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Memoria histórica

El “me too” de las supervivientes del Patronato: “Creía que iba a morir allí, que no iba a salir”

Paca Blanco y Paquita Beltrán son dos de los centenares de mujeres encerradas en varios reformatorios durante años

El “me too” de las supervivientes del Patronato: “Creía que iba a morir allí, que no iba a salir”

Francisco Calabuig

Marta Rojo

València

Dice Paca que sí, que era probable que hubiera acabado presa, como su padre. Que era “bailona”, revolucionaria, leía libros prohibidos. Por eso, cuando con 16 años se quedó sin su padre -amigo, maestro- , y se escapó de casa para ir a las fiestas de su barrio, las mujeres de su familia decidieron que el Patronato de Protección a la Mujer haría de ella una buena chica. “Para mi madre, la gran ilusión era que yo saliera de allí con Secretariado”. Salió convertida en peligrosa social. “Creía que iba a morir allí, que no iba a salir”, recuerda.

Reconoce Paquita que es, o ha sido, muy malhablada. Que los insultos y los juramentos los aprendió vendiendo cupones con su padre por las calles de su Castellón natal. Palabrotas “de pescaderas, de bares y de tabernas”. A sus 16 años, estaba emancipada legalmente. “Pero no me valió coplas: como les venía mal cómo era, me encerraron en el reformatorio”, rememora. Tiene 92 años pero no ha olvidado los encierros en el chiscón, el maltrato de las monjas ni la promesa que hizo, amenazante, cuando no podía más: "Por la madre que me parió que, si no me sacan, prendo fuego al convento y a la iglesia”. Y al final, después de mucho tragar, la sacaron.

Paca Blanco y Paquita Beltrán se acaban de conocer en persona. Habían hablado antes por teléfono y por WhatsApp y, sobre todo, por el grupo de supervivientes del Patronato que comparten con otras 50 mujeres. La mayor parte de ellas han vivido años de silencio, a veces de culpa o de vergüenza. Ahora, han encontrado decenas de compañeras de encierro. Entre ellas, se llaman “hermanas”. 

Paca y Paquita, dos mujeres que sufrieron abusos y violencia en los reformatorios del Patronato de Protección a la Mujer durante la dictadura franquista

Paca y Paquita, dos mujeres que sufrieron abusos y violencia en los reformatorios del Patronato de Protección a la Mujer durante la dictadura franquista / Francisco Calabuig / Francisco Calabuig

El “me too” del Patronato

Muchas de estas mujeres que vivieron años tras el cerrojazo del Patronato se encontraron a raíz de la publicación del libro ‘Indignas hijas de su patria’ (Institució Alfons El Magnànim, 2023). Sus autoras son las periodistas María Palau y Marta García, que publicaron esta investigación ganadora de la beca Josep Torrent de Periodisme d’Investigació 2021 otorgada por la Unió de Periodistes Valencians pensando en que fuera “un nexo para que estas mujeres se fueran encontrando”. Cree Palau que el libro era una forma de que supieran “que su historia no es única, que son muchas, son miles, las mujeres que pasaron por allí y que no están solas”. 

Y esas historias, a lo largo de los meses primero y de los años después, fueron apareciendo. Ya hay cincuenta mujeres en el grupo de WhatsApp de supervivientes. Supervivientes, que no víctimas, dice Marta García. “Las supervivientes del patronato son mujeres como Paca, como Paquita, como Pilar, como Consuelo, que con la represión que sufrieron, con todo lo que pasaron por estos centros, han podido hacer algo, han podido contar su historia y seguir adelante”. Por contra, otras muchas mujeres, víctimas, “nunca han contado en su casa que han estado allí encerradas”. A las que sienten todavía culpa o vergüenza se suman las que no pudieron aguantar el sufrimiento y se quitaron la vida.

Podía pasarle a cualquiera. Hay una imagen estereotipada de la mujer que solía acabar en esta institución, que en teoría había nacido para acabar con la prostitución de menores pero que acabó actuando como mecanismo de control social y coerción. “Hablamos de niñas que llevaban la falda muy corta, que iban con un chico, que se daban un beso en un cine, que eran violadas, muchas veces incluso por un familiar, pero que se entendía que el delito lo habían cometido ellas, de mujeres no heterosexuales”, resume Marta García. Pero la represión podía llegar a cualquiera. “La parte común es, efectivamente, que son mujeres”, indica María Palau. Y a todas ellas, tan diferentes entre sí como Paca y Paquita, encontrarse les ha llevado a protagonizar un “me too” décadas después. “No es lo mismo decir ‘a mí me ha pasado esto’ que decir ‘a mí también me ha pasado esto’”, resume la periodista. 

Paca y Paquita, dos mujeres que sufrieron abusos y violencia en los reformatorios del Patronato de Protección a la Mujer durante la dictadura franquista

Paca y Paquita, dos mujeres que sufrieron abusos y violencia en los reformatorios del Patronato de Protección a la Mujer durante la dictadura franquista / Francisco Calabuig

“Antes de que me muera se tiene que saber”

Cuando Paquita Beltrán entró en la adolescencia, en su familia cundió el pánico. Cuando empezó a salir con un chico de València, empezó a escuchar que el chaval le haría “el paquete” y luego la dejaría. “Yo no sabía lo que era hacer el paquete, dejarme sí, quería decir que se iría, pero ‘hacer el paquete’ yo no sabía lo que era”, asegura Paquita. El miedo a su sexualidad adolescente acabó con ella encerrada en el convento de Adoratrices Madre Sacramento, en pleno centro de la capital. Todavía no ha olvidado la dirección, décadas después.

