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El último diálogo con Habermas

Imagen de archivo de Jürgen Habermas.

Imagen de archivo de Jürgen Habermas. / SIMELA PANTZARTZI

Manuel Alcaraz Ramos, Profesor de Derecho Constitucional de la UA y Ex Conseller de Transparència de la Generalitat Valenciana

Me llega la noticia de la muerte de Jürgen Habermas cuando, casualmente, estoy enfrascado en el estudio de “Facticidad y validez” (Trotta), una de sus obras mayores, de lectura ardua, dedicada a establecer vínculos entre el Estado democrático y una concepción de la moral que se transfiere, de manera necesariamente compleja, al Derecho. Es un ejemplo de su capacidad para establecer vínculos entre una gran cantidad de factores de la realidad y del pensamiento, de reglas y de intuiciones, que otros no han contemplado sino como esferas distintas y lejanas. Un ejemplo, en fin, de una cultura política, filosófica, sociológica, histórica y hasta teológica, que desborda la trivialidad de nuestra época. En este aspecto es donde el trabajo ejemplar de Habermas es, a la vez, un hito perdurable y una paradoja. Occidente ha necesitado -y seguirá necesitando- a Habermas porque se aleja preocupantemente de su manera de concebir la tarea científica e intelectual.

Es imposible hacer aquí una exposición clara y sintética de su obra. No tengo la capacidad suficiente ni más que un rato apresurado, en un sábado por la tarde que se ha vuelto melancólico. En los próximos días leeremos análisis de mucha mayor envergadura. Me conformaré con el recuerdo de cómo mis primeras lecturas de Habermas fueron descubrimientos que marcaron incitaciones a la reflexión que rondarían por mi tesis doctoral y otros trabajos. Me refiero a “Historia y crítica de la opinión pública” (Gustavo Gili) y a “Problemas de legitimación en el capitalismo tardío” (Amorrortu). Ambas resumen el giro que introdujo en la Escuela de Frankfort sin renunciar al estudio y a la primacía de la razón como eje director de su filosofía. Yo diría que rescató a la Escuela de una cierta amargura construida en los escombros de la Guerra mundial. Y es que Habermas, ante todo, fue un testigo inteligente de su época. Y un actor de ella.

El primero de los libros indicados marcaría la posibilidad de estudiar la política de los Estados desarrollados desde la crítica, pero sin necesidad de deslizarse al dogmatismo. Habermas ha tenido ocasión de ocuparse del marxismo y del postmarxismo -por ejemplo, en “Después de Marx. La reconstrucción del materialismo histórico” (Taurus), pero sin simplificaciones alienantes. Sí pudo cuestionar cómo se re-legitima el Estado social cuando se le abren horizonte de interpretaciones críticas y de impugnaciones. Cada vez que he trabajado sobre las crisis en el Estado he vuelto a releerlo.

La obra, aparte de su contenido explícito, puede servir de muestra de cómo fue, en todo momento, un servidor del pensamiento público, de compromiso múltiple con causas sociales y políticas, como hijo de una postguerra mundial que a veces atravesó con sufrimiento, con la necesidad de ayudar al pueblo alemán a una auténtica renovación democrática que superara radicalmente el nazismo. Como luego expresó la necesidad de repensar la Alemania y la Europa posterior al fin de la Guerra Fría. La idea del “patriotismo constitucional” no es de Habermas -la planteó el profesor de Heidelberg Adolf Stenberger, en 1947-, pero fue Habermas quien la desarrolló en la década de 1980, insertándola en un discurso general matizado por el nuevo contexto histórico. Un discurso que ya incluía la diferenciación entre el “mundo de la vida” -rico en herencias y tradiciones- y el “mundo de las instituciones” -sujeto a reglas jurídicas y que se plasma en un constitucionalismo que favorece el avance social-. No entender esta distinción es una de las causas de la banalización de la política actual y su emotivismo.

El segundo de los libros al que aludí se dedicó al estudio de cómo se “construyó” la opinión pública, intrínsecamente unida a la Ilustración, pues cumpliría la función de generar la crítica como un factor preminente de la vida ciudadana y de la burguesía, la nueva élite. Ni más ni menos: consiguió dibujar las líneas que configuran el mapa de lo público y de lo privado, de las nuevas maneras de ejercer y justificar el poder; explicó cómo emergen, en sentido moderno, las masas y cómo se pueden ir prefigurando algunas premisas de lo democrático, como la idea de Derechos. Este texto es, a veces, apasionante: una arqueología de conceptos que usamos para explicar el presente y que, a la vez, sirve de contraste -por momentos preocupante- con nuestra época.

En estas opiniones aparece la aportación central de Habermas: la “acción comunicativa”, que intenta entender y exponer que son precisas “situaciones ideales de habla”, sin las cortapisas de poderes que se oponen a la libertad del discurso, para generar intercambios lingüísticos que encierren la posibilidad de desarrollar una ética pública no coactiva, y un ejercicio de deliberación democrática que convierta la libertad en un hecho factible y no en mera argucia de la razón. En múltiples obras verterá los aspectos centrales de este pensamiento, pero quizá sea en su extensísima síntesis “Teoría de la acción comunicativa” (Trotta) donde quedó finalmente recogido -aunque no diría que codificado-.

Diríase que esa pasión por el diálogo le llevó a multiplicar apariciones públicas -sin asomo de narcisismo- y obras diversas en las que trató temas como las relaciones y contrastes de la filosofía con la religión, estudios y artículos diversos sobre pensadores en “Perfiles filosófico-políticos” (Taurus) o “Una historia de la filosofía” (Trotta). Hace pocas semanas todavía pudimos leerle opinando sobre el oscuro estado del mundo. Sus palabras no reflejaron entusiasmo; esperanza sí. Así puede interpretarse su obra: una llamada prudente a la esperanza dialogada desde la razón. La conversación con sus ideas, con las ideas de uno de los filósofos más importantes de la modernidad, perdurará por mucho tiempo.

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