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DOSSIER CV

Feminismo ante el rearme machista: “Para el discurso ultra, somos el enemigo a abatir”

El asociacionismo y la Sociología ven el feminismo cercado por la extrema derecha, el resurgimiento de la figura de la ‘tradwife’ y una percepción de que las posiciones machistas son contraculturales

Archivo - Decenas de personas durante la manifestación de la Coordinadora Feminista de Valencia por el 8M en la convocatoria de 2025.

Archivo - Decenas de personas durante la manifestación de la Coordinadora Feminista de Valencia por el 8M en la convocatoria de 2025. / Jorge Gil - Europa Press - Archivo

València

Es difícil, casi imposible, cuantificar. Se puede hablar de las diez mujeres asesinadas en una decena de casos de violencia machista en solo dos meses en España. De Pilar , Czarina, María Isabel, María del Carmen, Victoria, María Belén, Ana, María José, Noemí y Petronila. También se puede intentar una aproximación estadística: uno de cada seis casos activos de violencia machista se da en la Comunitat Valenciana, la segunda autonomía en cifras. O hablar de que, según los datos del Ministerio de Juventud e Infancia, crecen los jóvenes que creen que la violencia machista es un invento: un 23% en el caso de los hombres, un 13% en el de las mujeres. Pero es una realidad tan compleja que resulta complicado responder a la pregunta de en qué momento está hoy el movimiento feminista.

No hay datos que lo reflejen exactamente, pero sí una imagen: la del movimiento feminista cercado por varios ejércitos que lo apuntan y amenazan desde diferentes direcciones y con diferentes armas. “Para los discursos ultra, las feministas somos el enemigo a abatir”, resume la portavoz de la Coordinadora Feminista de la Comunitat Valenciana, Cándida Barroso. Y quienes buscan abatirlo incluyen a la extrema derecha -empoderada y que quiere considerarse ahora reducto contracultural- y los agresores machistas, pero también el resurgimiento de la figura de la ‘tradwife’, las desigualdades estructurales a las que aún se enfrentan las mujeres o la utilización de las mujeres musulmanas y su indumentaria como arma arrojadiza partidista. Y también, añade Barroso, una mentira mil veces repetida: que ya se ha alcanzado la igualdad plena y que, por tanto, el feminismo ya no tiene sentido.

Hoy, las feministas reciben toneladas de crítica y odio porque cuestionan “todos los postulados de la derecha y la extrema derecha". Señala, también en la Comunitat Valenciana, “un interés muy coordinado para hacer ver que las mujeres ya hemos ido demasiado lejos”. “Se preguntan qué queremos si ya tenemos igualdad, si podemos trabajar. ¿Qué más queremos? Pues queremos vivir con dignidad, que no se nos acose, que no se nos viole, que no se nos mate, que tengamos salarios dignos, que haya una verdadera corresponsabilidad”, subraya.

“Cuando en EEUU estornudan, nos constipamos”

Lo que viven las mujeres en la Comunitat Valenciana tiene una correlación con lo que ocurre en otras partes del mundo, porque los discursos machistas y los ataques no entienden de fronteras. Barroso habla de “salvajes y bárbaros” que cuentan con altavoces en los medios y las redes en Estados Unidos. “Y parece que se cumple el dicho de que cuando en Estados Unidos estornudan nos constipamos todos”, añade. Esos mensajes calan y se reproducen también aquí.

En el ámbito valenciano, denuncia los retrocesos que ha traído consigo el cambio de gobierno en la Generalitat. Como último ejemplo, dice, “el infame decreto de Convivencia” que, denuncia, quiere sacar el concepto de violencia de género de las aulas. “Hablan de convivencia desde la visión de la seguridad, desde un punto de partida reaccionario”, lamenta Cándida Barroso. “Nos quieren en casa cosiendo, guisando e imponer el modelo de familia tradicional de ‘calladita estás más guapa’”, critica.

Es el modelo que defiende la postura ‘tradwife’ que personifican ‘influencers’ como RoRo. Su fama es la cara B de la potencia de las redes sociales, que pueden ser un amplificador de las reivindicaciones feministas pero también de su contrario. “Pueden ser un nido de embelesamiento para las mujeres”, considera Barroso. En sus teléfonos móviles, “muchas chicas ven a diario vídeos sobre lo maravilloso que es prepararle a Pablo un plato nuevo o sobre lo útiles que son las rutinas de ejercicios para tener una talla determinada”, lamenta. Un bombardeo contínuo.

