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Historia de supervivencia

Seis horas en el infierno: El ganadero de la Vall d'Uixó que no huyó del incendio para «salvar a los animales» y casi pierde la vida

El día 25 de julio, en la ganadería del Solivo había 120 reses entre vacas y toros bravos, que quedaron atrapados por las llamas con su propietario, que entre huir o intentar salvarlos, escogió lo segundo

La destrucción que el incendio del 25 de julio dejó en la ganadería de reses bravas más antigua de la Vall d'Uixó

Mònica Mira

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Mònica Mira

Mònica Mira

La Vall d'Uixó

Llegar hasta la partida del Castell de la Vall d'Uixó supone recorrer el escenario de la devastación que dejó tras de sí el incendio forestal que se inició en el municipio el pasado 25 de julio. Allí se encuentra desde el año 1982 la ganadería El Solivo, fundada en 1972 para la cría de reses bravas. Esta es la historia de las seis horas de infierno que vivió su propietario, al decidir que entre huir de una amenaza inminente o quedarse para tratar de salvar a sus animales, decidió lo segundo.

La más antigua de las ganaderías del municipio se enfrentó ese sábado por la mañana a lo que se quedó muy cerca de suponer su destrucción total, y solo hace falta visitarla para comprobarlo. Distribuida a lo largo de un tramo del barranco, salvo una vivienda y la estructura de un par de naves, poco más parece haber quedado en pie.

Desde la entrada, en una panorámica de la montaña que forma parte de la ganadería, llama la atención el verde de una pequeña franja de árboles, rodeados de otros cientos calcinados. Explica Juan Bautista Jiménez, el ganadero, que «ahí es donde pastan las vacas», ese trabajo de desbroce natural y diario los protegió, asegura.

La primera vez en la que este periódico se puso en contacto con El Solivo, como se le conoce en la Vall, declinó la invitación a contar cómo vivió aquel 25 de julio. La situación por la que atravesó fue muy crítica, veía pocas salidas y tenía menos palabras para describirla. Varias semanas después, ha aceptado recibir a Mediterráneo, «no porque quiera reconocimiento ni nada parecido, solo creo que lo que pasó debe saberse».

El relato de aquel día

En el interior de una nave de la que solo queda la estructura, porque las llamas consumieron todo lo que había en su interior, entre vallado metálico fundido y el de madera calcinado, restos de algarrobos quemados por completo, balsas secas y remendadas, gomas de distribución del agua consumidas y mucha ceniza, cuenta que esa mañana, como tantas otras, estaba en la finca con un compañero que le ayuda en las tareas de mantenimiento de la ganadería y vieron la primera columna de humo.

Siguieron con su rutina hasta que el humo volvió a divisarse desde la parcela, pero esa segunda vez era diferente. Avanzaba rápido en su dirección, por lo que, de manera preventiva, sacaron el camión de carga de los animales y Juan indicó a su compañero que se marchara. «Me dijo que me fuera que él venía detrás, pero no vino», asegura. El Solivo se quedó sin teléfono móvil, estaba en el coche en el que evacuó su ayudante.

Antes de que pudiera darse cuenta, ya tenía el fuego encima. Afirma que muy al principio, «pasó un helicóptero que estaba sobrevolando la zona y desde tierra braceé para que supieran que estaba allí». Aquel momento le dio una falsa sensación de confianza, estaba convencido de que «en algún momento, vendrían y harían un par de descargas de agua al saber que los animales y yo estábamos allí», algo que no sucedió, relata.

«No cuento lo que pasó porque quiera ponerme una medalla. Hice lo que pude. Lo primero eran los animales, me quedé para luchar por ellos y por lo que ha sido mi vida, siendo consciente del peligro»

Juan Bautista Jiménez 'El Solivo'

— Ganadero

Su única preocupación era que en la montaña que forma parte de su parcela pastaban 120 reses entre vacas y toros bravos, a los que quería poner a salvo a toda costa. Asegura que era consciente del riesgo que asumía, pero insiste en que estaba seguro de que alguien acudiría en su ayuda. En cualquier caso, cuando quiso darse cuenta «ya no podía salir, era imposible».

Su compañero afirma que en el Puesto de Mando Avanzado «avisé a todos de que Juan estaba allí, alguien llegó a decirme que no estaban para tonterías».

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Mientras, en la ganadería, Juan tenía claro que le iba a costar agrupar a las vacas y llevarlas hasta un cercado que creía más seguro, «me dan trabajo para bajarlas, pero ese día acudieron a la primera que las llamé, iban hechas una pelota».

Con los toros, una veintena, era distinto, «estaban más arriba y no podía llegar hasta allí». Explica que rodeado de humo, «no veía a más de dos metros». Consciente de lo que eso podía suponer, se dedicaba a reforzar vallados para que ninguno de los astados pudiera escaparse y de repente, «me giré y vi a todos los toros detrás de mí, los tenía encima». Su instinto de supervivencia los hizo bajar por el camino de descarga, lo que permitió que Juan también los cercara. Alguno presentaba quemaduras, pero no ha muerto ninguno, ni toros ni vacas.

