Un siglo de amor en la playa Casablanca de Almenara
A sus más de 90 años, Ramón Rebollar y Carmen Navalón guardan la memoria de los inicios y desarrollo de la costa de esta población, escenario de su historia de amor, que pervive tan hermosa como en su juventud

Carmen Navalón y Ramón Rebollar, en su domicilio. / Miguel Ángel Sánchez
Difícilmente hoy se encuentra uno con dos personas que superen los noventa años, que sigan viviendo juntos por amor y que tengan una presencia tan confortable como Ramón Rebollar de 95 años y Carmen Navalón de 94 años. Esta pareja de edad avanzada, pero de espíritu jovial y porte sereno, reside en la playa Casablanca de Almenara, como referente del pasado. Su testimonio es auténtico y verdadero y cualquier afirmación de ellos es un tesoro. Ambos han visto nacer y crecer el desarrollo económico y turístico de este bello paisaje marino. Su palabra es oro de ley.
En el pretil de su vivienda están Ramón y Carmen esperando mi visita. Me sorprende, a primera vista, su estado físico. Ramón se apoya en un bastón y Carmen camina erguida con paso firme y decidido por el pasillo de su casa. Sorprendente.
Orígenes
Ramón es vallero y nació en 1930 y Carmen nació, circunstancialmente, en Moixent en 1931. Carmen, a los pocos días de nacer, volvería a la playa de Almenara de donde no marcharía nunca. Ramón abandonó la Vall d’Uixó a los tres años con su familia para quedarse definitivamente en esta playa.

La pareja mantiene los mismos sentimientos que en su juventud. / Miguel Ángel Sánchez
De dos cosas se enamoró Ramón a su llegada a la playa de Almenara: del mar y de Carmen, una chica muy guapa que prendaron sus ojos nada más verla (vivían a escasos 40 metros uno de otro). Carmen añade que «era un buen partido, mis padres tenían una tienda y yo fui la tendera». Esta situación y la proximidad hizo revivir los sentimientos de afecto y cariño, que luego se convertiría en amor duradero. Fueron a la escuela juntos y jugaban en la calle.
El cultivo del arroz
Los padres de Ramón se dedicaban al trabajo agrícola, especialmente al cultivo del arroz. Ramón seguiría luego los pasos de su padre. El arroz daba muchos jornales, nos señala que no era muy pesado, pero creaba problemas de salud como la malaria o el paludismo. Esta enfermedad trasmitida por mosquitos causaba fiebre y escalofríos y había que acudir al médico, don Salvador, que venía de Almenara, al principio andando y luego en bicicleta. Al hilo de esto, Ramón nos apunta que para ir de la playa a Almenara iban descalzos y cuando llegaban al pueblo se ponían las alpargatas y así no se gastaban.
En la playa tenían todos los servicios de entonces: iglesia, consulta médica, tienda, escuela y hasta Guardia Civil. Se acuerda del maestro que había antes de la guerra, don Antonio, al que iban los chicos y las chicas. Ramón, además de la faena de preparar las plantas de arroz, iba a coger garrofes con una caña larga para abatirlas y luego venderlas.
La visita del zepelín
Nos sorprende Ramón con sus habilidades de pintura y sus historietas de escenas de dibujos que conserva en unas carpetas que nunca las ha dado a conocer, pero son una auténtica belleza. Ha sido una persona muy inquieta con ganas de experimentar todo aquello que le era novedoso. Nos relata un hecho sorprendente: la llegada de un zepelín a la costa de la playa, un espectáculo que atrajo la atención de todos. Se supone que este dirigible tenía como misión cartografiar la costa mediterránea.
En un momento de la entrevista se indica que quedan pocos vecinos de su edad y con esa perseverancia. Ellos son los ojos que todavía perduran desde hace 95 años y son el testimonio vivo de la realidad, presente y pasado de este espacio real. Carmen afirma que cuando lo conoció apenas había treinta o cuarenta casas y ninguna prevalece en su origen. Si hay que preguntar algo de historia de la playa de Almenara, hay que acudir a Ramón y a Carmen, que juntos suman 190 años y son los fieles testigos de este espacio costero.
La época del racionamiento
Carmen nos hace un pequeño reflejo de la playa. Sus padres tenían una cabra y animales domésticos para subsistir. Vivían de lo que tenían. Su madre montó la primera tienda en el poblado marítimo. Tiene presente el puchero que hacía su madre con las cosas de casa, de las migas y, sobre todo, de los boniatos que, cocidos o asados, eran la fuente de nutrición. Llegó a aborrecer los boniatos de tantos que comió, lo mismo que el color negro, porque vio a su madre siempre vestida de riguroso luto por la muerte de sus padres y hermanos (tenía catorce). Carmen cuenta que en su casa no pasaron hambre, sin embargo, en casa de Ramón sí. Vivió la época del racionamiento y de los cupones que daban para retirar los alimentos.
Durante la entrevista han quedado plasmados aspectos de este noviazgo eterno, más de 60 años juntos, vividos con alegría y con cariño ante todos, en especial, de sus tres hijos, Margarita, José Vicente y Ramón, y sus nietos, el aval más valeroso del respeto y sinceridad que se han manifestado. La vida de novios la vivieron siempre en la playa. Había pocos sitios donde ir. Sus paseos eran alrededor de la playa y la Gola, pero, sobre todo, esperaban que llegara el domingo para ir al baile en Casablanca.
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