Mujeres musulmanas en el punto de mira

Ese bombardeo de mensajes de odio lo sufren muy especialmente las mujeres musulmanas, sobre todo las que llevan indumentaria como el hijab, que recurrentemente aparece y desaparece del debate político. En la Comunitat Valenciana, Vox abrió la puerta a dejar fuera de la Renta Valenciana de Inclusión a las mujeres con velo. Esta misma semana, el Congreso de los Diputados abordó la toma en consideración de una proposición de ley de Vox para prohibir prendas como el niqab y el burka en espacios públicos. “Todas estos discursos suponen un retroceso en derechos democráticos y de los principios de igualdad y no discriminación que recoge la Constitución Española”, advierte Mariam Barouni, portavoz del Centro Cultural Islámico de València. Si las feministas en general son “el enemigo a abatir”, las mujeres musulmanas están, aún más, en el punto de mira.

De hecho, Barouni alerta de una creciente desafección entre las mujeres musulmanas hacia un feminismo “blanco y occidental” que sienten que les excluye. “Se nos dice que no podemos ser mujeres y musulmanas, que es un oxímoron”, afirma. Aunque los ataques machistas contra este colectivo se dirigen sobre todo a las musulmanas, Mariam considera esa correlación engañosa: “Los discursos de odio van más allá, van en contra de la migración y de las personas racializadas”, señala. 

Una “lucha cultural”

Y van, también, más allá de las personas y los colectivos, opina Marcela Jabbaz, doctora en Sociología en la Universitat de València y profesora en el Máster Universitario en Género y Políticas de Igualdad. “La ultraderecha está planteando una lucha cultural que supone un desafío no solamente al feminismo, sino a la democracia”, destaca. Afirma que, en el marco de esa guerra conceptual, se buscan “chivos expiatorios”: “y no cabe duda de que son el feminismo, el ecologismo y la inmigración”. 

Pero asegura que el discurso feminista “no es una reacción” ante los ataques machistas sino que “busca de algún modo ilusionar, con otro tipo de narrativa”, frente a lo reaccionario modernizado. También la socióloga ha advertido el auge de la narrativa ‘tradwife’, que engancha hasta a mujeres como sus alumnas, ya socializadas en el feminismo. “Verla como simplemente una mujer a la que le gusta cocinar y nada más implica no percibir la profundidad de la subordinación que aparece”, lamenta.

Y, en ese contexto, destaca la necesidad de despegarse de los marcos discursivos de quienes cuestionan la igualdad: “La desigualdad no la podemos reducir a un tema de percepción, sino que es estructural, y no podemos aceptar tampoco las categorías que nos impone la ultraderecha”, advierte la socióloga. Por ejemplo, dice, la de violencia doméstica. “Nosotras tenemos otras categorías analíticas, y tienen un sentido”, advierte. También reclama ir más allá de la mera réplica de argumentos machistas, por ejemplo, de la idea de que el feminismo excluye a los hombres. “Desmontar la narrativa del agravio masculino no debe ser el principal aspecto de del movimiento feminista”, dice Jabbaz.

¿El mejor momento?

Entre el pesimismo reaccionario y el optimismo ingenuo, asociacionismo y academia coinciden en que el momento actual no es catastrófico, pero tampoco perfecto. Marcela Jabazz considera que, al menos, “hay un ida y vuelta entre el movimiento asociativo de mujeres que impulsa las políticas de igualdad y las instituciones”. “Estamos mejor. No me cabe duda de que estamos mejor, porque se han institucionalizado muchos derechos y eso lo podemos ver a través de las normativas de igualdad”. Pero advierte también de que “ningún derecho está conquistado de hoy para siempre”. “Por lo tanto, es muy importante también la resistencia y reforzar el activismo con datos y con estudios desde el feminismo académico”, afirma.

“Lo comentamos muchas veces las compañeras: claro que estamos mejor que nuestras abuelas, que no podían ni votar”, asegura, por su parte, Cándida Barroso. Pero coincide en que los derechos humanos “no se consolidan para siempre”. “Desgraciadamente, estamos en un momento de franco retroceso, de no aplicar ni tan siquiera leyes orgánicas”, como la de Igualdad de 2007. Pero aun así, “se van haciendo cosas porque hay una fuerte presión social de las feministas”, reconoce Barroso. Cuesta “sangre, sudor y lágrimas” y nohay que bajar la guardia, concluye.

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