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El vértigo como estrategia: cómo responder al nuevo ecosistema político acelerado

Bannon propuso hace una década lo que denominó muzzle velocity: moverse tan rápido que la crítica no tenga tiempo de reaccionar. La velocidad como método de poder. Anunciar, rectificar, improvisar.

Donald J. Trump habla por teléfono con Vladimir Putin en 2017. Al fondo, de pie, Steve Bannon.

Donald J. Trump habla por teléfono con Vladimir Putin en 2017. Al fondo, de pie, Steve Bannon. / MICHAEL REYNOLDS

Ana Berenguer

Alicante

La versión actualizada del trumpismo, lo que algunos denominan Trump 2.0, ha convertido la política en un ejercicio de velocidad extrema. Sus declaraciones sobre la guerra con Irán en los primeros días del conflicto ilustran bien esta lógica acelerada: primero afirmó que una intervención militar podría resolverse “en dos o tres días”, para después sugerir que podría durar “cuatro o cinco semanas, o más”. En su primer mandato ya desconcertaba con giros y sobresaltos, pero entonces lo hacía sobre todo en asuntos domésticos; ahora, sin pudor alguno, su escaparate es global.

Este patrón no es aleatorio: forma parte de una estrategia de comunicación deliberada que lleva años desplegándose. Hace una década, Steve Bannon, uno de los arquitectos del trumpismo, descubrió que era posible dominar disputas políticas desde internet activando comportamientos tribales mediante el odio. En paralelo, propuso lo que denominó muzzle velocity: moverse tan rápido que la crítica no tenga tiempo de reaccionar. La velocidad como método de poder. Anunciar, rectificar, improvisar. Mantener a todos corriendo detrás de la última declaración. El anuncio continuo, la rectificación inmediata y la improvisación permanente generan un entorno en el que criticar, verificar o supervisar acciones gubernamentales se vuelve casi imposible. Es una estrategia tan sofisticada que ni sus propios autores parecen capaces de anticipar su siguiente fase. La saturación es el efecto buscado: si todos reaccionan, nadie se anticipa.

Durante los cuatro años de descanso en Mar-a-Lago que le dieron los votantes estadounidenses, la estrategia se ha refinado. Trump 2.0 actúa ahora en un entorno comunicativo mucho más maduro y profesionalizado que en 2016: combina cuentas oficiales, influencers, microembajadores y nodos institucionales en una arquitectura que amplifica mensajes casi al instante y crea un circuito de retroalimentación emocional que gobierna tanto a la base MAGA como a la conversación pública. Es identidad, es infraestructura, es un ecosistema digital global que amplifica cada gesto y cada mensaje en tiempo real. En este entorno, los debates públicos se aceleran hasta volverse fluidos y efímeros: lo que ayer era impensable, hoy es polémico y mañana es propuesta política.

Trump domina el ecosistema político digital con una intensidad y capacidad de movilización muy superiores a las de cualquier líder europeo. El carisma de Trump es algorítmico. El carisma, hoy, se puede industrializar.

En 2021 le suspendieron sus cuentas de Twitter y Facebook por incitación a la violencia. Entonces creó su propio espacio sin censura, Truth Social, desde donde despliega una aceleración imprevisible: es capaz de marcar agenda con 50 publicaciones diarias y usar la plataforma como laboratorio narrativo y herramienta de control discursivo. Con 12 millones de seguidores y un ritmo sin equivalente en Europa, Trump domina el ecosistema político digital con una intensidad y capacidad de movilización muy superiores a las de cualquier líder europeo. El carisma de Trump es algorítmico. El carisma, hoy, se puede industrializar.

Todo ello es ahora más visible porque Trump 2.0 hace política internacional, pero también porque Estados Unidos exporta deliberadamente ese modelo. En 2017 Steve Bannon creó The Movement, la plataforma con la que busca expandir en Europa la agenda populista nacionalista que llevó a Trump a la presidencia en 2016. Hay evidencia de que aterrizó en Italia inmediatamente después, y luego en Francia, Países Bajos y Hungría. Bannon presumía de ello ante Zanny Minton Beddoes en una entrevista reciente, aludiendo a una estrategia explícita para “tomar instituciones y luego purgarlas”. Citaba países, nombraba candidatos y anticipaba resultados, igual que en 2016 hablaba de estados que iban a dejar de ser demócratas. Y dejaron de serlo.

