Tengo miedo Elena, de que por haber sido un cafre ahora no podamos frenar esto. Esta semana ha sido de golpe una de mis mayores lecciones de vida. Pasar mucho tiempo en Twitter, etcétera me había radicalizado al extremo. Ojalá me hubiese vacunado».

"Este wasap me lo mandó el pasado 13 de julio mi hermano Jorge, 46 años y negacionista declarado, tras haber confirmado con una PCR que los vómitos y fiebre que tenía eran debido al coronavirus. Días después ingresaba en el hospital. Se fue con su ordenador y una maleta cargada de libros, sin sospechar que en pocos días le iban a inducir al coma porque era necesario intubarle para salvarle la vida".

Hoy se cumplen 16 días desde que está en la UCI del hospital La Fe de València en estado «de extrema gravedad». De hecho, el ventilador no ha sido suficiente y lo han tenido que conectar a una máquina de último recurso llamada ECMO, que los médicos describen como «muy agresiva» por sus posibles complicaciones, y que sirve para oxigenar la sangre fuera del cuerpo e intentar así dar tiempo a los pulmones para que se recuperen.

Este virus es así de traicionero: en cuestión de horas pasó de creer que pronto se iba de alta a complicarse con una gravísima neumonía bilateral. Los médicos nos han explicado que hay un momento, que suele producirse entre 7 y 10 días desde el inicio de los síntomas, en el que a algunas personas, no se sabe por qué, se les desarrolla un súbito proceso inflamatorio pulmonar que no pueden detener.

Ahora solo nos queda esperar… En el mejor de los casos nos enfrentaremos a unos meses de angustia, con el teléfono pegado día y noche, con muchos altibajos y momentos de tensión. En otros escenarios prefiero no pensar.

Jorge y yo nos habíamos enfrentado un montón de veces por el tema de la covid. De hecho, era por lo único que discutíamos. Él, que al inicio de la pandemia vivía atemorizado, de repente dio un giro y se contagió de un virus invisible y muy peligroso: el de las teorías que niegan la existencia de la covid o relativizan sus efectos. Escuchaba a presuntos gurús que presumían de manejar información privilegiada: datos económicos y sociales fuera del alcance del resto de los mortales, científicos incluidos. Luego salió la vacuna y, en esa misma línea, se negó a ponérsela. Incluso intentó que el resto de la familia, incluida mi madre de 84 años, tampoco lo hiciera.

No me olvido de sus ojos asustados y suplicantes cuando le dijeron que al menos pasaría 15 días en la UCI. Lo que habría dado en ese momento por haberse puesto esa vacuna que despreció.

Para él ya es tarde. Su suerte está echada y ya solo depende de Dios y de los sanitarios que se desviven desde hace meses por combatir una pandemia que algunos incautos aún se empeñan en negar.

No tengo fuerzas ni ganas para entrar en polémicas trasnochadas: que si es una vacuna no bastante probada, que si habrá futuros efectos secundarios, que si ha cumplido los postulados de Koch… Creo que es necesario aislarse de todo el ruido que bulle en las redes para darse cuenta de que la realidad es bien sencilla: la covid-19 mata y las vacunas salvan vidas. Puede que no frenen totalmente los contagios, pero si evitan acabar en la UCI. Y eso es más que suficiente.

Si estás leyendo esto y todavía tienes dudas, solo te pido que te lo replantees. Es verdad que el porcentaje de personas a las que se les complica es pequeño, sobre todo entre los menores de 50 años, pero la estadística es la ciencia que dice que si tu vecino tiene dos ferraris y tú ninguno, cada uno de vosotros conduce un flamante deportivo. Menos de un 5 % de los enfermos covid ingresa en la UCI, pero para el que le toca, el porcentaje es de un 100 %. Y, aunque te parezca lejano, hay gente a la que le toca. Personas, como mi hermano, que se creían inmunes: joven, fuerte y sano.

Y se sufre mucho. Sufren los pacientes y sufren sus familias, que malviven meses con el corazón encogido deseando que no haya llamadas a deshora. Jorge no puede decírtelo ahora, pero te lo digo yo en su nombre: por favor, no lo dudes y vacúnate.