Entrevista | Tamara Silva Bernaschina Escritora
Tamara Silva Bernaschina, autora de 'Larvas': «El límite entre lo violento y lo fantástico es permeable»
La joven escritora uruguaya aterriza en España de la mano de Páginas de Espuma con su tercer libro de cuentos

Tamara Silva Bernaschina es uno de los nuevos talentos literarios que ha conquistado a crítica y público con 'Larvas'. / Isabel Wagemann
En el universo literario de la joven autora uruguaya Tamara Silva Bernaschina, la realidad es un lienzo maleable donde lo cotidiano y lo insólito danzan en perfecta armonía. Con Larvas (Páginas de Espuma), su último libro de cuentos, la escritora nos invita a explorar un mundo donde las fisuras de lo fantástico se ensanchan lentamente, habitadas por personajes que, lejos de la estupefacción, abrazan lo extraordinario con una sorprendente naturalidad.
En esta entrevista, Silva Bernaschina nos desvela las claves de su proceso creativo, desde la influencia ineludible de los paisajes rurales de Uruguay en sus narraciones, hasta la fuerza de las imágenes potentes y perturbadoras que germinan sus historias. Reflexionamos con ella sobre el potencial del cuento como género, un espacio de brevedad y concentración que le permite explorar múltiples atmósferas y cruces de personajes. Además, profundizamos en su fascinación por la infancia y la adolescencia, etapas que, bajo su mirada, se revelan a la vez tiernas y terroríficas, y cómo el reconocimiento temprano en su carrera ha enriquecido su relación con el acto de escribir. Un diálogo íntimo que nos acerca a la visión de una autora que escribe para creer que «se puede otra cosa».
En Larvas, tus cuentos oscilan entre lo realista y lo fantástico, desafiando constantemente las expectativas del lector. ¿Cómo abordas la construcción de estos mundos que parecen tan cercanos y, al mismo tiempo, tan extraños?
Creo que es interesante que lo plantees como dos mundos, porque, a la hora de escribir, yo lo concibo como uno solo. Tanto los sucesos más fantásticos como los más realistas coexisten en el mismo universo. No se trata de uno u otro, sino de una convivencia de formas de existencia. Lo fantástico, para mí, aparece de forma muy gradual. Siempre me planteo cómo integrar estos elementos en un texto cuya realidad es, aparentemente, muy mimética a la nuestra.
Hay algo en la lentitud de la irrupción de lo fantástico que comienza como una mínima fisura y luego se va ensanchando. También es clave que los personajes crean en lo que está sucediendo. Sí, se sorprenden —como es natural ante cualquier evento inesperado, pienso, por ejemplo, en la perra con los perros, en las larvas—, pero después de esa primera sorpresa, creen por completo y juegan con lo que aparece. Esa confianza de los personajes en su propia realidad permite que ocurran muchas cosas. Si no lo creyeran, o si la sorpresa fuera exagerada, esa realidad no terminaría de asentarse. No lo pienso como dos mundos, sino como un mundo entero que a veces funciona de maneras más extrañas y otras no tanto, pero es un único mundo.

Tamara Silva Bernaschina aterriza en España de la mano de Páginas de Espuma con su libro de relatos 'Larvas'. / Isabel Wagemann
Quizá el verlos como un mundo, y esas pequeñas dosis de lo fantástico que producen ese extrañamiento, nos ayuda a entender que lo que consideramos realidad cotidiana, en realidad, está plagada de elementos que pueden considerarse fantásticos, más o menos extraños, más o menos violentos…
Incluso si existieran esos dos mundos, creo que el límite es completamente permeable. El límite entre lo violento y lo fantástico es tan difuso que me lo imagino más como un canal. Hay algo que transita constantemente de un lado a otro, y en esa contaminación cruzada es donde, a mi parecer, ocurre lo mejor.
«Ese momento previo a empezar a escribir, que es como pura inminencia de todo lo posible, me encanta»
Algo que destaca en Larvas, así como en tus obras anteriores es la naturaleza y el entorno rural. Ambas tienen una presencia significativa. ¿Cómo influye tu experiencia personal en estos paisajes en la creación de tus historias?
Siempre identifico los paisajes con un lugar muy concreto: las sierras de Lavalleja y Maldonado, dos departamentos del interior de Uruguay. En el proceso creativo, esto me brinda una herramienta increíble, ya que estos espacios no tienen una correspondencia real exacta. Lo que yo creo que es un lugar determinado, en la ficción, termina teniendo un río que no existe o un cerro… Hay modificaciones muy significativas en el espacio que impiden que sea una representación fiel. Sin embargo, hay algo del funcionamiento de estos lugares, de cómo se comportan y de quienes los habitan, que me da una gran seguridad al narrar.
