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Turismo, movilidad y ciudad: el gran reto metropolitano del siglo XXI

Los entornos urbanos diseñados pensando en las personas, y no en el automóvil como hasta ahora, mejoran la satisfacción de residentes y visitantes

Turistas en bicicleta, en el centro de València.

Turistas en bicicleta, en el centro de València. / Ana Escobar / EFE

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Javier Iturrino

Profesor asociado de Geografía de la Universitat de València

Desde la década de los 50 a la actualidad, la actividad turística internacional ha observado un crecimiento extraordinario: ha pasado de 25 millones a más de 1.500 millones de turistas, consolidándose así como un fenómeno global de masas. Entre 1960 y 1990 el incremento se centró en el turismo denominado de sol y playa, espoleado por la generalización del automóvil, el crecimiento de las clases medias, las vacaciones pagadas, la construcción en las zonas litorales, la globalización del transporte…

El turismo urbano-cultural mostró su mayor crecimiento a partir de los años 90, con un dinamismo especialmente sobresaliente en la última década. Este auge se explica, entre otros motivos, por la expansión de los vuelos low cost, la irrupción de las plataformas digitales que han posibilitado diversas tipologías de alojamiento y servicios turísticos a golpe de click, la generalización de los periodos vacacionales más cortos y repartidos a lo largo de todo el año (el llamado city break). Todo ello potenciado por el marketing turístico que ha sabido generar en la población la imperiosa “necesidad” de movilidad turística.

El fuerte aumento del turismo urbano ha provocado masificación (overtourism) en determinadas zonas de las ciudades, generando problemas de convivencia entre residentes y visitantes, saturación en los destinos, pérdida de atractivo turístico y otros muchos impactos que afectan tanto a la calidad de vida urbana como a la propia experiencia del viajero.

Uno de los aspectos que se resienten por la saturación turística es la movilidad. Las ciudades, incluidas las más atractivas para el turismo, hace ya mucho tiempo que funcionan como amplios espacios metropolitanos donde los desplazamientos y sus distancias se ha multiplicado en una especie de vorágine en la que parece que si no te mueves, no existes.

Se ha producido una doble espiral integrada en la que el incremento de los desplazamientos urbanos, intensificado a su vez por la concentración de flujos de visitantes turísticos en las zonas más atractivas de la ciudad (fundamentalmente el centro, el litoral y otros espacios donde se asientan determinados hitos turísticos), han agravado los niveles de congestión, derivando en crecientes dificultades de accesibilidad urbana.

Losproblemas de movilidad que sufren a diario los residentes en las áreas metropolitanas no son debidos a la saturación turística

Sin embargo, los graves problemas de movilidad que sufren a diario los residentes en las áreas metropolitanas no son debidos a la saturación turística en destino sino a, por un lado, la falta de ley supramunicipal que posibilite, a modo de engranaje, la gestión de una movilidad más sostenible y, por otro, un modelo de ciudad central que prime la calidad de vida frente al uso del automóvil.

Las ciudades y entornos metropolitanos más congestionados por el uso del automóvil particular, aquellos lugares donde el acceso a bienes y servicios es más complejo y desigual, son también los que presentan menor calidad de vida para la ciudadanía.

Se está demostrando que aquellos entornos urbanos diseñados pensando en las personas, y no en el automóvil como hasta ahora, la recuperación del espacio público para el peatón y el fomento de formas de movilidad más sostenibles, mediante la accesibilidad activa (a pie o en bicicleta) y en transporte público, están mejorando la satisfacción de los residentes y visitantes.

La bicicleta se convierte así en un aliado indispensable para transformar la vida urbana, mejorando la salud y el bienestar de la ciudadanía. En este proceso, el turismo puede ser un aliado en la transformación si, como podemos observar, turistas procedentes de lugares con mayor cultura ciclista que la nuestra hacen de “efecto demostración”, enseñándonos las ventajas de moverse y acceder de forma activa, saludable y eficiente mediante el uso de la bici a aquellos lugares a los que deseamos llegar.

Para ello es preciso, en primer lugar, la apuesta valiente y decidida por parte de nuestros responsables políticos y, en segundo término, la implicación y compromiso sostenido de las administraciones públicas con el objetivo de impulsar una auténtica metamorfosis urbana que consiga espacios públicos donde prevalezca la convivencia y la vida saludable. Unos espacios que, a su vez, están demostrando una notable capacidad de atraer inversiones e innovación, impulsados por el dinamismo de las economías creativas.

La ciudad de València ha tardado décadas en articular una red de vías ciclistas básica, heterogénea y de calidad muy desigual. Es una infraestructura a todas luces insuficiente si lo que se persigue es la transformación urbana y un mejor reparto modal de los desplazamientos cotidianos que mejoren la accesibilidad del conjunto de la ciudadanía a equipamientos y servicios.

En este sentido, considero que València reúne todas las condiciones, por sus dimensiones, por su condición de llanura, por su estructura urbana, por sus horas de luz, por la escasez de días lluviosos, por sus suaves temperaturas en los meses equinocciales y por otras características geográficas, sociales y económicas, para convertirse en la capital de la movilidad sostenible y activa a pie y en bicicleta de la Europa mediterránea. Sin embargo, alcanzar este objetivo exige tomar decisiones valientes, estables y duraderas, y en ocasiones impopulares, por encima de los vaivenes y ciclos políticos.

¿Seremos capaces de dotarnos de un modelo de ciudad y ámbito metropolitano transformador, más sostenible y habitable, que nos permita afrontar con garantías los retos y las incertidumbres del siglo XXI?

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