12 lecturas para resistir, en cuerpo y alma, a un verano sofocante
Dicen que en verano solo apetece lo fácil. Que el calor embota y exige evasión, ligereza, tramas planas. Pero hay quienes, justo cuando el mundo se afloja, buscan lecturas que tensen el pensamiento, que exijan del cuerpo atención y del alma entrega. Para ellos es esta lista de recomendaciones literarias

La temporada estival nos permite dedicar nuestro tiempo a lecturas que merezcan toda la atención. / MEDITERRÁNEO
Cuando las jornadas se alargan y el sol parece dispuesto a diluirnos la voluntad, la industria del libro suele ofrecernos refrescos azucarados —thrillers exprimidos a golpe de algoritmo, sagas que prometen evasión sin poso— como si el calor del estío deshiciera, junto al hielo de la limonada, nuestra capacidad de pensar. Sin embargo, nada hay más ocioso —en el sentido noble y latino del otium— que encarar una lectura exigente con la calma que regalan las horas de una tarde de julio o agosto.
Los libros, escribió Lea Goldberg, «nos sirven de gafas». Así, nos servimos de ellos para mirar mejor y garantizar nuestra cordura, aunque algunos de ellos sean una verdadera y necesaria locura. Y quizá sea precisamente esa locura necesaria la que convierta el verano en la estación ideal para adentrarse en obras que exigen atención total, como la que proclama César Aira en Actos de presencia (Random House). Desde la primera de sus disertaciones, el argentino sacude la modorra estival invitándonos a entrenar la mirada: imaginar una Buenos Aires despoblada salvo por sus árboles, detectar en un trazo de Duchamp el estallido de una idea o entender, con Benjamin, que en la letra menuda late el pensamiento más afinado.
De viajes y...
Ese mismo ejercicio de agudeza recorre las páginas de Passeggiate. De viaje por italia (Temporal), de Gregor von Rezzori con edición y traducción de José Aníbal Campos, donde Italia se convierte en patria elegida y, a la vez, en espejo crítico de la civilización. Sus crónicas —Cerdeña, Roma, Venecia— revelan que, incluso entre ruinas sublimes, «nadie vive del todo en el aquí y el ahora», porque el pasado y la barbarie viajan con nosotros como el inevitable equipaje de mano. Frente a esa melancolía, Gérard de Nerval nos desliza por el filo de lo fantástico en los tres relatos reunidos —con edición y traducción de Mateo Pierre Avit Ferrero— en Cuentos y facecias (Alpha Decay): la mano maldita que asfixia al duelista, el monstruo verde que se erige en tutor de nuestros terrores, la reina de los peces que susurra bajo la piel del agua. Nerval nos recuerda que las noches de canícula también admiten, como los sueños febriles, un leve estremecimiento gótico.

Estos son los 12 libros que recomendamos para disfrutar de un verano lúcido. / MEDITERRÁNEO
Más libros para sumergirse
Si el escalofrío nace hoy de los píxeles y no de los páramos, Raúl Quinto lo demuestra en La ballena azul (Jekyll & Jill), novela que hunde el diente en el reto viral homónimo para exponer la maleabilidad de nuestras conciencias conectadas. Terror contemporáneo, lovecraftiano por su atmósfera y político por su diagnóstico, que resuena con la pregunta sardónica de la filósofa Donna Haraway: «¿De verdad queremos quedarnos dormidos en los prodigios tecnológicos que construimos?». También Maryline Desbiolles, a través de la traducción de Blanca Gago, desconfía de los relatos adormecedores: en La grapa (Las afueras) acompaña el dolor físico de Emma —esa mordedura de perro que cicatriza entre sesiones de fisioterapia— con el punzante recuerdo de la guerra de Argelia, demostrando que la rehabilitación del cuerpo es inseparable de la de la memoria.
Memoria invertida, asimismo, en el monólogo de Perséfone (Acantilado) que Yannis Ritsos nos entrega con traducción de Selma Ancira: una diosa adolescente se acostumbra a la penumbra del Hades y, en un susurro, ilumina la suerte de todas las cautivas. El poema cabe en la mochila de playa, pero sus ecos no se evaporan con el salitre. Algo parecido ocurre con Desfile (Libros del Asteroide; traduce Catalina Martínez Muñoz) la nueva metamorfosis formal de Rachel Cusk: la vida del artista G se narra como una serie de cuadros colgados al revés, obligándonos a girar la cabeza, a replantear qué es un personaje, dónde termina una biografía. Ese ligero mareo estético se compensa con el oxígeno ensayístico de Maggie Nelson en Como el amor. Ensayos y conversaciones (Anagrama; traducción de Damià Alou): cada pieza —ya trate de Judith Butler, de Prince o de la poeta Eileen Myles— funciona como una brizna de hierbabuena intelectual en el vaso del lector: refresca y, al mismo tiempo, intensifica el sabor de la realidad.
Y si la realidad parece demasiado lineal, Gustavo Faverón la multiplica y la tuerce en Minimosca (Candaya). Como un gusano de seda que horada el verano hasta convertirlo en túnel, su novela-laberinto convoca a boxeadores desquiciados, sobrevivientes del Holocausto y avatares de Duchamp para recordarnos que ninguna historia —tampoco la nuestra— es unívoca. Yolanda González, en cambio, nos saca del laberinto humano para fundirnos con otros seres vivos: los seis relatos de Fusión. Seis ficciones salvajes (De Conatus) ponen el pedestal antropocéntrico a remojo y nos piden escuchar el zumbido del mosquito tigre o el galope de un caballo que no entiende de fronteras.
Nuevas ‘voces’
Más terrenal es el latido techno que articula Aquí abajo (Colectivo Bruxista; traducción de Gala Sicart Olavide), de Laia Viñas: un Renault cargado de amigos se lanza por la antigua Ruta Destroy para bailar hasta que amanezca, y descubrimos que la huida nocturna puede ser también una ruta interior hacia la madurez. En la resaca de esa fiesta late la fragilidad que Javier Serena detalla en Apuntes para una despedida (Almadía): el amor que se deteriora como se descascarillan las paredes un agosto madrileño, el bloqueo creativo que solo se rompe —paradójicamente— al mirar de frente el dolor.
Doce libros, doce ventanas que se abren de par en par mientras afuera el mundo insiste en medir el verano por grados centígrados y horas de terraza. Pero tal vez la verdadera temperatura sea la de nuestra disposición a demorarnos, a leer sin cronómetro, a permitir que las historias –profundas, densas, arborescentes– nos atraviesen como la brisa poniente. Entonces podremos volver a la luz, con las gafas de Goldberg bien calzadas, y reconocer en cada destello un fragmento distinto de la condición humana. Porque, si algo enseñan estas obras «complejas», es que la lectura no aligera el peso de la existencia: lo redistribuye y lo vuelve respirable.
Suscríbete para seguir leyendo
- Abre un nuevo restaurante en un entorno privilegiado de Castellón
- De empleado a propietario de un negocio en Salera: Un joven de 24 años revoluciona el emprendimiento en Castellón
- Iberdrola advierte del freno que impide electrificar los hornos cerámicos
- El balance final de detenidos y drogas incautadas en el 35 aniversario de una conocidísima discoteca de Castellón
- Adiós a uno de los chiringuitos con más historia de las playas de Castellón: 'Lo abrí junto a mi marido hace 17 años
- Cierran al baño una playa de Castellón tras detectar altos niveles de contaminación fecal
- Conmoción en un pueblo de Castellón: un desconocido intenta raptar a un menor
- Nueva sorpresa en el comercio de Castelló: otra tienda abre pronto en el centro
