El Periódico Mediterráneo

Dossier CV

25 d’Abril: una identidad en resistencia

Tres escritores reflexionan sobre el momento actual de la conciencia colectiva valenciana en un momento marcado por los cambios globales y reclaman un nuevo relato con la lengua en el centro y crear espacios de resistencia: "Llegar aquí ha sido un milagro histórico"

Por José Luis García Nieves

En el 750 aniversario de la muerte de Jaume I, la identidad valenciana va camino de los siete siglos. Como si fueran arqueólogos aplicando el carbono 14 a la conciencia colectiva, historiadores como Vicent Baydal han documentado en la década de 1330 los primeros testimonios que hablan de los “valencianos”, remitiendo a una comunidad política que engloba a todo el Reino de Valencia más allá de la ciudad o la Diócesis. Mismas leyes, mismas instituciones, mismas fronteras. Del Sénia al Segura. 1336, hace ahora 690 años.

El valenciano es el sentimiento identitario que más tiempo ha acompañado a este pueblo, y que desde hace más de tres siglos resiste en convivencia (por momentos amable, por siglos hostil) con otra identidad de altavoces mucho más poderosos, la española.

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Las identidades son permeables. Viendo el vaso medio lleno, podría subrayarse que el 85,7 % de los habitantes valencianos se sienten partícipes de la identidad valenciana, en distinto grado de intensidad. Una visión menos complaciente, en una semana en que el 25 d’Abril llega con sordina institucional, evidencia que 319 años después de la desfeta de Almansa que puso fin al primer autogobierno de los valencianos el sentimiento de pertenencia no pasa por su mejor momento. El porcentaje de habitantes que se siente únicamente valenciano apenas alcanza el 2,1%. Y un 10,7 % se sienten más valencianos que españoles. La suma no llega al 13 %, según datos del CIS de 2023.

¿Son parámetros homologables a otros territorios históricos y con lengua propia? Ese 13 % contrasta con el casi 40 % que se siente más catalán que español o únicamente catalán; o el 31 % que se da en Baleares; o el 36,5 % en Galicia, o en torno al 37 % en Euskadi o Navarra. La cuestión es que el sentimiento valencianista palidece también ante el autonomismo canario, andaluz, aragonés o incluso asturiano, donde hay más ciudadanos que se sienten únicamente de allí, y menos que se sienten únicamente o más español que asturianos. Una anomalía periférica.

“Un obstáculo deliberado” en el triángulo Madrid-Valencia-Barcelona

Medio siglo después de la Reforma Política de la que nació el estado de las autonomías en España, el historiador Natxo Escandell (Carcaixent, 1988) sostiene que si esa encuesta se hubiera realizado a finales de los 70, reflejaría un porcentaje mucho mayor de “más valenciano que español”. Escandell ha documentado la transición valenciana en Ni fet ni desfet. Història del nacionalisme polític valencià 1974-1998 (Afers, 2024). “A partir de los años 1978-79 ya empiezan a hablar literalmente de crear una problemática en el País Valencià para que este empiece a asumir que también es español o, como mínimo, que deje de lado la identidad ligada a Cataluña. El 23F realmente sí que triunfó en algunos aspectos: aquí triunfó al hacer que continuara la ‘senda constitucional’, por decirlo de alguna manera”.

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Lo que en aquellos años fue expresado como la creación de un “obstáculo deliberado”, en terminología utilizada por la Embajada Británica en Madrid y recogida en cables diplomáticos, años después sería abordado de otra manera por el expresidente Aznar, nada menos que en sus memorias sobre los años 90. “Cambiar el signo político del Levante español representaba para el centro derecha un gran reto y conseguirlo fue una operación histórica que suponía un valioso factor de equilibrio general en España. El vínculo entre Madrid y Valencia generaría por razones de cercanía geográfica sinergias muy importantes en la Comunidad Valenciana, que contribuirían a fortalecer en esta una posición propia frente al expansionismo del nacionalismo radical desde Cataluña y desde la propia Valencia”, escribió el expresidente. Valencia como equilibrio en la balanza de poder entre Madrid y la periferia.