Esta maraña es el nuevo sistema. No merece la pena resistirse a un cambio inevitable, porque ha sido planificado. En Davos, Mark Carney dijo que el orden internacional basado en normas está experimentando “una ruptura, no una transición”. Ya estamos pagando sus costes estructurales: debilitamiento institucional, conflictos diplomáticos, pérdida de previsibilidad y erosión de la confianza pública.

Este modelo, que ya ha madurado en Europa, se pondrá a prueba en 2026. Habrá elecciones generales en Hungría, Suecia, Eslovenia y Dinamarca; regionales en España y Alemania; municipales en Italia y Francia. En algunos lugares ya tiene poder institucional y, en otros, el auge de la ultraderecha es fuerte y sostenido.

Mientras tanto, el panorama puede complicarse mucho para Trump en casa. Este año se celebrarán elecciones legislativas en noviembre: los midterms. Los 435 escaños de la Cámara de Representantes y un tercio de los del Senado están en juego. La composición del Congreso influirá significativamente en Trump 2.0. La teoría política dice que el partido del presidente casi siempre pierde escaños en los midterms. En los de 2018 se produjo una ola azul demócrata en las urnas, Nancy Pelosi volvió a ser Speaker de la Cámara y los demócratas iniciaron múltiples investigaciones sobre Trump y su administración. Perdió la reelección dos años después.

Juzguen ustedes la probabilidad de que la historia se repita. En 2026 vuelve a haber una intensa movilización anti-Trump. Pero la clave está en que, aunque su base le sigue adorando, empieza a discrepar de algunas de sus políticas. Apoyan las deportaciones, pero no la forma en que se están llevando a cabo, que consideran excesiva. Cuando Trump prestó atención a Ucrania, consideraron que no debía intervenir en su defensa. Sobre Irán, repiten que les prometió America First y rechazan una operación abierta en el extranjero que dure más que la captura de Maduro. Analistas republicanos ya alertan de que estados tradicionalmente conservadores podrían perderse, como ocurrió en 2018. Veremos si su sofisticación 2.0 es capaz de suavizar la caída.

La historia se repite, pero todo ha cambiado. Por eso estamos obligados a adaptarnos rápido y ser mejores en este nuevo orden, aunque lo hayan creado otros

La historia se repite, pero todo ha cambiado. Por eso estamos obligados a adaptarnos rápido y ser mejores en este nuevo orden, aunque lo hayan creado otros. Exportan un lenguaje directo, personalista y orientado a la confrontación política; nos inundan con su hiperactividad. Pero en Estados Unidos muy pocos reclaman diálogo y búsqueda de consensos: no está en el ADN estadounidense, profundamente individualista. En Europa sí exigimos a nuestros políticos que el consenso se preserve como método fundamental, aunque con nuevas dinámicas para adaptarlo a este nuevo orden.

Hace unos días, Marco Rubio apareció con unos zapatos que, según él mismo admitió, Trump le había comprado porque no le gustaban los que llevaba. Eran demasiado grandes, un poco ridículos, y se convirtieron en una metáfora perfecta del papel que algunos aceptan desempeñar: seguir al líder incluso cuando el disfraz no les encaja.

Seamos Zara: una marca que no se limita a copiar tendencias, sino que las adapta, las optimiza

Por muy sofisticado que sea el despliegue comunicativo de Estados Unidos, en Europa no tenemos por qué ponernos los zapatos de Trump ni adoptar su modelo político tal cual viene empaquetado. Seamos Zara: una marca que no se limita a copiar tendencias, sino que las adapta, las optimiza y las convierte en productos reconociblemente suyos. Podemos invertir en mejorar capacidades institucionales y de movilización civil mediante inteligencia artificial. Podemos tomar decisiones como recomiendan grandes referentes empresariales: sin consenso total, pero con un consenso inicial del 70%, para terminar de construirlo en el camino. Para quienes piensen que debemos abandonar el consenso, conviene recordar que Trump también dialoga, lo hace mientras los demás estén ocupados comentando su último tuit, pero primero comunica. No se trata de imitar: se trata de transformar.

Ana Berenguer tiene un Master en Análisis Avanzado de Políticas Públicas por la Universidad de Columbia, de Nueva York. Fue Analista Senior de The Economist y Vicepresidenta de Análisis para el equipo de desarrollo económico del ayuntamiento de Nueva York hasta 2019.

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