Así, terminan siendo, no las Sierras de Minas o Maldonado, sino algo que podría ubicarse en ese espacio y que, precisamente por eso, podría estar en cualquier otro lugar: México, España, el campo español, no sé. Hay algo en la movilidad potencial de esos lugares que siempre me sorprende y me encanta cuando alguien me dice: «Me siento muy representada en este lugar», y es un lector que está a muchos kilómetros de distancia.
Todos esos lugares son sitios donde crecí. Nací en Minas y viví casi toda mi vida en un barrio a las afueras de la ciudad; luego me mudé al campo, a unos seis kilómetros del pueblo. Hay algo ahí que hace que ese lugar sea también mi lugar, mi paisaje afectivo, lo que conozco. Está presente porque no sabría escribir desde otro espacio.

'Larvas'
Autora: Tamara Silva Bernaschina
Editorial: Páginas de Espuma
104 páginas; 16 euros
Has mencionado en entrevistas anteriores que escribes para creer que «se puede otra cosa». ¿Podrías profundizar en esta idea y cómo se manifiesta en tu proceso creativo?
Hay algo en la ficción, en un punto de la escritura, que se vuelve pura posibilidad. Sobre todo cuando el texto aún no existe y lo que hay es un deseo de escritura, una dirección o una imagen mínima. Ahí reside una potencia increíble: todo lo que podría surgir a partir de esa imagen, ese estímulo, ese deseo. Después, claro, cuando me pongo a escribir, parte de eso se va recortando, hay mucho despojo y queda algo mucho más conciso de todo lo que pudo haber sido.
Pero ese momento previo a empezar a escribir, que es como pura inminencia de todo lo posible, me encanta. Cuando siento que «aquí podría pasar cualquier cosa» o que «hay mucho por descubrir», me da la sensación de que el texto va por buen camino, que está vivo, que está listo para arrancar. Esta posibilidad de ser de otra manera y de hacer otras cosas, creo que en este libro, sobre todo, tiene una importancia fundamental, por lo que hablábamos, por ejemplo, de lo fantástico. Es una posibilidad de otras maneras de hacer ficción, de hacer realidad. Y, ya metidos en la ficción, también posibilita otras formas de relacionarse, de mirar, de percibir, que me parecen importantes.
Precisamente hablabas del «deseo de escritura», y de ahí me surge la pregunta: ¿cuál dirías que es la llama o semilla, aquello que te impulsa a escribir una historia? Lo pregunto porque muchos autores y autoras confiesan que es una imagen que les viene y a partir de la cual crean la historia. Otros es una emoción o sensación, o incluso alguna incomodidad que necesitan exorcizar de algún modo.
Suelo partir de imágenes. Lo que suele estar al principio de todo son imágenes. A veces es algo más sonoro o menos tangible, como una sensación o un olor, pero generalmente son imágenes, y a partir de ellas me viene todo. Lo importante es tenerlas en la cabeza, presentes, y luego anotarlas en algún lado. El simple ejercicio de anotar una imagen que haya visto o me haya llamado la atención, algo que pensé… Esas pequeñas cosas empiezan a generar conexiones con otras cosas y a expandirse. Es en esa expansión donde comienza a aparecer la posibilidad de una historia.
Lo decía también porque en Larvas aparecen imágenes muy potentes, algunas hasta cierto punto perturbadoras: esa yegua que tiran al río creyéndola muerta y que luego aparece de vuelta; la adolescente a la que de pronto le brotan del interior esas crías de pececillos; la mujer a la que le crece pelo dentro del cuerpo… Son imágenes que se quedan en la retina y en la memoria del lector.
¡Esa es una buena noticia! Algunas de esas imágenes son las que estaban al principio. La yegua, por ejemplo. En ese cuento había dos imágenes: por un lado, la de una yegua chorreante, muy mojada, y por otro, la de dos muchachos trabajando al sol en una arenera. Son dos cosas muy pequeñas que quizás no se habrían cruzado, pero al pensarlas y tenerlas presentes, se cruzan. Luego, en la escritura, ese cruce es mucho más natural; yo lo siento así. No se percibe como una construcción o una invención forzada, sino más bien como un experimento de cruce.
«La posibilidad de iniciar una historia o un pedazo de mundo en quince páginas me parece muy atractiva»
Siendo todavía muy joven, has publicado ya tres títulos: dos libros de relatos y una novela corta. Me interesaría saber qué posibilidades ves en el cuento, el relato. ¿Qué te ofrece esa «longitud» a la hora de escribir y qué potencialidad le encuentras?
