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Efeméride cinematográfica

25 años de 'La princesa Mononoke': cuando Miyazaki se hizo gigante

Obra maestra del cine de animación, el clásico del anime regresa este viernes a los cines mantiendo el mismo impacto temático y las imágenes deslumbrantes que cuando se estrenó en 1997

Se reestrena 'La princesa Mononoke' en el 25 aniversario de la obra maestra de Studio Ghibli

Se reestrena 'La princesa Mononoke' en el 25 aniversario de la obra maestra de Studio Ghibli ZML

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Se reestrena 'La princesa Mononoke' en el 25 aniversario de la obra maestra de Studio Ghibli Nando Salvà

El séptimo largometraje del genio del ‘anime’ Hayao Miyazaki iba a ser, según él mismo había decidido, el último de su carrera: una fantasía épica tan brutal como bella sobre el complicado equilibrio entre los intereses del hombre y las necesidades de la naturaleza. Pero, seguramente para su propia sorpresa, ‘La princesa Mononoke’ fue aclamada como una obra maestra del cine de animación -y del cine a secas- y batió récords de taquilla en su país; y no solo no fue la última película del director nipón sino que abrió las puertas de Occidente a ‘El viaje de Chihiro’ (2001), y ‘El castillo ambulante’ (2004) y todas las otras que ha hecho después. Hoy, 25 años después de su estreno -este viernes se reestrena en España en conmemoración de ese aniversario-, tanto su combinación perfecta de espiritualidad, violencia, humor y romance como la colección de imágenes deslumbrantes que la componen siguen justificando ese impacto.

Sigue quedando claro, asimismo, hasta qué punto supuso un desvío artístico para su autor pese a exhibir los rasgos que basan el sello de identidad de Studio Ghibli, la productora que Miyazaki fundó en 1985 junto a su colega Isao Takahata: fusión de historia japonesa, magia y folclore, personajes femeninos complejos, criaturas adorables o aterradoras y un poderoso mensaje ecologista. Si las películas que habían puesto los cimientos de su reputación, ‘Mi vecino Totoro’ (1988) y ‘Nicky, la aprendiz de bruja’ (1989), eran obras afables y optimistas, con la llegada de los 90 el maestro empezó a sentirse a disgusto en un mundo que percibía vacuo y autodestructivo. Como resultado, decimos, ‘La princesa Mononoke’ es una obra oscura y enfadada, regada de sangre y adornada con cabezas y extremidades seccionadas.

La protagoniza Ashitaka, un príncipe medieval que trata de poner fin a un devastador conflicto entre el ser humano -que apuesta por la explotación de los recursos del suelo- y los animales y espectros de los bosques -que luchan por la supervivencia-, y que en su camino se topa con un dios jabalí transformado en demonio cubierto de gusanos, una gobernante guiada por ambiciones industrialistas, un espíritu todopoderoso que de día tiene aspecto de ciervo y de noche se convierte en un coloso traslúcido y por supuesto la joven titular, una guerrera humana criada por lobos que en realidad se hace llamar San.

Para explicar el manejo que Miyazaki hace de esos y otros elementos argumentales -ambiciosos mercenarios, leprosos que fabrican armas, samurais invasores, hadas benévolas, prostitutas guerreras- conviene tener en cuenta no solo los preceptos de la religión autóctona de Japón, el sintoísmo, y el largo historial de desastres medioambientales sufridos por el país sino también la preocupación que el director siempre ha mostrado por evitar distinciones maniqueas entre el bien y el mal -en el mundo donde la película transcurre, los supuestos villanos protegen a los oprimidos y los supuestos héroes caen en el fanatismo fundamentalista- y esa capacidad única para hablarles a la vez a los niños y a los adultos, que permea toda su filmografía pero que ninguna otra de sus ficciones ha demostrado con tanta claridad como ‘La princesa Mononoke’.

Como los buenos vinos

En este cuarto de siglo, la sombra proyectada por la película no ha hecho sino alargarse. En primer lugar, por la influencia que ha ejercido en la cultura pop, en virtud de la que, por ejemplo, apareció referenciada en un episodio de Los Simpson, fue inspiración confesa para los creadores de la teleserie Star Wars: la guerra de los clones’ y ejerció de modelo para el videojuego superventas ‘The Legend of Zelda: Breath of the Wild’; en segundo lugar, sobre todo, porque la preocupación por el cambio climático y los efectos negativos que las acciones del hombre tienen sobre el planeta ha crecido exponencialmente en este tiempo, y porque va quedando más y más claro que, como ya defendían Ashitaka y San, la única solución posible -en el ámbito mediambiental pero también en el de la política y en el del desarrollo social y cultural- pasa por el entendimiento, la comunicación y la colaboración. El pesimismo del que Miyazaki era presa cuando dirigió ‘La princesa Mononoke’, en otras palabras, no le impidió insuflar la película de la creencia firme en la capacidad de resiliencia y superación del ser humano; de que, tal y como dice alguien en una de sus escenas, “la vida es sufrimiento y dificultades, el mundo y el hombre están malditos, pero aun así hay motivos para seguir viviendo".

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