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Dossier CV Nucleares

La transición nuclear: preparados (o no) para el Día D

Los municipios nucleares se preparan para el cierre de las plantas, buscando alternativas en turismo, industria y recursos naturales ante la pérdida de empleos e ingresos

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Llegará antes o después, pero llegará y lo saben. Los municipios con centrales nucleares en su término municipal son conscientes de que, haya prórroga o no, las plantas llegarán al final de su vida útil y cerrarán. Aunque será entonces el momento de desmantelarlas —como sucede en Garoña, Vandellós I o Zorita—, lo cierto es que la desconexión definitiva de una planta supone un revés durísimo para el territorio al terminar con cientos o incluso miles de puestos de trabajo directos e indirectos.

Por ello, cada uno de ellos lleva años preparándose para el Día D con más o menos planificación. Los alcaldes de estos municipios coinciden en que nada puede reemplazar de un día para otro a la industria nuclear, tanto en empleos como en ingresos para las arcas municipales… y ese es el problema que ya están sufriendo las comarcas donde las centrales ya no están operativas. Durante décadas, los ayuntamientos han recibido millones de euros al año de forma directa o indirecta por las plantas. Muchos lo han calificado de maná, otros, ahora desde la distancia, de un regalo envenenado que no les ha dejado pensar con claridad en el futuro... en el día después.

Los municipios han creado una densa red de servicios y ventajas para sus habitantes con el capital de las centrales

Con ese capital, los municipios han creado una densa red de servicios y ventajas para sus habitantes, como guarderías, centros deportivos de primer nivel, piscinas cubiertas y exenciones fiscales que difícilmente son sostenibles sin los ingresos derivados de la energía atómica. Todos coinciden en que quizá se debería haber puesto en marcha desde el minuto uno un plan B, como la creación obligatoria de fondos para el desarrollo posnuclear, pero no se hizo y ahora, con el cierre en el horizonte, la situación no es la deseable.

¿Qué se ha hecho?

Aunque nadie quería verlo, los municipios han ido tomando medidas. Al tratarse en su mayoría de pequeñas localidades apartadas de los grandes núcleos de población, las alternativas pasan casi obligatoriamente por proyectos relacionados con el turismo y el aprovechamiento de recursos naturales, dos propuestas que requieren de años de maduración para lograr resultados.

Ahí destaca el caso de Cofrentes. Desde hace años, el ayuntamiento de este municipio del Valle de Ayora-Cofrentes es propietario del balneario de Hervideros y lo ha convertido en un motor de empleo local basado en el turismo termal, la multiaventura y el golf. Acaban de ampliar el hotel con una inversión a partes iguales entre Enresa y fondos municipales de un millón de euros con el objetivo de desestacionalizar la actividad y aumentar las contrataciones de trabajadores del municipio. El concejal de Turismo, Jesús Soto, es una gran defensor del desarrollo local: "Tenemos un enorme potencial y tenemos que invertir para crecer".

Un camino muy similar es el que ha emprendido Hornachuelos, en Córdoba. Desde la década de los 80 acoge el almacén de residuos de baja y media actividad de El Cabril. Este municipio de poco más de 4.500 habitantes ha creado un ambicioso complejo de turismo activo y un parque multiaventura que se ha convertido en un referente de ocio en la Sierra Morena.

En el otro lado de la moneda están quienes apuestan por el desarrollo industrial como alternativa en el escenario posnuclear. Ahí lleva la delantera Vandellós i l’Hospitalet de l’Infant. Aunque cuenta con una población de unos 6.700 habitantes, su ubicación estratégica le permite un desarrollo diferente. Situado en el Baix Camp, Vandellós se ha beneficiado del crecimiento económico y demográfico de toda la comarca. Con más de 200.000 habitantes, la suma de los municipios que conforman el entorno de la central nuclear ha permitido planear un desarrollo diferente. Su apuesta se centra en la atracción de empresas: ha desarrollado ya dos polígonos industriales, tiene un tercero en marcha y proyecta un cuarto. Su alcaldesa, Assumpció Castellví, busca un mix económico que permita diversificar: industria, turismo, servicios y crecimiento demográfico.

Este municipio es, prácticamente, la excepción a la regla por su pulmón económico. Muy cerca, en Ascó, todavía están terminando de desarrollar su polígono industrial. El calendario estipula que el primero de sus dos reactores cerrará en 2030 y, para entonces, su alcalde, Miquel Àngel Ribes, confía en que ya haya empresas instaladas. En Ascó también trabajan en proyectos de turismo aprovechando su entorno natural.

En Trillo, que junto con Vandellós II será de las últimas en cerrar, los proyectos pasan por la consolidación de su balneario para generar empleo estable en la comarca con un modelo bastante similar al de Cofrentes.

El riesgo de llegar tarde

Donde la transición parece haber llegado tarde es en Almaraz y la comarca de Campo Arañuelo, en Extremadura. Su alcalde, Juan Antonio Díaz, ha reconocido que actualmente no hay una alternativa real a la nuclear y pide más tiempo para arbitrar soluciones y crear empleo alternativo. Será la primera nuclear en enfrentarse al cierre o a la prórroga el próximo año y el ayuntamiento confía en que el Gobierno dé marcha atrás para lograr más tiempo. "No hay ninguna empresa que pueda amortiguar el cierre de la central... Si no se tiene en cuenta esta situación el daño para la comarca y Extremadura será enorme", insiste el alcalde.

Almaraz sigue la estela de lo ocurrido en Burgos. Han pasado 14 años desde el cese de actividad de la central de Santa María de Garoña, en Burgos, y muchos municipios de la zona han vivido una pesadilla de la noche a la mañana. Los municipios de la milla de oro del norte de la provincia no estaban listos para mantener los servicios que tenían y su población dependía exclusivamente de los empleos y contratos generados por la central.

Muchos negocios han cerrado y los ayuntamientos han tenido que endeudarse o suspender servicios básicos hasta el punto de tener que endeudarse y abrir líneas especiales de crédito. Los hay con más suerte como Frías, que con un casco histórico medieval extremadamente singular, tiene la posibilidad de construir y crecer a partir del turismo. Sin embargo, otros han tenido que dar marcha atrás y volver a la dura realidad de depender exclusivamente del capital recaudado a sus vecinos, que, por cierto, han tenido que volver a pagar el Impuesto de Bienes Inmuebles tras años de exenciones. El resultado: una crisis económica y demográfica en una comarca que experimentó el aturdimiento del capital nuclear y no supo despertar a tiempo para el día después.

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