“La única zona periférica que a España le quedaba por poder controlar era Valencia”, explica Escandell, de regreso a los tiempos de la Batalla. “Una especie de pseudocolonia del siglo XX o 4.0. Y eso también tiene sus partes buenas en términos económicos para España, y sobre todo Madrid. Sabían que eso no lo podían hacer en Cataluña o el País Vasco. Andalucía y Galicia tienen su idiosincrasia. El único territorio con una nacionalidad histórica que podían aún mínimamente controlar era el País Valencià; si no, a España le quedaría económicamente solo el centro”.

Reformular el discurso

“Muchas veces pienso que haber llegado hasta aquí es un milagro histórico”, reconoce Carles Fenollosa (València, 1989), reciente Premio València de ensayo de la Institució Alfons el Magnàmin con La modernitat frustrada. “Para asegurar la supervivencia debemos actuar como minoría resistente y reformular el discurso de la propia valencianidad en el siglo XXI, para consolidar y compactar nuestra minoría, y desde ella incorporar a la mayoría. Debemos dejar de lado los traumas de la transición a nivel discursivo y dar un discurso atractivo que sume lengua, autogobierno e historia propia en clave positiva, de futuro y diversidad. Si nos quedamos en los discursos de los años 80 y en pugnas internas, no lo conseguiremos”, advierte.

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Fenollosa, autor también del ensayo Irreductibles y recientemente de la novela Guerra, victòria, demà (Drassana, 2025), habla de un nuevo relato para un nuevo tiempo. “Los chavales entienden el valenciano como una parte de la identidad valenciana sin entrar tanto en notas a pie de página históricas o en exégesis de Joan Fuster. Hay que buscar una reformulación hábil, clara y coherente que mantenga la lengua como parte fundamental de la identidad valenciana del siglo XXI y con los códigos actuales. Ahora, es muy complicado en una sociedad con una identidad nacional –valenciana– tan débil y desdibujada, continuos sabotajes internos –ataques a la lengua propia mientras se invoca el eterno fantasma catalán– y que además ha recibido a 1,3 millones de personas en 25 años”, reflexiona.

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La situación actual de la identidad valenciana, más allá de traumas históricos y conflictos recientes, no puede deslindarse de fenómenos demográficos como los nuevos flujos migratorios, especialmente a los grandes centros urbanos donde se definen los estándares. O el contexto de hegemonía global no ya solo del inglés como cultura dominante, sino de la incorporación del español también a los mercados culturales globales. Fenollosa lo resume como una tensión entre una “globalización agresiva” y por otro la “localidad resistente”.

Junto a esa globalización de lo latino (Bad Bunny conquistando la Super Bowl en tiempos de Trump) se une también el repliegue identitario nacionalista en sociedades occidentales, la española incluida, que sitúa a fuerzas uniformadoras de extrema derecha liderando las encuestas entre jóvenes.

“Estamos en un momento de uniformización global sin freno liderado por el inglés, el castellano latinoamericano o el chino. Vivimos un proceso de disolución que no sé si es reversible. Se pueden encontrar fórmulas para actuar como minorías resistentes potentes, pero hemos de tener un discurso claro y potente. El caso de Kneecap y del norte de Irlanda, donde la lengua es ya sólo un símbolo pero renace, nos puede dar pistas. No estamos muertos aún, pero no podemos permitirnos el lujo de ser estúpidos, o peor, autocomplacientes”, concede Fenollosa.

Luchar contra resistencias internas

“Aspiramos a no morir, pero el enemigo lo tenemos en casa”, añade Natxo Escandell. “Estar aquí ya es un éxito”. “Como profesor me doy cuenta de que el alumnado que viene de fuera no tiene ningún impedimento; ellos entienden que el valenciano se tiene que defender. El problema lo tenemos en casa, en las instituciones. Hay detrás un objetivo claro. Por un lado, el concepto España se carga las identidades que no son castellanas y, por otro, qué hacemos para integrar a los que vienen de fuera”, plantea el historiador, que no se resigna, y pone como ejemplo el resultado de la consulta escolar entre los padres sobre la lengua vehicular en los colegios. “Eso demostró que la gente quiere vivir en una dualidad lingüística. No queremos hablar otra lengua por ‘cabezonería’. Claro que nos estamos adaptando al mundo. Lo que no queremos perder es nuestro pedazo de mundo”.