De ahí, pasó a las Oblatas de Alaquàs. “Allí las monjas tenían mucha costumbre de maltratar a las niñas, y a mí eso me sentaba muy mal”, relata Beltrán. Cuando vio un episodio de violencia contra una niña de 14 años, decidió plantar cara. Su rebeldía le valió uno de los castigos que más recuerda: el chiscón. “Era un armario ropero empotrado de solo dos metros de ancho; allí teníamos paja porque si queríamos mear y estábamos encerradas hasta que a la monja se le pasaba”, describe. No sabe cuánto tiempo estuvo recluida. “Sé que primero me dio por cantar, pero después me dio por llorar, de rabia o de lo que fuera”, dice.

La tercera estación de su particular calvario fue el reformatorio del Buen Pastor, en Teruel. Allí, el ambiente era un poco menos severo. Pero un día escuchó que una monja amenazaba con mantenerla encerrada hasta los 25 años, la mayoría de edad del Patronato. “Entré en la iglesia, dentro de la capilla de allí, de las monjas y dije: ‘por la madre que me parió que, si no me sacan, prendo fuego al convento y a la iglesia’”, rememora. La llevaron a hablar con el rector y consiguió salir. Encontró trabajo, pareja, tuvo hijos e intentó olvidar el horror durante años. “Antes de que me muera se tiene que saber”, se repetía. Y se ha sabido.

Paquita Beltrán, superviviente del Patronato de Protección a la Mujer

Paquita Beltrán, superviviente del Patronato de Protección a la Mujer / Francisco Calabuig / Francisco Calabuig

“Fuga y sacrilegio, colega”

A Paca Blanco la llaman “la Brava”. De hecho, ese es el título de su autobiografía, que ha presentado esta semana en Ca Revolta, en València. No es para menos. Ahora tiene 77 años, pero ya apuntaba maneras cuando su padre, preso rojo a quien acabaron conmutando la pena de muerte, le daba una lista de libros prohibidos para leer. “Marx, Engels, toda la panda”, resume. En la convulsa transición, que recuerda llena de violencia política, Paca iba a manifestaciones y huelgas por las mañanas y, por las noches, a bailar. Escaparse de casa para ir a las fiestas del barrio le valió el encierro. Desde entonces, no dejó de fugarse.

“Siempre que entraba en un reformatorio pensaba en cómo fugarme”, reconoce. Recuerda especialmente una huída que “parece muy sencilla” y otra que “fue muy sonada”. La primera la cuenta así: “Me dicen que, como soy muy mala, muy rebelde, muy contestona, me van a traer a la fundadora del convento, que va a obrar el milagro, me va a poner la mano encima y voy a cambiar y a ser buena”. La fundadora era “una momia”, que se puso frente a ella, delante de una ventana. “Y yo estaba viendo la momia y la cristalera. Era lo que me separaba de la libertad, esa señora. Entonces a esa señora le di un empujón, la tiré patas arriba y me escapé”, rememora Paca, a quien la anécdota todavía le hace gracia. “Fuga y sacrilegio, colega”, resume.

Paca Blanco, a la que apodan La Brava, superviviente del Patronato de Protección a la Mujer

Paca Blanco, a la que apodan La Brava, superviviente del Patronato de Protección a la Mujer / Francisco Calabuig

Una mujer “incompleta”

Para la segunda fuga, tuvo que hacer gala de sus dotes de liderazgo. Consiguió convencer a una veintena de chicas de salir corriendo juntas del corral donde tendían la ropa, y luego de escapar antes de lo previsto. “Dije al grupo: mirad, yo me voy a acercar a tender esto a la valla, voy a saltar y os quiero a todas detrás de mí en abanico, porque los perros solo pueden coger a dos”, cuenta. Los perros no cogieron a ninguna, pero Paca pasó a ser buscada como “peligrosa social”.

Al Patronato volvió cuando la encontraron “incompleta”. En terminología de la institución, embarazada de su primera hija. Le tocó el reformatorio de Peñagrande, para mujeres encintas. “Me parecía horrible que a las jóvenes madres, a las chicas, les diera miedo subir a los niños cuando estaban malitos a la enfermería, porque no bajaban”, recuerda Paca. No bajaban “ni los niños ni los cadáveres”. Una noche, a una chica de quince años la metieron en la “sala del dolor”, donde encerraban a las mujeres con dolores de parto junto a un crucifijo enorme para que “pidieran perdón por ser pecadoras, sinvergüenzas y golfas”. Por la mañana, comunicaron a la familia que la chica había muerto. “Las monjas dijeron que al bebé lo enterrarían ellas y al día siguiente vino un cochazo con un matrimonio del régimen y se llevó a ese niño”, lamenta.

Paca pudo salir, con la amenaza de la Ley de vagos y maleantes pendiendo sobre su cabeza. Eso no impidió que sobreviviera a un marido maltratador, a la precariedad y que, más mayor, fuera una de las fundadoras de Ecologistas en Acción, militara en el activismo antinuclear. Ya no puede bailar como antes, pero sí escuchar sus canciones favoritas de Extremoduro.

¿Fracasó el Patronato de Protección a la Mujer? María Palau y Marta García creen que es obvio que, con mujeres como Paca y Paquita, lo hizo estrepitosamente. “Las convirtió en rebeldes con causa”, consideran. “Pero hay muchas otras que todavía no han podido hablar, que todavía tienen ese miedo, esa culpa, esa vergüenza que les inocularon en los reformatorios y que siguen sintiendo a día de hoy a sus 60 o 70 años”, lamentan. El “me too” de las supervivientes del Patronato, al menos, les ha hecho ver que no están solas.

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