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Reportaje

Dolores Burguillo, una andaluza viviendo en Castellón: "Mis padres me trajeron a la mejor tierra del mundo"

La sevillana, afincada en Benicarló desde su infancia, mantiene vivas sus raíces a través de la Casa de Andalucía y diversas celebraciones culturales

La andaluza Dolores Burguillo.

La andaluza Dolores Burguillo. / Mediterráneo

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Belén Nebot

Belén Nebot

Castellón

Hay personas que viven entre dos tierras sin dejar de pertenecer del todo a ninguna. Dolores Burguillo nació en Sevilla en 1955 y lleva alrededor de seis décadas viviendo en Benicarló. Llegó siendo apenas una niña y, aunque ha construido toda una vida en Castellón —se casó, tuvo hijos y ahora cuida de sus nietos—, sigue sintiendo Andalucía como una parte inseparable de sí misma. «Cada vez me siento más andaluza», afirma con contundencia.

Cuando recuerda su llegada a la provincia, habla con cariño de la decisión de sus padres. «Siempre digo que me trajeron a la mejor tierra del mundo», cuenta agradecida. Asegura que siempre se ha sentido bien acogida y que está feliz en Benicarló, un pueblo que define como «muy bonito” y tranquilo para vivir. Sin embargo, la adaptación no fue sencilla. Lo más difícil, recuerda, fue entender y hablar el valenciano.

«Mi padre me trajo al extranjero», bromea. En la escuela las clases eran en castellano, pero en el patio las niñas hablaban valenciano y ella no entendía nada. Aquella barrera lingüística le hizo sentirse aislada durante un tiempo. «Al principio, cuando iba a comprar, solo decía lo que quería y preguntaba cuánto costaba. No hablaba nada más», rememora. Nunca antes había escuchado valenciano ni otras lenguas autonómicas. Por eso decidió aprenderlo, casi por necesidad, para poder integrarse.

La vuelta a su ciudad natal

A pesar de los años, su acento andaluz sigue asomando en algunas palabras. Ella misma reconoce que vive en una especie de equilibrio identitario. «Si voy allí, soy de aquí. Y si estoy aquí, soy de allí», resume entre risas. Sevilla sigue siendo el lugar de sus raíces y vuelve siempre que puede, normalmente cada dos o tres años. Hace poco regresó con sus hijos y nietos a Puebla de los Infantes, su pueblo natal, para enseñarles dónde jugaba de pequeña y los rincones que marcaron su infancia.

La nostalgia aparece especialmente al hablar de la gente. Dolores echa de menos la cercanía y la hospitalidad andaluza. «Allí te abre las puertas cualquier persona», asegura. Cree que en Castellón la gente puede ser «más cerrada al principio», aunque reconoce que después las relaciones se vuelven muy cercanas. Aun así, nunca ha dejado de mantener vivas sus costumbres andaluzas.

Su vínculo con Andalucía sigue presente en su día a día gracias a la Casa de Andalucía de Benicarló, una entidad con un significado especial para ella porque su padre fue uno de sus fundadores. Allí participa activamente en el coro rociero, canta a la Virgen y forma parte de las celebraciones y romerías que organizan durante el año. Habla con orgullo de la ermita del Rocío que tienen en el municipio, «la segunda de España», destaca.

Sus festividades

También conserva intacta su pasión por la cultura andaluza más popular. En su armario guarda cuatro o cinco trajes de flamenca porque, dice entre risas, «no me puede faltar». Explica incluso las diferencias entre el traje de flamenca y la bata rociera, una más vistosa y otra más cómoda para los caminos y romerías.

La Semana Santa y las ferias siguen siendo otra conexión emocional con su tierra. Considera que la Semana Santa sevillana «es totalmente diferente», algo que define «como del agua al vino». Además, participa en celebraciones andaluzas en localidades cercanas como Onda, donde asegura que hay una gran comunidad andaluza ligada históricamente al trabajo en las fábricas cerámicas.

Dolores sigue también muy pendiente de la actualidad política andaluza. Vota por correo desde Benicarló y reconoce que sigue las elecciones «al loro». Habla con naturalidad sobre líderes políticos y admite que no le gusta el clima de enfrentamiento. «No me gusta nada que se insulten para defender sus cosas», lamenta.

Su vida está en Castellón

Cuando vuelve a Andalucía, asegura que la encuentra cada vez mejor. Observa cambios, pueblos más cuidados y una calidad de vida que le provoca «envidia sana». Sin embargo, regresar definitivamente ya no entra en sus planes. Sus hijos y nietos están en Castellón y su vida se ha construido aquí. Sus padres sí hicieron durante años ese viaje constante entre las dos tierras, pasando temporadas largas en Sevilla tras jubilarse, pero la venta de la casa familiar terminó cerrando aquella etapa.

A quien esté pensando en emigrar desde Andalucía hacia Castellón le lanza un mensaje claro: aquí hay oportunidades laborales durante todo el año, algo que antes no ocurría en muchos pueblos andaluces dependientes de campañas agrícolas como la aceituna o la remolacha.

Aunque entiende que no todo el mundo quiera dejar su tierra, ella cree que es el ejemplo de que es posible construir un hogar lejos del lugar donde uno nació sin perder nunca las raíces.

Después de toda una vida entre Andalucía y Castellón, Dolores representa a una generación de familias que dejaron su tierra buscando oportunidades y acabaron construyendo una nueva vida sin renunciar nunca a sus orígenes. Entre el valenciano aprendido a la fuerza, las romerías en Benicarló y los viajes de vuelta a Sevilla, su historia refleja cómo la identidad puede dividirse entre dos lugares y, al mismo tiempo, sentirse completa en ambos.

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