Dossier CV
La mirada al futuro del turismo desde Benidorm
La IA está permitiendo una comprensión mucho más profunda del comportamiento del viajero. Los destinos pueden anticipar la demanda, identificar patrones de consumo y adaptar su oferta en tiempo real. Esto se traduce en una gestión más eficiente de los flujos turísticos

Turistas en la playa de Levante de Benidorm. / Jose Navarro
Leire Bilbao
La mirada al futuro del turismo desde Benidorm se sitúa en un punto de inflexión marcado por un salto cualitativo en la digitalización de los destinos. La implantación de la Plataforma de Destinos Turísticos Inteligentes (PID), impulsada por la Secretaría de Estado de Turismo y desarrollada por Segittur, abre una nueva etapa en la gestión del territorio. Esta herramienta permitirá integrar datos en tiempo real, mejorar la toma de decisiones y optimizar los flujos turísticos, avanzando hacia modelos más eficientes, sostenibles y equilibrados.
Este proceso no es una hipótesis, sino una transición ya en marcha. El turismo del futuro será, ante todo, un turismo gestionado. Frente al crecimiento espontáneo de décadas anteriores, el nuevo paradigma se basa en la planificación inteligente, donde la tecnología permite anticipar comportamientos, redistribuir la demanda y minimizar impactos.
En este contexto, la innovación no se limita al ámbito público. El sector privado también está evolucionando hacia un modelo híbrido en el que la automatización y la robotización asumirán progresivamente tareas mecánicas y repetitivas. Procesos como el check-in, la gestión operativa o determinados servicios estandarizados serán cada vez más eficientes gracias a la tecnología. Sin embargo, lejos de deshumanizar la experiencia turística, esta transformación permitirá reforzar el valor del trato personal.
El empleado turístico del futuro no desaparecerá, sino que evolucionará. Su papel se centrará en lo que la tecnología no puede replicar: la empatía, la personalización y la creación de experiencias memorables. El verdadero diferencial competitivo de los destinos seguirá siendo humano, pero apoyado en herramientas que liberen tiempo y mejoren la calidad del servicio.
La irrupción de la inteligencia artificial marca un antes y un después en la evolución del turismo. Más allá de su impacto en la automatización de procesos, la IA está permitiendo una comprensión mucho más profunda del comportamiento del viajero. A través del análisis de grandes volúmenes de datos, los destinos pueden anticipar la demanda, identificar patrones de consumo y adaptar su oferta en tiempo real. Esto se traduce en una gestión más eficiente de los flujos turísticos, reduciendo la presión en determinados espacios y favoreciendo una distribución más equilibrada del visitante.
En el ámbito de la experiencia, la inteligencia artificial abre la puerta a una personalización sin precedentes. Pero, con ella, emerge también un nuevo reto: un cambio profundo en las reglas de la comercialización turística. La evolución de la digitalización ya no solo transforma cómo viajamos, sino cómo se posicionan los destinos, las empresas y, en definitiva, las marcas en el proceso de elección. La clave deja de estar únicamente presente, para pasar a ser seleccionado dentro de ese “tamizado invisible” que determina qué opciones existen para el usuario. Un filtro cuyas directrices aún no conocemos del todo, ni sabemos hasta qué punto podremos influir en ellas.
La pregunta ya no es solo cómo atraer al viajero, sino quién define lo que ese viajero ve y considera relevante
Este cambio no es menor. Si en los últimos años la inspiración del viaje estuvo marcada por lo visual —por los llamados lugares “instagrameables”—, ahora entramos en una fase en la que la decisión puede quedar mediada por sistemas que sintetizan, priorizan y recomiendan. La pregunta ya no es solo cómo atraer al viajero, sino quién define lo que ese viajero ve y considera relevante. Por ello, el reto no es únicamente atraer visitantes, sino mantener la capacidad de influir en cómo, cuándo y bajo qué condiciones llegan.
Otro de los grandes ejes de transformación será la sostenibilidad. Durante años, el debate se ha planteado en términos de volumen: más turismo frente a menos turismo. Sin embargo, el futuro apunta hacia un enfoque más complejo, donde la clave no será tanto la cantidad como la capacidad de gestión.
Destinos como Benidorm demuestran que la densidad, cuando está bien planificada, puede ser una aliada de la sostenibilidad. La concentración urbana permite optimizar recursos, reducir desplazamientos y mejorar la eficiencia energética. En este sentido, el turismo del futuro no será necesariamente menos masivo, pero sí deberá ser más responsable, más medido y más integrado con el entorno.
La gestión del agua, la energía o los residuos ya no son elementos secundarios, sino factores estratégicos. La presión regulatoria, la demanda del viajero y el propio compromiso de los destinos están impulsando un cambio hacia modelos más circulares y regenerativos. El turismo no solo deberá reducir su impacto, sino contribuir activamente a mejorar los territorios en los que se desarrolla.
A esta transformación se suma un cambio profundo en el comportamiento del turista. El viajero del futuro será más informado, más exigente y más consciente. Buscará experiencias auténticas, destinos alineados con sus valores y propuestas que combinan ocio, bienestar y sostenibilidad. La hiperpersonalización, apoyada en el uso de datos y en la inteligencia artificial, permitirá adaptar la oferta a perfiles cada vez más específicos.
En paralelo, la digitalización redefinirá la forma en que se inspira, planifica y vive el viaje. Desde asistentes virtuales hasta itinerarios dinámicos generados en tiempo real, el turista tendrá un papel más activo en la construcción de su experiencia. Esto obligará a los destinos a ser más flexibles, más conectados y más capaces de responder a una demanda cambiante.
También será clave la gobernanza. El turismo del futuro exigirá modelos de gestión más colaborativos, en los que administraciones, empresas y ciudadanía trabajen de forma coordinada. La aceptación social del turismo dependerá en gran medida de la capacidad de generar beneficios compartidos y de integrar la actividad turística en la vida cotidiana de los residentes.
En este escenario, la medición cobra un papel fundamental. No se puede gestionar lo que no se mide. Indicadores en tiempo real, cuadros de mando integrados y sistemas de inteligencia turística permitirán evaluar el impacto del turismo en dimensiones económicas, sociales y medioambientales, facilitando decisiones más informadas y transparentes.
En definitiva, el turismo que viene no será radicalmente distinto en su esencia —seguirán existiendo viajes, destinos y experiencias—, pero sí lo será en su forma de gestionarse. Será un turismo más inteligente, más sostenible y más humano.
Benidorm, como laboratorio de innovación turística, representa bien esta transición. Su modelo compacto, su apuesta por la tecnología y su capacidad de adaptación lo sitúan como un ejemplo de cómo los destinos pueden evolucionar sin renunciar a su identidad.
El reto no es menor. Se trata de demostrar que es posible seguir siendo competitivos en un contexto global, al tiempo que se garantiza el bienestar de los residentes y la conservación del entorno. En ese equilibrio se jugará el futuro del turismo.
Y ese futuro, lejos de ser una amenaza, representa una oportunidad para redefinir el sector desde la inteligencia, la responsabilidad y la innovación.
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