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VUELVE A CASA TRAS PASAR CINCO DÍAS A LOS PIES DEL CUMBRE VIEJA

Un bombero de Castellón lucha en la Palma contra el volcán

Al frente de una dotación de bomberos de Gran Canaria de refuerzo en la isla, el cabo Joan Navarro reconoce haber vivido esta semana una experiencia muy intensa desde el punto de vista profesional y personal

Joan Navarro, vallero y bombero profesional en Gran Canaria, frente al volcán.

Cuando uno está acostumbrado a aportar soluciones a situaciones de emergencia para garantizar la vuelta a la normalidad con el menor impacto posible, enfrentarse a las fuerzas desatadas de la naturaleza, como la de un volcán en erupción, remueve todos los esquemas y empequeñece. Así se siente al menos Joan Navarro, cabo del Consorcio de Bomberos de Gran Canaria y natural de la Vall d’Uixó, tras haber estado esta semana prestando servicio en la isla de la Palma, a los pies del Cumbre Vieja.

Los últimos cinco días han supuesto un valioso aprendizaje, el que les ha reportado a él y a todos sus compañeros la necesidad de enfrentarse a una emergencia inédita que requiere de una respuesta profesional a la altura de la envergadura del problema. Pero además, este viernes, de vuelta a casa, confesaba a Mediterráneo que también se lleva un bagaje emocional del que será muy complicado desprenderse.

El vallero Joan Navarro, el primero por la derecha en el puesto de mando avanzado. Mediterráneo

Al frente de la dotación movilizada de su consorcio como apoyo a los bomberos de la Palma, reconoce el reto que está suponiendo hacer frente a esta inevitable catástrofe. «Estamos acostumbrados a la incertidumbre de las emergencias, aunque siempre con la seguridad de que podemos solucionarlo. Si hay un escape de gas, un accidente, sé que voy a ser capaz de controlar el origen y poner fin al problema. Pero en este caso no hay solución posible, solo puedes minimizar los daños. Es una sensación muy extraña», afirma.

"En este caso del volcán no hay solución posible, solo puedes minimizar los daños. Es una sensación muy extraña"

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Este vallero y sus compañeros se han dedicado a retirar kilos y kilos de cenizas volcánicas de las cubiertas de viviendas para evitar que colapsen; a buscar animales que se quedaron atrás por la urgencia de las evacuaciones y a ayudar a vecinos a recuperar enseres de sus casas, la más intensa de sus labores desde un punto de vista anímico: «Esa gratitud que me ha trasladado la gente cuando les hemos echado una mano para llevarse sus cosas, es muy intensa. Es un sentimiento que me parte por la mitad, es algo muy fuerte».

Mejora de protocolos

Desde un punto objetivo, se siente satisfecho por su contribución en la mejora de los protocolos teóricos con los que se habían encontrado y que van adaptándose a la realidad al ritmo que marca el propio volcán y el análisis profesional de las distintas situaciones.

Entre sus aportaciones, facilitar información, como la que supone localizar e identificar viviendas, para que los vecinos afectados puedan saber si sigue en pie o no, «algo que les da un poco de tranquilidad» dentro de la tragedia que les ha tocado vivir. Eso les queda, al menos saber, para bien o para mal.

Con él se lleva olores y sonidos, como el de la ceniza volcánica golpeando sobre su casco, los temblores o el rugido permanente de la montaña partida en dos. Sin olvidar el drama, «es un espectáculo brutal», concluye. 

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