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MÚSICA

La sombra de la Ruta del Bakalao es más alargada que nunca entre los jóvenes músicos españoles

Desde diferentes puntos del estado, proyectos como VVV [Trippin'you], La Plata, Sandra Monfort, Margarita Quebrada o Joe Crepúsculo inciden en la recuperación de la electrónica maquinal que lo petó en las discotecas de extrarradio durante los 90

Fotografía del libro 'La ruta 1987-1990', de Susana Oliva.

Fotografía del libro 'La ruta 1987-1990', de Susana Oliva. / ARCHIVO SUSANA OLIVA

Carlos Pérez de Ziriza

Fue estigmatizada durante años. La Ruta Destroy o Ruta del bakalao, que hilvanó el circuito de discotecas del extrarradio valenciano entre mitad de los ochenta y de los noventa, y cuyo eco se extendió a los polígonos industriales de Barcelona (y de algunas otras ciudades) a finales de siglo, quebró por la propia aceleración de su música y la degradación de sus drogas. Templos como Spook, Barraca, Chocolate, Espiral o los posteriores Scorpia, Chasis o Pont Aeri, fueron anatema durante al menos un par de décadas para cualquier banda o músico que se preciase de componer “música de verdad”. Nadie quería verse ligado a la sospecha del encefalograma plano o a aquella marejada mediáticamente sensacionalista de mediados de los noventa. Los controles de tráfico, las maniobras en el limbo de la alegalidad, la agonía del fenómeno en su propio jugo, destinado a extinguirse por su propia naturaleza. Hace siete años le pregunté al periodista valenciano Joan Oleaque, máximo experto en la materia (su libro En éxtasis, publicado originalmente en 2004, es referencia indiscutible, junto a la historia oral que publicó Luis Costa en 2016), si apreciaba rastros de aquella electrónica marcial de ascendente centroeuropeo en músicos de la actualidad. Apenas pudo mencionarme un par de nombres.

No he vuelto a hablar con él sobre aquello, pero estoy seguro de que ahora empezarían a faltarle los dedos de ambas manos para enumerarlos: los madrileños VVV [Trippin'you], los catalanes Balma o los valencianos La Plata, Sandra Monfort o Margarita Quebrada son solo algunos de quienes han reflejado esa influencia en algún punto de su música. Incluso artistas tan populares como Joe Crepúsculo o Zoo lo han explicitado. Hablamos de músicos que, en su mayoría, no vivieron aquello en primera persona: casi todos tienen entre 25 y 40 años. Eso no les impide, por ejemplo, samplear a Robert Miles (Margarita Quebrada lo hicieron con su Children, de 1995) o a Steam System (La Plata lo hacen con su Barraca Destroy, de 1993), ni adoptar unos códigos estéticos que son mucho más que un guiño superficial. ¿Qué ha pasado para que en poco menos de un lustro se haya multiplicado el culto a aquella electrónica ravera, poligonera o periférica, al eurodance, al eurobeat o incluso al gabber o al happy hardcore? Hubo pioneros como los también valencianos Orxata Sound System, entre 2003 y 2014, pero durante mucho tiempo era como si predicaran en el desierto. Ahora ya no.

Sandra Monfort en el videoclip de su tema 'Bandida'.

Sandra Monfort en el videoclip de su tema 'Bandida'. / YOUTUBE

La música que escuchas a través de tus padres o tíos

“Los noventa son bonitos, pero no creo que más que los dosmiles o los ochenta, sólo que al haber nacido a principios de esta década quizá nos haga romantizarla más, igual que los de Yo fui a EGB con los ochenta”, me comentan los madrileños VVV [Trippin'you], un proyecto al que no le cuesta definirse –en parte– como neobakala. Sin medias tintas. Adrián Bremner, su vocalista, dice que llegó a toda aquella música por su padre, a través de “The Prodigy, Massive Attack o Marilyn Manson”, y luego por “los recopilatorios de Scorpia, programas de tele como Música Sí o emisoras como MQMDance”, que le hicieron meterse “en ese bakalao más canchero y dosmilero del sur de Madrid y de las discotecas catalanas de pelaos”. Elinor Almenara y Salvi Urbaneja, sus otros dos miembros, inciden en “la tele, las pelis y hasta los videojuegos” como umbrales a aquella música, o en cosas como “Burial, Aphex Twin o Boards of Canada” como puertas de entrada a una electrónica cuyo influjo se fue retrotrayendo hasta los noventa. Esto les ocurría en Madrid, pero el catalán Joe Crepúsculo (Sant Joan Despí, Barcelona, 1981) también lleva años reconociendo la suerte que tuvo de vivir la época de discotecas de su zona como Pont Aeri, Chasis o Scorpia, en la que se pinchaba a un ritmo más acelerado aún que en los garitos valencianos precedentes.