Como lectora, el cuento me encanta; suelo leer libros de cuentos. Hay algo en la brevedad —aunque no en todos, porque hay cuentos muy largos— que me permite leerlos en cualquier situación y estado. A veces la novela, creo, exige un compromiso emocional y temporal mayor. Con los relatos, aunque requieren una lectura atenta, la rapidez con la que todo sucede me aporta mucha calma y es un lugar de lectura al que siempre puedo volver.
En la escritura, me ocurre lo mismo. La posibilidad de iniciar una historia o un pedazo de mundo en quince páginas me parece muy atractiva. Y esto de poder pasar de una historia a otra, hacer que todas funcionen en el mismo paisaje, que los personajes puedan cruzarse y tener algo que ver, y empezar a construir una atmósfera que los envuelva a todos a pesar de ser historias distintas, me parece que tiene muchas posibilidades y lo disfruto mucho.
No sé si consideras el relato más arriesgado o atrevido que la novela.
Lo que me sucede es que veo en la novela un desafío mayor en cuanto a tiempo y concentración. Se me hace mucho más accesible, y me dan más ganas de ponerme a escribir un cuento si sé que tengo el tiempo para dedicarle un rato durante una semana o un mes y terminarlo. En el proceso de escritura de una novela, hay algo que se tiene que sostener, y hay una atención mayor al detalle, una suerte de continuidad, sobre todo por la extensión. Ese «largo aliento» conlleva ese desafío, aunque también ofrece muchas otras posibilidades. Sin embargo, lo que me pasa es que no sé si encuentro el tiempo para escribir una novela y sí el tiempo para escribir relatos. Y no se trata solo de tiempo, porque también hay algo de deseo.
Pero no lo considero más arriesgado. Me parece que la novela es un desafío bastante grande. Y tampoco lo veo como una forma mayor y el relato como una forma menor; me parece una visión poco acertada y, sobre todo, poco efectiva.
La infancia y la juventud son etapas recurrentes en tus relatos, a menudo retratadas con una mezcla de inocencia y oscuridad. ¿Qué te atrae de estas etapas de la vida como material literario?
No se me ocurre una etapa más linda y a la vez más terrorífica que la infancia y la adolescencia. La infancia, porque tienes una distorsión del mundo para bien, de lo que se puede hacer y lo que no, de lo que se puede decir, de lo que se puede ver… que me parece maravillosa. Y la adolescencia es una etapa de deformidad total, en todos los sentidos. Creo que narrar desde ese lugar tiene una riqueza inmensa, sobre todo desde la infancia. Hay algo en los narradores infantiles que les permite decir cualquier cosa, y de repente lo que están diciendo es una representación del mundo desde este lente de distorsión que no es un lente de alguien que no entiende, sino, lo siento así, de alguien que entiende todo, que entiende mucho mejor que nadie. Esa posibilidad, que es más un cambio de foco que otra cosa, me gusta mucho. Tengo en la memoria narradores infantiles muy terroríficos y a la vez muy dulces. Esta posibilidad de convivencia me interesa mucho.
Has experimentado un reconocimiento temprano en tu carrera literaria. Eso es algo que, creo, han destacado hasta la saciedad otros medios. No sé hasta qué punto ello influye en tu escritura y en tu relación con el proceso creativo.
Hay algo que es un poco atípico: mi primer libro de cuentos se publicó dos años después de que lo escribí. Hay muy poca diferencia temporal, muy poca distancia. Entonces, haber tenido esa posibilidad a mis 22 años… ahora, claro, vuelvo a ese libro y digo: «qué viejo está, qué lejano lo siento». Me imagino que si yo lo percibo, quien lo lea también encontrará una diferencia, sobre todo un cambio, que a mí me gusta mucho ver en los autores. Lo que suele pasar es que lees un libro y luego tienes que volver atrás, o editan mucho después sus primeros libros porque antes no se habían editado. Entonces, ahí hay algo de lo cronológico que a mí me emociona un poco y me parece un desafío hermoso.
Sí, tengo mucho más presente, al menos en los dos primeros libros creo que no, pero a partir de ahora, sobre todo con este tercero, una noción de empezar a pensar en la recepción y en el lector, y también, inevitablemente, en el mercado editorial, en lo que puede pasar. Se abre una dimensión que en los dos primeros libros yo no estaba considerando mientras los escribía. En este sí, y no me parece algo malo. Me parece que hubiese sido muy ingenua por mi parte no tenerlo presente y no pensarlo. Creo que conviven y no le hacen mal al proceso creativo porque me lo tomo con una calma particular.
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