Lo dijo ayer Enrique Vila-Matas que tanto la quería: “Vivía un genio entre nosotros y muchos no han querido enterarse”. Ana María Matute (Barcelona, 1925) murió en la mañana de ayer en el Hospital de Barcelona cumpliendo así su último acto de ocultamiento, hacía unos 15 días que estaba ingresada por problemas cardiorespiratorios en el tramo final de una mala salud de hierro que la ha hecho entrar y salir de los hospitales más de una veintena de veces. Ahora es probable que a golpe de obituario, muchos se enteren de una vez por todas que era una de las grandes o mejor dicho uno de los grandes escritores de este país, o de estos países.

No toda la culpa de ese descuidado reconocimiento la tienen los demás, que también. A ella misma le gustaba presumir de francotiradora --lo era y mucho, cuando en España se llevaba el realismo puro y duro a ella le gustaba trufarlo de magia cuando no trasladarse a un personal remedo de los tiempos del Rey Arturo- y de rarita, “más que un perro verde”, solía decir.

Hija de casa bien --su padre era fabricante de paraguas--, se inició en la escritura de niña para dar continuidad a la fantasías que la acechaban cuando su madre la encerraba en el cuarto oscuro de su piso en los barrios altos o en aquellos esplendores en la casa de los abuelos en Logroño esperando a los elfos mientras se tumbaba en la hierba. Empezó a publicar a los 23 años con Los Abel, aunque su primera novela Pequeño teatro la escribiese con 17 años y, recuperada años más tarde, ganara el Planeta.

Fue una mujer realmente hermosa. Pero se equivocó en su primer matrimonio. En los años 50 separarse era una heroicidad, sobre todo cuando lo decidía la mujer. A Matute los jueces la castigaron quitándole la custodia de su hijo Juan Pablo que no pudo recuperar hasta que el niño cumplió 10 años. Ese fue un gran golpe. Y aunque no le faltaron los reconocimientos: ganó el Nadal por Primera memoria, y el de la Crítica y el Nacional por Los hijos muertos, Matute siguió siendo un placer lector para unos pocos.

Y para acabar de adobar el ocultamiento, una maldita depresión la puso fuera de juego durante dos décadas con una mítica novela inacabada, Olvidado Rey Gudú, que muchos creían inexistente. Tuvo que mediar su agente Carmen Balcells para que la novela viera por fin la luz en 1996 y con ella la segunda vida de Matute, esta vez mucho más visible, convertida ya en la tierna ancianita, salsa de todos los premios y graciosa consumidora de gintonics y lingotazos de whisky --promovió su consumo en la RAE--. Una etapa que coronada por el premio Cervantes en el 2010 puso bajo los fotos su última novela, Paraíso inhabitado, lo más cercano a un relato autobiográfico de su infancia, y la que será ya su obra póstuma con un título puro Matute, Demonios familiares, que aparecerá el próximo septiembre. H