También fue hace unos siete años cuando tuve ocasión de preguntarles a los valencianos La Plata si se consideraban –como empezaba a decirse en algunos foros– herederos de la Ruta Destroy. Ellos me dijeron que se sentían más identificados con su primer tramo, el de los ochenta, algo lógico teniendo en cuenta que sus primeras canciones blandían filo post punk, pero en su reciente tercer álbum, Interzona (2025), aluden explícitamente al sonido Valencia de los primeros noventa (el que patentaron proyectos locales como Megabeat o Interfront) en su canción Música infinita. De hecho, ya participaron con un tema inédito –Real– en la banda sonora de la serie televisiva La Ruta (Borja Soler, Roberto Martín Maiztegui, 2022), pero esta es una zambullida mucho más profunda: “Nos hemos abierto mucho musicalmente y hemos tenido la suerte de conocer a artistas como Fran Lenaers, a quien respetamos mucho por su trayectoria, y hemos querido mostrar este lado de la historia de la música valenciana que tan importante ha sido a nivel global y de la que nos enorgullecemos”, me argumentan.

Por algo Lenaers, el DJ técnicamente más dotado de aquella generación, fue miembro fundador de Megabeat y maestro de ceremonias de la discoteca Spook. Nacido en Valencia pero de padre belga, su mezcla sanguínea parece casi simbólica de aquel tiempo en el que la música que sonaba en las discotecas valencianas y en las belgas u holandesas era tan parecida, pese a que internet ni existía. Como me dijeron hace unos años desde su estudio en Gante los hermanos Dewaele (los belgas 2Many DJs, o Soulwax), “la Ruta del Bakalao y el new beat belga se fueron desarrollando en paralelo, y es impresionante: la prueba es que cuando pinchamos Así me gusta a mí, de Chimo Bayo, la gente aquí se vuelve loca, aunque casi nadie entienda su letra”. Volviendo a Plata y su sampler de un viejo corte de Steam System, asumen que se lo escuchaban pinchar “a Adriana Petit en el extinto Umbral, legendario pequeño club valenciano donde llegó a actuar Arca” y al comprobar que “resultó funcionar a la perfección”, les sirvió también para “colgarse esa medalla”.

Ecos rurales y la idealización del pasado

Otra artista valenciana iconoclasta y con cierto ánimo por revivificar aquellos ritmos es Sandra Monfort (Pedreguer, Alicante, 1992), quien en su combinación de folk y géneros del siglo XXI ha mostrado esa inquietud en canciones de su reciente EP, La mona de nit (2025). “Yo he crecido en un pueblo, y tengo la sensación de que aquí se alargó más aquel sentimiento bakala: los DJs que pinchaban en la Ruta lo siguieron haciendo en las discomóviles de los pueblos durante mi adolescencia, y es un fantasma que sigue presente”, me cuenta. Algunos de aquellos supervivientes “narran con romanticismo y una sonrisa un puñado de historias rocambolescas que representan recuerdos de liberación y una diversión que seguramente nunca más podrán volver a vivir”, añade. Sandra introduce un punto diferencial: la acogida del fenómeno en un entorno rural, lejos de los extrarradios urbanos en los que germinó. Y no solo eso: también la tentación de idealizar el pasado. Tanto el que se vivió como el no vivido directamente, que bien podría ser el caso de toda esta pléyade de músicos. ¿Se corre así el riesgo de magnificar los aspectos positivos y minimizar – u obviar – los negativos?

VVV [Trippin'you] abren fuego para reconocer que “la nostalgia es un sentimiento curioso, porque, por un lado, te hace pensar que tu generación es la buena, la que vivió lo mejor que ha vivido ninguna más, te enfrenta con los jóvenes y con los viejos y te hace pensar que jamás se vivirá algo así, pero, por otro lado, también te hace añorar cosas que no has vivido, rezas por haber estado en el verano del amor y donde las pastillas eran pastillas y la música era música y no había tanta violencia y la fruta sabía mejor”, tal y como arguye Adri Bremner. De hecho, para él “la nostalgia es reaccionaria y hay que saber ubicarla para que no nos corrompa, como personas y como sociedad, porque si no acabas con chavales de quince años nostálgicos del franquismo”. También Eli Almenara siente que “se romantiza y solo se enseña lo que brilla”, mientras Salvi Urbaneja se sabe “culpable de llevar idealizando los noventa” desde que era un crío, y me espeta que “si alguien sabe cómo se escapa del todo de eso, que me diga cómo se hace”.

Sandra Monfort recuerda “la alegría pícara” que brotaba en las discomóviles de las fiestas de su comarca “cuando salía el sol y el eurodance y la makineta brillaban de nuevo en la pista”, mientras otros miraban aquello “con cierto rechazo y condescendencia”. Reconoce tener “amigos del pueblo que aún pinchan esas canciones, a las que han empezado a llamar remember, y quienes aún llevan gomina en el pelo”. No quiero concluir sin preguntarles a todos estos músicos si creen que tienen algo en común, si comparten una sensibilidad respecto a aquel legado, por mucho que cada uno tenga su estilo. Y son La Plata quienes me clarifican más: “Vemos algo de influencia de la Valencia rutera en otros artistas contemporáneos nacionales, pero casi siempre se quedan en la superficie, y coinciden con lanzamientos que repiten fórmulas cíclicas que abandonan al llegar la siguiente tendencia pop, así que no nos interesan, con la excepción de algunos artistas como VVV [Trippin'you] y su escuela”. Y ya que hablan de escuela, habrá que conceder que, haberla, hayla. Sin ninguna duda.  

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