La familia, espacio de resistencia

La idea de la resistencia parece compartida por tres escritores de una generación criada y educada ya en la normalidad del uso del valenciano, fruto de la Llei d’Ús, los nietos del tio Canya. “Cuando mi madre iba a escuela, y fue poco, la maestra le pegaba guantazos cada vez que hablaba en valenciano. Castigaba con violencia física a todas las niñas que se atrevían a comunicarse en su lengua materna. Venimos de eso. Del miedo, la vergüenza y la represión”, escribe Puri Mascarell (Xàtiva, 1985), profesora de Teoría de la Literatura en la UV, en un volumen de próxima publicación sobre la identidad valenciana.

Hoy, es ella la que habla como madre. “A mi alrededor hay padres y madres que desisten ante la fuerza del castellano, que bajan los brazos, pero hay muchos que no, que persisten y creen en el legado que están transmitiendo, como una joya preciosa e insustituible, nuestra identidad. A la gente que viene de fuera podemos sumarla a este propósito de resistencia lingüística, pero la tarea principal es para los que somos de aquí”. “Una familia que habla en valenciano a los hijos (y les pone música, les compra libros, los lleva a escuchar a gente que lo habla) es un núcleo más poderoso de lo que parece. Porque la familia es tal vez el único espacio de resistencia que nos queda libre al 100%”, concluye.

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“Valencia-Castellón-Alicante” como nuevo eje identitario

"La ambición de un proyecto de Alicante, Valencia y Castellón que se llama Comunitat Valenciana”. Alicante, Valencia y Castellón. Lo repetía Carlos Mazón en su aterrizaje en València y lo mantuvo como mantra al llegar al Palau. ¿Las partes o el todo? ¿Es vertebración o es cuestionamiento de un marco común? “Están desnaturalizando por completo el término. Hemos pasado de ser País Valencià a ser Comunitat Valenciana, después a Comunitat y ahora mismo ya somos tres provincias que están unidas porque un texto en el año 82 lo dijo”, señala Natxo Escandell.

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No son pocas las voces que reclaman un paso adelante al Partido Popular en materia valencianista. “Tenemos una derecha que no acaba de asumir su valencianidad ni una visión geopolítica propia del mundo desde aquí, no desde el Paseo de la Castellana. Podríamos ser una de las capitales del Mediterráneo, con Barcelona, Marsella, Nápoles, Atenas,... ese es nuestro mundo. No estoy de acuerdo con Fuster en que ‘el País Valencià serà d'esquerres o no serà’; yo digo que ‘será de todos o no será’. El gran problema es que la derecha no juega ese juego”, reflexionaba hace poco Vicent Soler, uno de los impulsores del autogobierno, en una entrevista con este diario. No parece que vaya a ser en esta legislatura, donde incluso se ha vaciado el 25 d’Abril, que ya no tiene acto ni en las Corts ni en la Generalitat, algo que sí hacía el PP hasta 2015.

La cuestión identitaria nunca ha dejado de estar presente en la política valenciana. Y siempre bajo el signo del conflicto. Superado el ecuador de este mandato en la Generalitat, el aparente desinterés de Carlos Mazón por los símbolos ha evolucionado, conforme aumentaba su dependencia de Vox tras la dana, hacia una ofensiva del PP que amenaza consensos identitarios. Ha ocurrido con el asedio a la Acadèmia Valenciana de la Llengua (AVL), a la que se ha asfixiado económicamente; la propuesta para sacar a Alicante del dominio lingüístico valenciano; la castellanización del nombre de València; o la consulta escolar sobre la enseñanza en valenciano.

“El problema es que el PP no hace valencianismo como el galleguismo del PP de Galicia, con un proceso de autonomía más acelerado. Hace valencianía, un regionalismo folclorizante que no pone en duda ninguna estructura”, apunta el historiador.

La izquierda tampoco sale ilesa respecto a las críticas en la cuestión de la 'construcción nacional': "Cierta valencianidad administrativa que no va más allá", añade. Electoralmente, cuando mejor le ha ido a los socialistas es cuando ha sido más PSOE y menos PSPV. Compromís se disparó cuando la cuestión social eclipsó el eje identitario: el ecosocialismo de Mónica Oltra. El Bloc a duras penas llegaba al 5 % en solitario.

Reportajes de Alfons Garcia, José Luis García Nieves, Manuel Lillo y Belén Nebot

Coordina Alfons Garcia

Diseño: Héctor Gimeno, Laura García

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