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La historia del pueblo de Castellón que plantó falla en 1944, 1955 y 1995, pero nunca más

El primer monumento llevaba el lema 'Mare meua, la pastera' y fue obra de varios vecinos, como Rafael Carratalá, el pintor, y Enrique Escrig, el fotógrafo

La falla que se plantó en este pueblo de Castellón en el año 1944, con el lema 'Mare meua, la pastera'.

La falla que se plantó en este pueblo de Castellón en el año 1944, con el lema 'Mare meua, la pastera'. / ENRIQUE ESCRIG

La Vilavella

Las ganas de fiesta son contagiosas, bien se sabe y es fácil de comprobar en cualquier pueblo de Castellón, una provincia que se caracteriza por la predisposición natural a celebrar y compartir en las calles como forma de ser. Eso no solo garantiza el mantenimiento de sus tradiciones, también la importación de otras. Y entre las más valencianas, las Fallas, han sido varias las localidades castellonenses que las han hecho propias o quienes a lo largo de su historia han flirteado de un modo u otro con el rito josefino de la sátira y el fuego.

Hace unos días, Mediterráneo se hacía eco del recuerdo de aquel año en el que Moncofa fue municipio fallero como un hecho puntual y aislado. A través de ese relato, se ha recuperado la memoria de que no fue el único pueblo de la comarca que hizo algo parecido, ni tampoco el que lo hizo antes. Si los moncofins copiaron a sus vecinos valencianos en 1951, en la Vilavella ya hubo quienes los emularon en 1944 y no solo una vez.

Lo que se cuenta de aquella época, como suele suceder, forma parte de esa memoria oral que más valdría que no se dejara perder, porque describe la identidad de un pueblo. Cuentan las hijos y los hijas de quienes protagonizaron aquel episodio, que todo surgió de las ganas de hacer fiesta, sin más.

Entre unos y otros se animaron, y echaron mano de quienes «tenían más maña para hacer cosas manuales que los agricultores», explica Lluïseta La Coloma, como la conocen en la Vilavella, una de las actuales vecinas de la calle Sant Josep, que fue donde se plantó y se quemó el monumento. Entre los encargados de ejecutar la falla, estuvieron Rafael Carratalá, el pintor, y Enrique Escrig, el fotógrafo.

El lema de la falla fue Mare meua, la pastera y todavía hay quien repite la crítica principal, que tenía mucho que ver con un singular incidente acontecido en el pueblo, según se comentaba, que recitaba: «Mare meua la pastera, estic tota sofocà. Si este tio me ataulla, me paga una navallà».

Relata Lluïsa que, según le contaba su madre, semejante afirmación tenía que ver con un hombre que todas las semanas acudía al pueblo para vender instrumentos para el trabajo en casa, entre ellos, pasteras de madera para amasar el pan. Dicen que unas chicas jóvenes le encargaron una semana una de esas pasteras, porque querían regalársela a una amiga, pero nunca fueron a recogerla, «y todos los lunes le huían porque al final no se la compraron». Y así se convirtieron ellas y lo convirtieron a él en los protagonistas del monumento que ardió una noche de San José del año 1944.

Lluïsa todavía recuerda otra anécdota relacionada con aquella jornada festiva. El mismo día de la plantá murió un vecino de la calle, por lo que se trasladó el monumento varios metros para poder quemarlo y respetar el luto de su familia.

Aunque no tanto como para consolidarla, la experiencia caló y en 1955 se plantó otra falla, no en la calle Sant Josep, sino cerca del pozo de la calle Santa Bárbara, como documentó gráficamente el fotógrafo Enrique Escrig, que en buena medida preservó la memoria de su pueblo con su trabajo.

Falla montada cerca del pozo de la calle Santa Bárbara de la Vilavella en el año 1955.

Falla montada cerca del pozo de la calle Santa Bárbara de la Vilavella en el año 1955. / ENRIQUE ESCRIG

Lluïsa recuerda con más nitidez lo que sucedió en 1995, cincuenta y un años después de aquella primera experiencia fallera vilavellera, porque lo vivió como una de los protagonistas.

«Fue una humorà» de los vecinos de la calle Sant Josep, explica. La idea fue celebrar el cincuenta aniversario de aquel evento tan renombrado en el municipio, pero cuentan que en 1994 no pudo ser.

Foto de la falla que se montó en la Vilavella en 1995 para conmemorar el 50 aniversario de su primera 'plantà'.

Foto de la falla que se montó en la Vilavella en 1995 para conmemorar el 50 aniversario de su primera 'plantà'. / ESCRIG

La idea fraguó y se materializó al año siguiente. Entonces, hace ya treinta y un años, decidieron dedicar la falla a «la reina de la economía local», como se relató en una revista de publicación local, la naranja. El diseño tenía como eje central un naranjo cargado de fruta y a un collidor con alicates en mano, además de mujeres del almacén, una imagen muy reconocible para cualquiera de la zona.

La crítica hacía referencia a lo intensas que eran las jornadas en plena campaña de recolección, con turnos de día y noche y como recogía la misma publicación mencionada, se reproducía una canción que conocían muy bien en el sector citrícola en referencia al trabajo en los almacenes: «Per amunt i per avall, sempre les voràs corrent, com si ferent tard al ball, mira si tenen treball, les dones del magatzem».

Asegura Lluïsa, que aquellos días la calle Sant Josep fue el centro de atracción de la Vilavella, todos querían no solo ver la falla, sino también disfrutar de la fiesta. Una vez más, la esencia de cualquier pueblo: hacer lo posible para vivir con alegría y compartirlo.

Se da el caso de que este año, según confirma la hija de Rafael Carratalá, en el colegio e instituto de secundaria José Alba de la localidad han plantado una falla para la que ella ha aportado fotografías históricas de aquellos días, en la que se recordará el día en que los vecinos de la calle Sant Josep decidieron celebrar fallas. La mejor manera, sin duda, de preservar los recuerdos que son patrimonio que todos.

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