechos añicos, baldosas y baños partidos y grafitis en cada rincón de la estancia son solo algunos de los ejemplos del deterioro actual de la vieja discoteca, desvalijada más de una vez a tenor de su estado posapocalíptico y que demuestra que, al menos en este caso, tiempos pasados sí que fueron mejores.

De hecho, la ingente cantidad de pintadas y la presencia de restos recientes en el suelo hacen indicar que el edificio sigue siendo una zona de ocio.