«Había mucho humo, apenas podía respirar ya, el fuego lo tenía encima y me di cuenta de que había llegado el final, que iba a morir. Solo pensé en cómo sería, en que no quería sufrir»

Juan Bautista Jiménez 'El Solivo'

— Ganadero

Recuerda que «fueron seis horas luchando, estaba exhausto», acometía tareas conforme podía, porque los frentes eran muchos y la posibilidades escasas. Tanto es así que confiesa que hubo un momento en el que «había mucho humo, apenas podía respirar y me di cuenta de que había llegado el final. Solo pensé en cómo sería, en que no quería sufrir», hasta ese punto llegó a ser desesperada su situación.

El Solivo dice que en la vida «he tenido más de un episodio», en relación a las vicisitudes que a veces se tienen que afrontar, y cree que tiene un angel de la guarda que volvió a actuar el día del incendio. Cuando se vio al límite, «no sé de dónde, una brisa de aire dispersó el humo y pude pegar una bocanada y volver a respirar».

Los primeros bomberos

Cuando lo peor había pasado, vio a los dos primeros bomberos en un vehículo, «yo no podía ni hablar». Tras ellos, un camión, «me dijeron que solo llevaban 1.000 litros de agua y que lo diera todo por perdido».

Cuenta que «me engañaron» cuando le contaron que su familia estaba muy preocupada por él, que fuera al PMA para que lo vieran y lo atendieran. Aceptó «con la condición de que tenía que volver, pero ya no me dejaron». Lo trasladaron al hospital, donde tuvo que ser tratado por inhalación de humo y la afección en la piel por el intenso calor y la cercanía con el fuego.

Regresó al día siguiente con la terrible sensación de que aquel desastre no habría manera de remontarlo. Una desolación agravada, según describe, por la soledad. No la de amigos y familiares, que le echaron una mano en situaciones tan al límite como llevar agua a los animales pasado el incendio. «No quedaba infraestructura, estuve llevándola con garrafas», expone.

Lamenta que en los momentos más críticos, en los que más necesidad tenía «me abandonaron». Se refiere a que durante todo ese sábado y el domingo siguiente el ganado «estuvo sin beber», hasta que tras mucho insistir, «me trajeron una cuba», señala.

«Dijeron que se había escapado el ganado, el Ayuntamiento llegó a decir que había una vaca por la Vall, fue un bulo, todo mentira, no se escapó ni un solo animal, para eso me quedé»

Juan Bautista Jiménez 'El Solivo'

— Ganadero

El primer y único apoyo de alimentación le llegó quince días después del incendio. «En este mundo nos conocemos todos y yo sabía que otros ganaderos habían recibido comida antes y varias veces», asegura. Cuando se interesó en la Oficina Comarcal de Agricultura, «me dijeron que no sabían que había pasado, que debió de ser un error».

Está dolido, pero asegura que «no quiero iniciar ninguna batalla, pero lo que está a la vista, no se puede esconder, y a mí me han dejado de lado de todo, y eso me ha hecho pensar mucho». En esas circunstancias, está muy agradecido con quienes sí que han mostrado sensibilidad, como la Comunidad de Regantes de la Vall, que le facilitó acceso a su pozo más próximo.

El bulo de la vaca

Otra de las cosas que más le han dolido han sido los bulos. El mismo sábado se corrió la voz de que su ganado se había escapado, llegó a decirse que había abierto las puertas para dejar salir a toros y vacas, recuerda. Incluso el Ayuntamiento hizo un aviso oficial de que había una vaca suelta por el casco urbano, «todo mentira, no se escapó ni un solo animal, para eso me quedé».

Juan lleva semanas trabajando para reflotar su ganadería. Ha tenido que renunciar a una quincena de festejos que ya tenía contratados por la imposibilidad de acudir. El cajón de transporte está quemado, también la infraestructura para gestionar la carga y la descarga, las instalaciones para vacunar a los animales, todo pasto de las llamas. Dice que sí que tiene previsto acudir a los de Onda y Caudiel, en septiembre y octubre.

Al tiempo que repone vallados, abrevaderos y demás servicios básicos en una ganadería de animales bravos, no puede abstraerse de la otra pérdida, la colectiva. «Esto va más allá de mi explotación, lo que se ha quemado es el patrimonio de nuestro pueblo», lamenta. E insiste en que si varias semanas después cuenta su historia «no es porque quiera ponerme una medalla. He hecho lo que he podido. Lo primero eran los animales, me quedé para luchar por ellos y por lo que ha sido mi vida, siendo consciente del peligro».

Lo que pasará a partir de ahora, está por ver. Admite que está muy cansado y el escenario es el peor posible, lo que se suma a que «este sector es muy complicado, cada vez lo ponen más difícil». En cuanto a su situación anímica, admite que «es como si todavía estuviera en shock» por lo vivido, pero no ha dejado de acudir a la ganadería ni un solo día desde ese 25 de julio.

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