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Entrevista | Juan A. Roche Cárcel Catedrático de Sociología de la Cultura y de las Artes en la Universidad de Alicante

«¿Qué pasaría si el Estado, la democracia y el capitalismo nos enamoraran?»

El coordinador del primer estudio del CIS sobre la Percepción Social del Amor asegura que este "nos hace más humanos, individual y socialmente" y se pregunta si podríamos tener una vida plena de 85 años sin conocer el amor

Juan A. Roche Cárcel, fotografiado esta semana en Alicante.

Juan A. Roche Cárcel, fotografiado esta semana en Alicante. / Rafa Arjones

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Gerardo Muñoz Lorente

València

Juan A. Roche Cárcel es catedrático de Sociología de la Cultura y de las Artes en la Universidad de Alicante. Es autor de varios libros y numerosos artículos en revistas especializadas y ha dado conferencias en universidades españolas y americanas. Ha organizado y coordinado dos encuentros sociológicos internacionales en Alicante; el segundo, en marzo pasado, con la participación de más de 60 investigadores de Europa, Estados Unidos, China y África. Ha coordinado el primer estudio del CIS sobre Percepción Social del Amor.

¿Por qué esta encuesta ahora?

Es una encuesta muy oportuna porque estamos viviendo en un mundo tan incierto que, analizar cómo la sociedad percibe el amor, es interesante. Además, es la primera vez que un organismo nacional hace un estudio sobre el amor, preguntando a la sociedad española cómo concibe el amor de manera general.

¿Están trabajando en las conclusiones?

El mismo equipo que diseñó la encuesta estamos preparando un artículo que se publicará en una revista especializada con las conclusiones, teniendo en cuenta el perfil sociodemográfico de los entrevistados: la religión, la ideología, el género, la edad, la clase social, etcétera.

Como sociólogo especializado en las emociones, ¿considera que el amor es un sentimiento natural, puramente biológico, o una construcción social que varía según la época y las estructuras de poder?

Todas las cosas a la vez. El amor es una emoción construida social y culturalmente, situada espacio-temporalmente, con raigambres biológicas y psicológicas.

Según algunos colegas suyos, como Zygmunt Bauman o Eva Illouz, el capitalismo ha transformado el amor en una mercancía. ¿Cree que las relaciones se rigen hoy en día por la lógica del consumismo y la mercantilización?

Por supuesto que sí. Hay muchos trabajos sobre este asunto de grandes sociólogos. La relación de la pareja está basada muchas veces en la mercantilización de las relaciones amorosas, la utilización del otro como un objeto de usar y tirar. El capitalismo afecta a las relaciones amorosas con interrelaciones afectivas, convirtiendo el amor en una mercancía y explotándolo como un objeto de consumo con una lógica de búsqueda de beneficio. En paralelo, el amor también se convierte en un reducto que busca relaciones afectivas auténticas, no condicionadas por las lógicas mercantiles.

Históricamente, el amor ha estado anclado en lo sagrado. El matrimonio era un sacramento, un compromiso ante Dios que exigía abnegación y sacrificio. ¿Se ha secularizado por completo?

La búsqueda del amor auténtico entronca con la tradición judeo-cristiana en tres dimensiones principales: el amor puede proporcionar sentido a la vida; la búsqueda de salvación: ante los problemas cotidianos a veces pensamos que la unidad de la relación amorosa nos salva o alivia; y la búsqueda de trascendencia en el sentido cristiano de fusión de dos o más personas: mejoramos como humanos con un proyecto común. Lo sagrado también pervive en los ritos (bodas religiosas sin ser creyentes, por ejemplo). El amor se ha secularizado fundamentalmente en la idea de que, frente al amor a Dios que estaba por encima en el cristianismo, ahora el objetivo es el amor entre seres humanos.

Anthony Giddens habla de la democratización de la vida privada, que las relaciones tienden a basarse en la igualdad y el consentimiento mutuo. ¿Está de acuerdo?

Sí, pero parcialmente. Frente al amor romántico, Giddens habla del amor confluente. El amor romántico es ideal, patriarcal, heterosexual, para toda la vida y que lo puede todo, mientras que el amor confluente es efímero, es igualitario, es práctico, es plural, no solo heterosexual, es democrático y ayuda a la igualdad entre hombres y mujeres. El problema es que dura poco tiempo y además es minoritario. Ahora bien, si este tipo de amor se dilatara al conjunto de la sociedad, evidentemente sería beneficioso para un sistema democrático por ser más participativo en su base.

La pervivencia del amor en la convivencia es muy complicada en una sociedad de la individualización

¿Qué papel tiene la imaginación en el amor? ¿Es inalcanzable el ideal romántico que consumimos en novelas y películas? ¿El amor altera nuestra realidad, a la manera de la Cristalización de Stendhal?

Hay trabajos que demuestran que el amor romántico es el preferido porque está reproducido por la literatura, el cine, los medios de comunicación, las instituciones religiosas y a veces en el seno familiar. Es un amor muy poco real. La pervivencia del amor en la convivencia es muy complicada en una sociedad de la individualización, de la aceleración temporal, de la irrupción de las redes sociales. Los seres humanos no solo vivimos en la realidad material, también lo hacemos en realidades soñadas, llenas de fantasía, idealizando el amor con un componente muy importante: el deseo. Por eso decimos que el amor es ciego. El amor es una realidad, pero también es un sueño.

¿Es el amor un recurso frente a la soledad y la muerte?

Sí, con complejidades. La gran función del amor es acompañarnos en nuestra soledad congénita: nacemos solos. Es también acompañarnos en nuestra naturaleza mortal congénita: morimos solos. Entre esos dos jalones, el amor se puede convertir en un compañero fundamental de nuestra existencia.

¿Han cambiado las interrelaciones afectivas con internet, los móviles, las redes sociales…?

Muchísimo. Los participantes en las redes sociales saben perfectamente que no son reales los afectos, pero al mismo tiempo hay una gran dependencia que no permite a la gente sustraerse de esas redes sociales y la representación de los afectos que llevan aparejados.

¿El Estado regula el amor (matrimonios, herencias, políticas de natalidad) porque sostiene la familia como vínculo social más importante o porque la gestión de los afectos es clave para la estabilidad del orden social? ¿O ambas cosas?

Las dos cosas juntas, tienes razón. Creo que el Estado legisla más desde un punto de vista jurídico que afectivo. Lo cual tiene su lógica, ya que el Estado actúa como un aparato racional con una lógica capitalista dominante, no tanto como un reproductor de afectos. ¿Por qué hay tanto desafecto con las instituciones y la democracia? ¿Qué pasaría si el Estado, la democracia y el capitalismo nos enamoraran? Si los gobiernos actuaran con sensibilidad social, poniendo los afectos entre sus objetivos, si el sistema capitalista cambiara la precariedad y la especulación por viviendas asequibles y sueldos dignos, si la democracia representativa funcionara con un acercamiento afectivo a la ciudadanía, volverían a enamorarnos.

O sea, ¿el amor no es solo un sentimiento, sino un fenómeno total: político, cultural, cognitivo, social…?

Religioso, filosófico, ontológico, antropológico… El amor es multidimensional y multifuncional. El amor nos hace más humanos, individual y socialmente. La pregunta sería, ¿podríamos tener una vida plena de 85 años, sin conocer el amor?

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